Irán está ganando la guerra con las "matemáticas de Ucrania": no hace falta derribar cazas de EEUU, basta con obligarlos a despegar

Por ahora, Irán no está necesitando ganar en el sentido tradicional para alterar el equilibrio del conflicto

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Miguel Jorge

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En la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética llegó a producir más de 100.000 tanques, muchos de ellos inferiores técnicamente a los alemanes, pero suficientes para inclinar la balanza del conflicto. Porque a veces, en la guerra, el factor decisivo no es la sofisticación, sino cuántas veces puedes repetir el mismo movimiento.

Ganar obligando a despegar. El conflicto con Irán ha dejado al descubierto una paradoja estadounidense, otra más, de lo más incómoda: la mayor potencia militar del mundo puede destruir objetivos con una precisión y velocidad sin precedentes, pero tiene enormes dificultades para sostener la defensa frente a amenazas mucho más simples y baratas. 

Porque en lugar de intentar derribar cazas o enfrentarse directamente a la superioridad aérea estadounidense, Irán ha adoptado una lógica distinta, una mucho más cercana (o exactamente igual) a la que Ucrania ha perfeccionado en su guerra: saturar el sistema enemigo. Cada dron lanzado no busca tanto impactar como obligar a responder, a activar radares, a despegar cazas, a, en definitiva, consumir recursos. La clave, por tanto, no es el daño individual, sino el desgaste acumulado al que se somete.

Las matemáticas del combate. Es tan simple como una cuestión de números. El núcleo de esta estrategia es puramente económico. Drones que cuestan decenas de miles de dólares obligan a emplear interceptores de millones o a mantener en el aire aviones cuyo coste operativo por hora ya supera con creces el valor del objetivo que persiguen. 

El resultado es un intercambio profundamente desigual en términos financieros, donde cada defensa es una pequeña gran derrota económica. La imagen es meridianamente clara, porque utilizar tecnología de élite para contrarrestar amenazas de bajo coste equivale a gastar recursos de alta gama en problemas que, primero no lo justifican, y segundo crean una dinámica insostenible a largo plazo, incluso para un ejército con el presupuesto más monstruoso como es el del Pentágono.

El espejo ucraniano. Como decíamos antes, el modelo no surge de la nada, sino de la experiencia acumulada en Ucrania, donde la producción masiva de drones baratos ha cambiado por completo el campo de batalla. Allí, la cantidad ha demostrado tener un valor propio frente a la calidad tecnológica, con miles de drones operando diariamente y obligando al adversario a dispersar su defensa. 

Además, la evolución constante (con mejoras en software cada poca semana) ha convertido estos sistemas en herramientas cada vez más autónomas y difíciles de contrarrestar, especialmente en entornos donde el GPS o las comunicaciones tradicionales dejan de funcionar.

Un error de preparación. Lo hemos contado en otras ocasiones. Durante años, las defensas occidentales se diseñaron pensando en amenazas de alto nivel, como misiles balísticos, dejando en segundo plano los sistemas más simples. El resultado es que los drones, más pequeños, más lentos y difíciles de detectar, han encontrado una rendija inesperada

Los radares necesitan ajustes específicos, los cazas tienen dificultades para interceptarlos por su velocidad y perfil de vuelo, y las soluciones disponibles resultan totalmente ineficientes en cuestión de coste. En ese contexto, recurrir a cazas o misiles avanzados no parece una solución estructural, sino más bien un parche que agrava el problema.

Guerra de desgaste en marcha. En resumen, y aunque resulta imposible obviar el presupuesto estadounidense para estirar una guerra, Irán no ha necesitado hasta el momento ganar en el sentido tradicional para alterar el equilibrio del conflicto. Le ha bastado con un sencillo ejercicio de cálculo, uno basado en mantener el ritmo mientras obliga a Estados Unidos y sus aliados a seguir respondiendo, a consumir inventarios, a tensionar su logística y hacerle un agujero a su presupuesto

Es una guerra que, por el momento, no se decide en el campo de batalla clásico, sino en la capacidad de sostener el esfuerzo. Y en ese terreno, las matemáticas juegan un papel decisivo: si cada respuesta cuesta más que el ataque, el resultado final no depende de quién tenga mejores armas, sino de quién pueda permitirse seguir usándolas durante más tiempo. 

Las “matemáticas ucranianas” aplicadas en Irán.

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