El 1% de los pasajeros de avión contaminan tanto como el 99% restante

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La aviación supone un 2.5% de las emisiones de CO2 totales a nivel mundial. No aparenta ser mucho, pero sí lo es si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría de estos viajes no son una actividad esencial, que cada vez está más aceptado el discurso de que la ausencia de tasas climáticas a su uso del combustible ha supuesto una subvención encubierta durante décadas (estimado en 100.000 millones de dólares) y que se trata de uno de los sectores de contaminación que más rápidamente crecen cada año.

Que hay que hacer algo con todo ello.

El estudio: publicado en la revista Global Environmental Change y elaborado por la Universidad de Linnaeus en Suecia. Ellos se han puesto a pormenorizar las cifras de la industria, y han encontrado un dato sorprendente: un número muy pequeño de viajeros, los de uso de la aviación frecuente, son supercontaminadores: ellos viajan en torno a 56.000 km al año, el equivalente a tres vuelos de larga distancia al año, un vuelo de corta distancia al mes o alguna combinación de los dos. Este 1% de pasajeros contamina tanto como el resto de viajeros de todo el planeta.

Norteamericanos, claro. No es una correlación exacta, pero la mayoría de estos supercontaminadores provienen de este país. Las emisiones de la aviación en Estados Unidos, por cierto, suman tanto como los siguientes 10 países más contaminantes combinados, incluyendo Reino Unido, Japón, Alemania y Australia entre otros. Dentro de los países también se percibe esa progresión elitista: en el año anterior sólo el 47% de los ciudadanos estadounidenses habían volado, el 35% de los alemanes, el 33% de los taiwaneses y así sucesivamente. Los norteamericanos volaron 50 veces más kilómetros que los africanos, etc.

Esto es así por tratarse de una nación rica, por el tamaño de su territorio, por la amplia red aeroportuaria con la que cuenta y por una política de vuelos ultrabaratos que provoca que la gente opte por estos servicios en lugar de otros como el coche o el tren incluso para trayectos en los que el tiempo tardado no sería mucho mayor por esta vía.

Hay una excepción: China, que no facilita los datos de la contaminación de sus vuelos y no ha podido incluirse en este informe. Tampoco se cree que su huella sea desmedida, será en torno al 13% del total del sector, aunque creciendo su demanda a niveles vertiginosos.

¿Soluciones? En el informe proponen tres vías: un adelgazamiento del sector, un impuesto al viajero frecuente o una progresiva imposición a las aerolíneas a que utilicen combustibles sintéticos y sostenibles y que las compañías paguen una tasa extra anual por contaminación. Parece difícil hacer lo primero y poco útil lo segundo (a fin de cuentas, los viajeros que más se mueven son los más adinerados y no les costará pagar la sanción), mientras que la tercera vía está siendo cada vez más valorada dentro de la industria.

¿Qué hará EEUU? Mientras en Europa países como Francia decretan impuestos eco a la aviación y se extiende la idea del Flygskam o vergüenza de volar, los artículos de medios progresistas como Washington Post reconocen que sería una medida imposible a nivel económica para ellos (ni tienen una suficiente red de trenes ni se la espera) ni tampoco cultural, pesando más para ellos el bien social de permitir que la gente de distintos Estados se reúna y valorando medidas cosméticas como cargar menos peso en la maleta. Biden, quien dice desear continuar con la agenda medioambiental abandonada por la administración saliente, ha valorado hacer una política de afeamiento internacional a las naciones que no cumplan los objetivos de París metiéndolos en la lista negra de los "bandidos climáticos".

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