Con la llegada del buen tiempo en Ucrania, Rusia pensó que era buena idea sacar sus tanques escondidos. No lo era en absoluto

Rusia está intercambiando un recurso que se agota por otro que también empieza a escasear: su legado blindado de la Guerra Fría

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Miguel Jorge

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En 2022, muchos analistas daban por hecho que los tanques seguirían siendo el símbolo indiscutible del poder terrestre, pero cuatro años después el campo de batalla ha evolucionado hasta el punto de que vehículos de varias toneladas pueden ser neutralizados por sistemas que caben en una mochila y cuestan miles de veces menos

Un regreso en el peor momento. El invierno está dejando paso a la primavera en Ucrania, y Rusia ha decidido que era el momento de sacar de nuevo sus vehículos blindados tras casi un año de uso limitado, convencida de que podía recuperar iniciativa en el frente. 

Sin embargo, ese movimiento ha chocado de frente con la realidad actual del campo de batalla: un entorno saturado de drones, minas remotas y sensores donde cualquier concentración de vehículos se convierte en un blanco casi inmediato. Lo que sobre el papel debía ser una reactivación ofensiva se ha traducido, en sus primeros compases, en pérdidas masivas de material, con ataques mecanizados que han terminado en auténticas “masacres” en cuestión de minutos.

De esconderse a exponerse. Durante buena parte del último año, Rusia había optado por reducir el uso de vehículos y avanzar con pequeños grupos de infantería para minimizar su exposición. Aquella táctica, aunque costosa en vidas, resultaba más difícil de neutralizar en un campo de batalla dominado por drones. 

Pero el enorme desgaste humano (con cientos de miles de bajas) ha obligado a Moscú a replantear su enfoque. El regreso a los ataques mecanizados no es tanto una elección como una necesidad: sustituir hombres por máquinas, aunque eso implique asumir un nuevo tipo de vulnerabilidad.

La herencia soviética. Lo hemos contado en otras ocasiones. Para sostener este cambio, Rusia ha comenzado a recurrir a sus reservas más profundas, reactivando tanques T-72 de las décadas de 1970 y 1980 que durante años permanecieron almacenados. 

Este movimiento revela un giro importante en la contienda, porque ya no se trata de desplegar lo mejor disponible, sino de mantener volumen a cualquier precio. La industria militar rusa sigue siendo capaz de regenerar unidades, pero cada vez con material más antiguo, más heterogéneo y menos adaptado a un entorno donde las amenazas vienen desde arriba y no desde el frente.

Un campo de batalla que no perdona el blindaje. El problema desde la acera de Moscú es que el contexto ha cambiado radicalmente. Los drones, capaces de detectar, seguir y atacar vehículos con gran precisión, han convertido los avances mecanizados en operaciones extremadamente arriesgadas

A esto se suman minas desplegadas de forma remota y ataques coordinados que convierten cualquier movimiento en una trampa. Lo que antes era la punta de lanza de las ofensivas ahora se comporta como un objetivo lento, visible y predecible, especialmente cuando se despliega en grupo.

Golpear la logística para desgastar. Ademas, se suma a esta presión directa sobre los vehículos una estrategia paralela: el ataque continuo a la retaguardia. Los golpes ucranianos contra depósitos de combustible, nodos logísticos y centros de suministro buscan vaciar de sentido cualquier acumulación de blindados en el frente.

Y sin combustible ni mantenimiento, incluso un gran número de vehículos pierde valor operativo. Así, el problema ruso no es solo cuántos tanques puede desplegar, sino cuánto tiempo puede mantenerlos funcionando en condiciones reales de combate.

Acelerar el agotamiento. En definitiva, Rusia parece estar intercambiando un recurso que se agota (la mano de obra) por otro que también empieza a escasear: su legado blindado de la Guerra Fría. Puede que a corto plazo logre sostener la presión en el frente, pero si las pérdidas actuales continúan, el coste en material puede crecer rápidamente hasta volverse insostenible

En ese escenario, el regreso de los tanques no parece que represente una vuelta a la guerra convencional, sino más bien una apuesta arriesgada en un campo de batalla que ya ha evolucionado más rápido que ellos.

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