Qué es el acero de bajo fondo: el codiciado metal que surgió como efecto colateral de la era atómica

Qué es el acero de bajo fondo: el codiciado metal que surgió como efecto colateral de la era atómica
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Hay episodios que cambian el mundo. De manera literal. Ocurrió el 16 de julio de 1945, cuando el conocido como test Trinity dio el pistoletazo de salida a una era atómica y de armamento nuclear que alcanzaría otros dos hitos clave poco después —a principios de agosto de ese mismo año— con las bombas de Hiroshima y Nagasaki y se extendería con pruebas a lo largo de la Guerra Fría.

Más allá de su saldo bélico, aquello abrió un capítulo que imprimió una huella tan contundente como invisible en nuestro planeta: emitió a la atmósfera partículas radiactivas y provocó que los niveles de radiación de fondo aumentaran a escala global. El resultado: radionúclidos, isótopos radiactivos que quedan como remanente —detalla Chemistry World— de aquellas 502 detonaciones.

Si hablamos de la producción de acero, ese legado sí resulta palpable. Tanto, que ha marcado una clara diferencia entre el material previo de aquel flirteo atómico, a mediados de los años 40 del siglo pasado, y el que hemos seguido produciendo a lo largo de las décadas siguientes.

Una huella invisible

Wouter Naert Igqhd Mztwk Unsplash

¿Cuál es el motivo? Durante el proceso de producción solemos emplear aire —con el proceso Bessenmer— u oxígeno puro —en el procedimiento BOS— para eliminar las impurezas del metal. El problema es que tras las pruebas de mediados del XX ese recurso presenta una peculiaridad: niveles isótopos radiactivos, como el cobalto-60 (60Co), que acaban afectando al propio acero.

¿Supone eso un problema? No. Y sí.

El acero que sale de nuestras factorías presenta un nivel de radiación que no pone en riesgo nuestra salud y lo convierte en un material perfectamente válido para la mayoría de usos que le damos. Hay ciertas aplicaciones sin embargo para las que ya no resulta tan adecuado.

El ejemplo más claro es el de los contadores Geiger, a los que —recoge Quartz— no les resulta sencillo medir niveles de radiación si ya el propio material con el que se han fabricado es radiactivo. No es el único caso. Algo similar ocurre con algunos aparatos médicos y científicos, como los dedicados a la fotónica, o sensores muy sensibles para el sector aeronáutico y espacial.

El problema, por supuesto, no es insalvable. Hay formas de fabricar acero nuevo libre de esa contaminación, pero el proceso no es barato y eso ha azuzado la imaginación de la industria que lo demanda, la misma que se ha dado cuenta de otra fuente considerable: los pecios.

A ese codiciado material se lo conoce como de “bajo fondo”, una etiqueta que se refiere a que los niveles de radiación, pero que curiosamente conecta con otra de sus peculiaridades: el lugar al que solemos ir a buscarlo, en el lecho de los océanos. Allí descansan navíos fabricados antes de 1945, con cascos que han pasado a convertirse en una valiosa fuente de acero sin contaminar.

Su interés ha derivado en una puesta en valor de los vestigios submarinos.

Una de sus fuentes más populares son de hecho los buques de la flota naval alemana de la Primera Guerra Mundial hundidos en las aguas de Escocia, como las del archipiélago Shetland, donde yacen los restos de buques hundidos una vez finalizada la Primera Guerra Mundial, antes de Trinity.

El escenario, eso sí, ha cambiado con el paso de las décadas. Desde los 60 tenemos el Tratado de Prohibición Parcial de Pruebas Nucleares y el cobato-60 presenta una vida media limitada, dos factores que podrían que el conocido como acero de bajo fondo vaya perdiendo interés.

Imágenes: Yasin Hm (Unsplash) y Wouter Naert (Unsplash)

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