Antes se marcaba estatus con tonos pastel y sobriedad: ahora hemos entrado en la era de la purpurina y el brilli brilli

A lo que aspiramos con el whimsymaxxing es, en cierto modo, maximizar el placer de lo cotidiano 

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Lara Ben-Ameur

Colaborador
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Lara Ben-Ameur

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El otro día decidí desconectar de las redes sociales porque últimamente parece que no hay forma de escapar de las gemas de colores. Me aparecían cubriendo vasos, botes de crema, piernas e incluso comida. Y, aunque estaba a punto de sucumbir porque mi nostalgia millenial me incitaba a hacer un pedido de piedrecitas y cubrir la funda de mi móvil, resistí la tentación y me puse a ver una serie. Ojos que no ven…

Error. Empiezo la nueva temporada de Ted Lasso y ya en el primer episodio, los personajes van a una tienda repleta de prendas personalizadas con piedras de colores. Ni la televisión me ayudó a escapar de esta nueva tendencia. Mires donde mires cualquier objeto puede ser susceptible de ser cubierto de brillantitos; es que no está a salvo ni tu pintalabios, ni tu taza de café, ni siquiera tu perro. 

Ahora, más es más

Esta fiebre decorativa que nos impulsa a cubrir cualquier superficie libre y que huye de la sobriedad tiene nombre propio: bedazzling. El término hace referencia a nada más y nada menos que plagar objetos con pedrería y gemas. Del bedazzled se nutre el whimsymaxxing, que va un paso más allá llevando al extremo esa estética juguetona, extravagante y que, a conciencia, huye de la seriedad. El bedazzling puede ser una de sus manifestaciones, cubriendo con pedrería objetos de toda índole; pero la fotografía es mucho más amplia: queremos llenar lo cotidiano de pequeños destellos de fantasía. 

A lo que aspiramos con el whimsymaxxing es, en cierto modo, maximizar el placer de lo cotidiano y reconciliarnos con esas niñas, que como yo, disfrutaban al máximo de los DIY, las manualidades y de customizar con brillantina y piedrecitas todo lo que caía en sus manos. Desde la carcasa del móvil hasta la portada de la libreta de Conocimiento del Medio; no importa la practicidad, lo que importa es que brille todo lo posible. 

Uno de los puntos de inflexión de esta tendencia fue Kylie Jenner y su fiesta Y2K (inspiración años 2000) donde su tarta llena de estrás creó un efecto llamada en redes sociales. Este carrusel de imágenes puede contribuir a que una estética gane visibilidad y animar a usuarios o marcas a reproducirla. Eso sí, no podemos reducir el whimsymaxxing a una mera fotografía viral. 

Que tantas personas se hayan identificado con esta estética, y hayan decidido hacerla suya, es síntoma de que su atractivo se entiende dentro de un contexto cultural en el que necesitamos encontrar una manera de romantizar lo poco que nos pertenece, además de convertirse en pequeñas formas de disfrute en medio de la incertidumbre económica y ese ansia por la productividad. Es una pequeña reivindicación del placer; una especie de ars gratia artis (arte por el arte) de Aliexpress.

Durante años el mensaje imperante y sinónimo de prosperidad era levantarse a las cinco, entrenar, trabajar, ser lo más productivo que puedas y, por supuesto, cuidar hasta el más mínimo detalle nuestra imagen según los cánones del momento. Frente a esa idea de eficiencia permanente aparece esta tendencia extravagante, divertida, colorida y aparentemente inútil que ofrece una fantasía escapista y naif ante la cultura de la optimización.  

Cuando quitar era la norma 

Para entender esta nueva necesidad de adornar hasta nuestro vaso de agua cuando antes imperaba lo sencillo, quizá tenemos que volver a una época en la que, precisamente, ese placer estético se basaba en lo contrario: en quitar y sustraer todo lo accesorio. El famoso “menos es más”.

Si pensamos en buena parte de los 2010 lo más in era el minimalismo: colores neutros, armarios cápsula, maquillaje natural, espacios beige y un concepto de lo sofisticado muy ligado a la contención. Y no, no es que todo el mundo adorara los tonos ocre o los entornos beige, es que ese era el símbolo de la elegancia y buen gusto. Las redes sociales contribuyeron a consolidar esta idea, favoreciendo esos feeds monocromáticos y los espacios compuestos a la perfección. Lo curioso, es que cuando una estética se consolida de esa manera y, sobre todo, convirtiéndose en bandera de un modo de vida o estética a seguir, todo lo que se sale de esos márgenes empieza a ser atractivo.

