Durante décadas, una colina junto a una autopista de New Haven tuvo una función bastante sencilla: tragarse la basura de la ciudad. Hace 22 años el vertedero fue clausurado, cubierto con más de medio metro de tierra y convertido en un terreno sobre el que prácticamente no podía construirse nada. Sin embargo, este verano ha vuelto a producir algo: cerca de 1.900 paneles solares generan electricidad sobre los residuos enterrados.
Y el experimento apunta a una oportunidad mucho mayor.
Una montaña hecha de basura. El antiguo vertedero de Middletown Avenue, en New Haven (Connecticut), pasó décadas acumulando los residuos de la ciudad hasta que dejó de aceptar basura hace unos 22 años. Como ocurre con muchas de estas instalaciones cuando alcanzan el final de su vida útil, los desperdicios no desaparecieron: quedaron enterrados bajo una cubierta destinada a impedir que el agua llegue hasta ellos y que los contaminantes terminen filtrándose al entorno.
Sobre el terreno quedó una enorme colina cubierta de hierba, visible desde la Interestatal 91 y con pocas posibilidades de volver a tener un uso productivo.
Hasta que alguien miró hacia arriba. New Haven decidió aprovechar precisamente aquello que al antiguo vertedero le sobraba: superficie despejada y exposición al Sol. Greenskies Clean Energy instaló cerca de 1.900 paneles fotovoltaicos que comenzaron a producir electricidad en julio y generarán aproximadamente 1,4 millones de kWh al año, equivalentes al consumo de unos 200 hogares.
La electricidad se vende a la compañía local United Illuminating, mientras la ciudad conserva la propiedad del terreno y cobra al desarrollador 72.000 dólares anuales por alquilar un espacio que hasta entonces apenas podía utilizar.
El secreto está en no tocar la basura. Porque construir sobre un vertedero clausurado tiene un problema considerable: la capa que mantiene aislados los residuos no debería perforarse. Unas cimentaciones convencionales pueden atravesarla, permitir la entrada de agua y comprometer un sistema diseñado precisamente para mantener bajo control todo lo enterrado.
La fotovoltaica ofrece una solución peculiar: los paneles pueden instalarse sobre estructuras lastradas que descansan sobre la superficie sin necesidad de clavar profundamente pilotes en el terreno. De esta forma, si algún día es necesario acceder a la cubierta, las estructuras pueden además retirarse sin desenterrar lo que llevan décadas intentando mantener sellado.
De problema a alquiler de 20 años. Plus: New Haven tampoco ha tenido que financiar la planta. Greenskies asumió la construcción y ha firmado un arrendamiento de 20 años que dejará a las arcas municipales unos 6.000 dólares mensuales, alrededor de 1,4 millones durante el periodo acordado.
La ciudad calcula además que la producción renovable tendrá un efecto climático comparable al carbono capturado por casi 16.000 árboles jóvenes durante una década. Es una combinación difícil de obtener de otro modo: producir electricidad y generar ingresos sin ocupar terrenos agrícolas, talar bosques ni convertir nuevo suelo en infraestructura energética.
Y entonces aparecen 10.000 vertederos. Lo interesante es que New Haven no constituye una rareza geográfica. Al parecer, Estados Unidos tiene más de 10.000 vertederos clausurados repartidos por el país, enormes extensiones que comparten precisamente la característica que hizo atractivo este proyecto: son terrenos alterados previamente, con usos posteriores muy limitados y que en muchos casos permanecen simplemente vallados y cubiertos de vegetación.
Connecticut lleva tiempo favoreciendo la instalación de renovables en vertederos y terrenos contaminados, y Greenskies ya ha desarrollado proyectos similares en otros municipios del estado como West Haven, East Haven y North Haven.
El número: 63 GW. Un análisis nacional estudió algo más de 4.300 vertederos estadounidenses de los que existían suficientes datos y calculó cuánto espacio podrían proporcionar a la fotovoltaica. El resultado potencial ronda los 63 GW de capacidad, lo que en significa que serían capaces de producir alrededor de 83 TWh de electricidad al año: aproximadamente el consumo de 7,8 millones de hogares estadounidenses.
Cuando se realizó el análisis, sin embargo, apenas se habían instalado unos 500 MW de solar sobre antiguos vertederos y tres cuartas partes de esa capacidad se concentraban en solo cuatro estados del noreste. Dicho de otra forna, la diferencia entre ambos números convierte las montañas de basura clausuradas en una gigantesca reserva de suelo energético todavía prácticamente sin explotar.
No todas las montañas sirven. Por supuesto, esos 63 GW son potencial técnico, no una previsión de lo que Estados Unidos terminará construyendo. Algunos vertederos continúan asentándose durante años y podrían desalinear las estructuras solares, otros están demasiado lejos de líneas eléctricas capaces de evacuar la energía, y determinados terrenos contaminados requieren obras y permisos que pueden hacer inviable económicamente el proyecto.
Incluso en lugares adecuados, los trámites, los costes y la logística pueden retrasar durante años una instalación que sobre el papel parece sencilla.
De basurero a reserva energética. New Haven ya prepara otros seis proyectos solares, cinco de ellos mediante marquesinas sobre aparcamientos de parques y colegios, que añadirían unos cuatro megavatios y alrededor de 250.000 dólares anuales en alquileres. Pero el antiguo vertedero resume una estrategia diferente: buscar primero aquellos espacios que la ciudad ya ha transformado antes de ocupar otros nuevos.
Si se quiere, Estados Unidos pasó décadas llenando miles de terrenos con basura y después gastó dinero en sellarlos para mantenerlos intactos… y ahora empieza a descubrir que precisamente esas superficies inútiles pueden tener una segunda vida: en New Haven han bastado 1.900 paneles para convertir una vieja montaña de residuos en una pequeña central eléctrica; repetido a escala nacional, el techo potencial asciende a 63 GW.
Imagen | Britannica
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