Hoy día, en cuanto entra el hambre puedes buscar un chiringuito y picar algo. Una cerveza, un pincho de tortilla, aceitunas, espetos o torreznos. ¿Y si te dijera que este invento, el formato del aperitivo en terraza, nació de un terrible naufragio?
1 de febrero de 1752, atardecer. Un temporal hundía horas antes, frente a la playa de La Barrosa, entre las torres del Puerco y Bermeja, un navío mítico. Apenas dos brazos y medio de la orilla. Cádiz se entera esa misma noche. Dos diputados y un capataz llamado Matías Capolino cruzan la bahía y levantan, antes del amanecer, las primeras seis barracas junto a la Torre del Puerco. Empieza el rescate más largo de la costa gaditana. Y, sin que nadie lo sospechara entonces, el negocio de playa más antiguo de España.
Un barco, dos vidas. Oficialmente, San Francisco de Asís. Así se llamaba el barco construido en 1738 en los astilleros de Guarnizo. En 1740 pasó a llamarse el Soberbio, por orden de su propietario: Guillermo Terry, armador gaditano de una familia irlandesa que cambió Cork por Cádiz medio siglo antes. Generaciones después fundaría las bodegas de brandy que aún llevan su apellido. Terry hizo fortuna con el comercio con Indias y su cercanía al ministro José Patiño, el hombre que rediseñaba entonces la armada española bajo Felipe V.
Hacia 1750, los irlandeses eran ya la tercera colonia extranjera de Cádiz, por detrás de genoveses y franceses. Una quinta parte de la población era foranea. Cuando el Soberbio zarpó el 11 de diciembre de 1751 cargado de oro, plata y monedas coloniales, todo fue perfecto hasta ese temporal que lo arrojó el 1 de febrero contra los arrecifes entre Chiclana y Conil. 166 personas que no sabían nadar gritaban “auxilio” a la gente de la costa. Tras veinte horas de agonía, todos morirían. El naufragio le costó a Terry el navío, no la fortuna.
Saqueando, que es gerundio. Vecinos de Chiclana y Conil bajaron a la playa de La Barrosa a rapiñar cuanto devolvía el oleaje, cadáveres incluidos: les arrancaban hasta los botones de oro y plata. El cabo Juan Ignacio Piñeiro tuvo que dispersar a una turba ya envalentonada. Los primeros días fueron un abuso, por más que la milicia se apostara en la arena. Las autoridades se inventaron la solución: premio del 8% de lo hallado para quien lo devolviera. El temporal no dio tregua hasta el día 9, cuando por fin las barcas se atrevieron a acercarse al pecio y marcarlo con una boya.
Rescate de chill. Un año entero llevó el rescate. La Barrosa era entonces un paraje desierto. Hubo que traer agua potable desde Chiclana hasta que aparecieron unos manantiales cercanos, a los que enseguida se atribuyeron propiedades curativas (turismo termal de aluvión, dos siglos y medio antes de que nadie hablara de turismo de bienestar). Lo que empezó como desgracia se convirtió en negocio. Se erigió un “real” de diez barracas hecho, en parte, a partir de lo que devolvía el mar. Podía alojar a 200 personas. El campamento dio empleo y un mercado permanente para militares, buzos y curiosos que llegaban solo para ver aquel barco hundido. Genoveva Enríquez lo denominó “el naufragio más documentado del mundo”.
¿Aquí cuándo se come? Entre esas doscientas personas trabajaba un cocinero, Bautista Pesero, contratado con el sueldo intervenido: cinco reales por la comida y cena de los jefes, tres por la del resto. Nadie le prohibió levantar de su bolsillo una segunda barraca justo al lado. Y sin tope de negocios. Así se convivían dos cantinas, la regulada y la libre. Ni una queja de los hombres quedó registrada, algo raro en un campamento militar, lo que sugiere que, además de listo, Pesero cocinaba bien.
Los diarios del campamento detallan el género: pan blanco y moreno, cerdo salado, carneros, gallinas, huevos, manteca de Flandes, garbanzos, bacalao, atún, quesos, chocolate, vinos de Jerez y azúcar, más las barcadas de jureles, chocos y mero que traían los pescadores locales y las granadas que se vendían en la tienda del Real. Base de aceite y olla: cocina de abuela con menos especias, porque las especias costaban una fortuna. Con el tiempo, el Real fue de más a menos tras la muerte del contratista Capulino en julio de 1753. Lo que sí se recuperó fue el 91% de las monedas hundidas.
Un hallazgo fortuito. El proyecto Vestigium, del Centro de Arqueología Subacuática del IAPH, cruzó protocolos notariales con prospecciones en la costa intermareal gaditana. Fue este verano cuando el Ayuntamiento de Chiclana y su responsable, Milagros Alzaga, señalizaron el punto exacto junto a las torres, con paneles y código QR. Este proyecto musealiza cinco tramos intermareales de la costa gaditana. Enríquez llegó al Soberbio por casualidad, investigando por su cuenta entre encargos como documentalista.
Chiringuito, etimología. La palabra corresponde al otro lado del Atlántico, a las plantaciones cubanas de caña de azúcar del siglo XIX. Allí colaban el café en una media. Al chorrito resultante lo llamaban "chiringo". El diminutivo viajó a España con los indianos que volvían de las Antillas y se instalaron en Sitges. En 1913, el periodista César González-Ruano bautizó así el bar de playa donde escribía cada verano. La Real Academia Española no lo incorporó al diccionario hasta 1983; Georgie Dann lo convirtió en canción del verano 5 años después.
Y benditos sean estos espacios de encuentro y ocio. Si hay una conclusión, es esa: hay dos primeros chiringuitos, y ninguno miente. En Chiclana se inventó la cosa de cocinar y sacarse unas monedas y en Sitges se asoció la palabra. España tardó ciento sesenta y un años en ponerle nombre a algo que ya sabíamos hacer perfectamente: aprovechar montando un negocio junto a la desgracia ajena.
Imágenes | Flickr (Playa de La Barrosa en 2015, diagrama del rescate por Pedro Ledesma, 1623), Pexels.
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