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Esa nota discordante no nació recientemente en TikTok y el resurgir de los cristalitos adhesivos. El kitsch lleva muchos años dentro de ese terreno ambiguo donde lo ornamental, lo recargado o incluso estrambótico puede ser tanto una fuente de mal gusto como de placer estético. Los brillos, la estridencia, la decoración sin practicidad le echa el pulso a esa idea de que la elegancia necesita contención. Lo hortera puede ser tu marca personal. 

Algo similar ocurre con lo camp, que lleva por bandera el placer en el artificio, lo teatral y la exageración. Es posible que la mayoría recuerden su renovada visibilidad gracias a la famosa Met Gala de 2019 con la temática que se inspiró en el ensayo de 1964 “Notes on Camp”, publicado por la crítica cultural Susan Sontag. El revuelo que provocó el look de Jared Leto que llevaba una réplica de su propia cabeza o Katy Perry con su vestido candelabro demostró hasta qué punto lo extravagante podía ocupar un lugar dentro de una institución tradicional y una de las citas más importantes de la moda. También la estética trash ha jugado siempre con los límites del buen gusto, haciendo alarde y reivindicando lo hortera, lo vulgar o lo cutre.

La recuperación de códigos de los años 2000 conecta con esa reivindicación y cuestionamiento de las convenciones estéticas. Esta aparente vuelta del maximalismo en detrimento del minimal, donde triunfa la mezcla, la acumulación y la superposición es el punto de partida del whimsymaxxing a una escala mucho más cotidiana. Porque por mucho que nos guste el cottagecore y romantizar la vida hogareña, o el maximalismo con un vestidor recargado y una abundancia visual, eso requiere unos determinados espacios de los que la gran parte de la población no dispone hoy en día; así que el whimsymaxxing es nuestro cable a tierra y para desafiar la sobriedad nos conformamos con llenar de abalorios nuestra mascarilla facial con ácido hialurónico.

Pegar abalorios también es un negocio 

Las redes sociales y las marcas han encontrado, una vez más, un nicho de mercado y una estrategia de marketing perfecta. La estética old money o la clean girl inspiraron gran parte de las campañas de marketing de los últimos años, pero parece que ahora las búsquedas van por otros derroteros.

En Google, el término de búsqueda «whimsy» ha aumentado de forma constante desde enero, alcanzando un máximo histórico y obteniendo la puntuación máxima de 100 a principios de julio, mientras que la keyword «bedazzling» mostró un aumento constante a lo largo del año. Todo esto sugiere una creciente curiosidad en torno a uno de los comportamientos más visibles asociados a la tendencia.

Las posibilidades para las marcas son infinitas, porque el corazón del whimsymaxxing es no limitarse a la ropa o la decoración, sino extenderse a cualquier tipo de accesorio. Permite transformar sin pretensiones lo anodino en algo llamativo, vistoso o personal. Y las redes sociales son el escaparate perfecto. Tenemos un proceso que puede replicarse y adaptarse muy fácilmente, además trasciende lo contemplativo, implica al consumidor e invita a probarlo en casa y compartir su propia versión. 

Así que esta nostalgia estética dosmilera llena de pedrería y brillantitos de colores ha sido el campo de trabajo de muchas marcas que no han desaprovechado la oportunidad. Firmas como Laneige, Rhode, Sol de Janeiro o Clinique han publicado imágenes o reels de botes de cremas, mascarillas faciales o bálsamos labiales con gemas de colores. Las pasarelas tampoco se han quedado al margen, como la oda a la pedrería de Robert Wun o, si nos vamos a la moda masculina, con prendas cubiertas de cristales o con glitter en las colecciones de firmas como Dior o Louis Vuitton. 

Es evidente que, como ocurre con casi todas las tendencias, la espontaneidad puede también mercantilizarse y diluir el propósito de algo tan aparentemente inofensivo como pegar cristalitos de colores. Una vez más, tendremos que aprender a vivir con las contradicciones y buscar ese reducto de paz apagando las redes sociales o la televisión y pegando piedrecitas en nuestro bote de mermelada. 

Imagen | ola szkolda, Elena Mozhvilo

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