La nueva guerra fría entre EEUU y China no se libra solo en el Pacífico: se está jugando en los cielos de Atacama y los Andes

Bajo estos cielos se libra una batalla silenciosa por el control tecnológico y el acceso estratégico al espacio

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Miguel Jorge

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La escena tuvo lugar en plena Guerra Fría, cuando varios astrónomos británicos detectaron desde un radiotelescopio una señal periódica tan extraña y precisa que llegaron a bautizarla internamente como “LGM-1”: Little Green Men, “hombrecillos verdes”. Durante semanas, algunos científicos llegaron a contemplar seriamente la posibilidad de que fuera un mensaje artificial procedente del espacio… hasta que descubrieron que acababan de encontrar el primer púlsar de la historia.

La nueva carrera espacial pasa por Sudamérica. La rivalidad entre Estados Unidos y China ya no se juega únicamente en Taiwán, el Pacífico o la industria de los chips. Contaba el fin de semana el New York Times que también se está desplazando hacia algunos de los cielos más despejados del planeta, en lugares como Atacama, los Andes argentinos o la Patagonia. 

Lo que durante décadas fueron simples proyectos astronómicos compartidos entre universidades se ha transformado en un terreno de competición estratégica. Washington sospecha que parte de la infraestructura espacial china en Sudamérica puede servir no solo para observar el espacio profundo, sino también para rastrear satélites, apoyar comunicaciones militares o ampliar la capacidad tecnológica de Pekín en el hemisferio occidental. La consecuencia es una suerte de nueva Guerra Fría donde antenas, radiotelescopios y estaciones espaciales empiezan a verse como activos geopolíticos de primer nivel.

El radiotelescopio que quedó congelado. El caso más evidente está en la provincia argentina de San Juan. Allí permanece paralizado un gigantesco radiotelescopio chino que iba a convertirse en el mayor de Sudamérica. Oficialmente, el proyecto tenía fines científicos: estudiar ondas de radio procedentes del espacio y colaborar con astrónomos argentinos. Pero Washington comenzó a presionar a Buenos Aires por miedo a que el sistema pudiera utilizarse para seguir satélites estadounidenses o reforzar capacidades espaciales chinas. 

El detalle importante es que esa presión comenzó bajo Biden y continuó con Trump, mostrando que la preocupación ya forma parte del consenso estratégico estadounidense. Hoy, la antena permanece desmontada y parte de sus componentes siguen bloqueados en aduanas argentinas.

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Atacama y el valor de los cielos limpios. La disputa tiene mucho que ver con la geografía. Chile y Argentina poseen algunos de los mejores cielos del planeta para observación espacial gracias a su altitud, sequedad y ausencia de contaminación lumínica. Por eso llevan décadas atrayendo telescopios europeos, estadounidenses y asiáticos. Sin embargo, la llegada de proyectos chinos cambió el equilibrio político alrededor de estos observatorios. 

En Chile, un complejo chino de cien telescopios en Atacama terminó bloqueado tras fuertes presiones diplomáticas de Washington. Oficialmente, el proyecto serviría para vigilar asteroides y fenómenos cósmicos, pero Estados Unidos temía que la infraestructura tuviera aplicaciones estratégicas mucho más amplias. La carretera construida hacia el observatorio sigue allí, aunque el complejo nunca llegó a levantarse.

El miedo al “doble uso”. El verdadero núcleo del problema es el concepto de “doble uso”. Muchas tecnologías espaciales civiles pueden adaptarse fácilmente a funciones militares o de inteligencia. Un radiotelescopio capaz de captar señales débiles desde galaxias lejanas también puede ayudar a monitorizar satélites o comunicaciones orbitales. 

Ese temor explica por qué Washington observa con creciente desconfianza cualquier infraestructura espacial china fuera de Asia. Pekín sostiene que sus proyectos son puramente científicos y acusa a Washington de intentar contener su expansión tecnológica. Pero para Estados Unidos, permitir que China gane posiciones estratégicas en América Latina supone aceptar una presencia tecnológica potencialmente permanente en una región históricamente considerada sensible para la seguridad estadounidense.

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La sombra de la base china. Imposible obviarlo. La estación espacial china construida en Neuquén en 2015 sigue siendo el gran precedente que condiciona todo lo demás. La instalación opera sobre terrenos cedidos gratuitamente durante cincuenta años y está gestionada por organismos vinculados al programa espacial chino. 

Oficialmente es una base civil para exploración espacial, pero en Estados Unidos siempre ha existido la sospecha de posibles usos militares o de inteligencia. Esa enorme antena levantada en mitad de la Patagonia se convirtió para muchos sectores estadounidenses en el símbolo de cómo China comenzaba a consolidar una presencia estratégica en el hemisferio occidental mediante inversiones, infraestructuras y cooperación tecnológica.

Científicos atrapados en la geopolítica. Es la otra pata de la situación. Uno de los aspectos más llamativos es cómo esta rivalidad ha terminado afectando directamente a científicos y universidades. Astrónomos acostumbrados a colaborar internacionalmente se encontraron de repente atrapados en debates sobre seguridad nacional, espionaje y competencia estratégica. 

Algunos investigadores argentinos fueron incluso invitados por Estados Unidos a programas específicos sobre riesgos asociados a infraestructuras espaciales civiles. Para muchos, la sensación es que el espacio ha dejado de ser un terreno relativamente neutral y ha pasado a formar parte de la confrontación entre potencias.

Guerra Fría mirando al cielo. Si se quiere también, lo que está ocurriendo en Sudamérica refleja un cambio mucho más profundo en la competición global entre Estados Unidos y China. La rivalidad ya no depende solo de bases militares o portaaviones. También se juega en redes de datos, cables submarinos, inteligencia artificial, estaciones espaciales y observatorios astronómicos.

Así, bajo los cielos de Atacama o los Andes se libra una batalla silenciosa por el control tecnológico y el acceso estratégico al espacio. Y precisamente ahí está la paradoja: porque son telescopios diseñados para observar el universo que han terminado convertidos en piezas de una nueva Guerra Fría terrestre.

Imagen | X, Casa Rosada (Argentina Presidency of the Nation)

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