El Guadalquivir no es un río, es una puerta: por qué las especies invasoras de medio mundo entran en Andalucía por Sevilla

Solo reconociendo que tenemos la puerta abierta podremos plantearnos llegar a controlarla

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Javier Jiménez

Editor Senior - Ciencia
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Javier Jiménez

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En octubre de 2024, un pescador de la desembocadura del Guadalquivir sacó en la red una gamba que no había visto nunca. Ni él, ni ninguno de sus compañeros. De hecho, hasta que no intervino el CSIC, no supimos que era una Macrobrachium asiática. Se trataba de la primera captura en toda la península ibérica y la más occidental de Europa. 

No sabemos cómo llegó, pero los investigadores sospechan que entró en el agua de lastre de un barco. Es decir, entró por la puerta.

Porque eso es el Guadalquivir. La verdad es que si uno se pregunta por qué tantas especies invasoras aparecen en el sur de España, puede encontrar muchas respuestas. Pero hay una clave: que el Guadalquivir es el único gran río español con un puerto marítimo tierra adentro.

A veces no reparamos en ello, pero el estuario del Guadalquivir se mete 110 kilómetros hacia el corazón de Andalucía. En esos 110 kilómetros está un puerto, el de Sevilla, que solo en 2025 recibió 991 escalas de buques. Casi mil barcos remontando un río es la definición misma de "vector de riesgo".

¿Esto es nuevo? Para nada. En 1996, cuando se describió el "primer" crustáceo introducido del estuario (un isópodo del Pacífico), ya se apuntó el papel clave de los cascos de los barcos y del lastre que arrastran. He entrecomillado 'primer' porque, en fin, Sevilla recibe tráfico mercante transatlántico desde 1503.

Desde entonces, cada especie que ha entrado en el estuario (el cangrejo chino de mitones en el 97, el camarón oriental originario del mar de Japón en el 99, el cangrejo azul en 2002 o la lagunilla en 2021) ha puesto de relieve la importancia de controlar esa puerta. Sobre todo, porque no dejan de entrar. 

Un trabajo de 2020 sobre el golfo de Cádiz (con el mismo problema estrucutral) concluía que las aparición de crustáceos exóticos se ha acelerado desde 1980 y, de hecho, se habían disparado en los cinco años previos. Ya de vuelta al río, el grupo de Carlos Fernández-Delgado, de la Universidad de Córdoba, calculó en 2014 que llegaba una especie nueva cada tres años.

El cambio climático juega a su favor. Esto es interesante: hasta donde sabemos, la regulación del caudal por las presas y la distancia a la desembocadura explican el 70% de la variación de salinidad del estuario. Al fin y al cabo, menos agua dulce significa más sal y un mayor efecto vaivén. Justo el ambiente en el que las especies exóticas (esas que han sobrevivido a miles de millas náuticas agarrados en el casco de un barco) tienen todas las de ganar.

¿Y qué hacemos? La buena noticia es que se han empezado a tomar medidas. Desde septiembre de 2024, todos los buques deben tratar su agua de lastre (no solo cambiarla en alta mar); pero no está claro que sea algo que funcione: la gamba con la que arrancaba esta historia apareció después de la medida.

Sin embargo, faltan medidas más ambiciosas; medidas que asuman que lo que hay que gestionar es el estuario en su conjunto. Porque no son solo los barcos. Llevamos años hablando de cómo se han introducido castores, percas americanas o siluros en los ríos del país y, a este ritmo, los perderemos más pronto que tarde. 

Imagen | Cdoncel

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