Durante buena parte de la historia espacial, poner algo en órbita significó asumir una factura difícil de esquivar: fabricar un lanzador y perder buena parte de él después del despegue. SpaceX cambió esa lógica al convertir la recuperación y reutilización de las primeras etapas del Falcon 9 en una operación habitual, una fórmula que contribuyó a reducir los costes y permitió sostener una cadencia de lanzamiento cada vez mayor. Desde entonces, buena parte de la industria se mueve en esa dirección. EEUU abrió el camino moderno, pero ya no está solo. Y si miramos hacia China, veremos que acaba de dar un paso especialmente relevante.
Ese paso tiene nombre propio. Este 19 de agosto, el Zhuque-3 Y2 de LandSpace despegó a las 07:35 desde la zona de pruebas de Dongfeng y, unos 137 segundos después, separó sus dos etapas. La segunda continuó hasta colocar el satélite Honghu-03 en la órbita prevista; la primera emprendió el camino de regreso y, hacia las 07:41, realizó un aterrizaje suave sobre sus propias patas en Minqin, en la provincia de Gansu. Para el programa espacial chino, es la primera recuperación terrestre en el país de la primera etapa de un lanzador de clase orbital y también la primera conseguida mediante patas de aterrizaje.
China ya tiene dos caminos hacia la reutilización
Conseguir que esa etapa volviera no consistió simplemente en invertir su trayectoria. Tras la separación, el booster tuvo que reorientarse a gran altura, encender sus motores para reducir velocidad durante la reentrada, atravesar una fase de control aerodinámico y ejecutar una última maniobra de frenado antes de desplegar las patas. LandSpace había introducido además varios cambios respecto al vuelo anterior: redujo el número de motores utilizados durante el encendido de aterrizaje, ajustó la estrategia de control e incorporó al sistema autónomo de seguridad una función de predicción del punto de caída. Todo debía encajar para llegar al suelo con la velocidad y la posición previstas.
El Zhuque-3 está concebido precisamente para que ese regreso pueda convertirse, con el tiempo, en reutilización. Mide 66,1 metros, tiene 4,5 metros de diámetro y su primera etapa monta nueve motores Tianque-12A alimentados con metano y oxígeno líquido, capaces de modular su empuje entre el 40% y el 110%. Su estructura principal es de acero inoxidable, una elección sobre la que volveremos enseguida. La razón económica ayuda a entender el objetivo: según Xinhua, la primera etapa representa alrededor del 70% del coste del cohete, mientras el propelente supone entre el 1% y el 3%.
El cohete Zhuque-3 es transportado en posición horizontal
El acero inoxidable es otra de las piezas que separan al Zhuque-3 de la referencia estadounidense. Mientras los tanques del Falcon 9 utilizan una aleación de aluminio-litio, LandSpace optó por acero de alta resistencia, un material más denso que la compañía defiende por su menor coste, sus propiedades de soldadura y su comportamiento frente a las altas temperaturas del regreso atmosférico. Para el fabricante chino, esas características aportan ventajas en fabricación, coste y comportamiento térmico. Según SCMP, además, este vuelo habría conseguido la primera recuperación de un booster de acero inoxidable después de un lanzamiento orbital.
Integración de la cofia del cohete en la torre de lanzamiento antes de la misión
Pero Pekín no ha llegado hasta aquí siguiendo una única receta. Apenas 40 días antes, el 10 de julio, el Long March 10B completó otra misión orbital y recuperó su primera etapa sobre una plataforma marítima mediante un sistema muy distinto. En lugar de apoyarse sobre patas, el booster descendió verticalmente hasta que cuatro ganchos de su estructura quedaron atrapados por una red flexible instalada en la plataforma. La lógica es trasladar parte del sistema de aterrizaje a una infraestructura externa, evitando cargar el cohete con patas y reservando esa masa para otras funciones, incluida la carga útil.
Vista general del cohete de LandSpace en su plataforma de lanzamiento
La comparación con SpaceX ayuda a poner estos avances en perspectiva. A 31 de marzo de 2026, Falcon 9 acumulaba alrededor de 620 lanzamientos orbitales. Solo en 2025 realizó 165, de los que 157 utilizaron boosters que ya habían volado antes, una escala todavía muy alejada de la fase de validación en la que se encuentran los programas chinos. Esa experiencia acumulada es precisamente lo que convierte la reutilización en una ventaja industrial. China avanza deprisa, pero el listón sigue siendo demostrar que puede recuperar, revisar y volver a lanzar las mismas etapas con frecuencia y fiabilidad.
China ya ha resuelto dos veces una de las preguntas más difíciles del lanzamiento reutilizable, aunque con respuestas distintas: cómo traer de vuelta una primera etapa tras una misión orbital. Ahora queda demostrar la parte que termina justificando todo el esfuerzo. CASC prevé completar antes de que acabe 2026 un vuelo de reutilización de una primera etapa del Long March 10B, mientras LandSpace comienza con el Zhuque-3 el proceso de inspección y validación necesario para llegar a ese punto. SpaceX convirtió ese ciclo en rutina con Falcon 9. El siguiente examen chino será comprobar si puede hacer lo mismo con suficiente frecuencia y fiabilidad.
Imágenes | LandSpace
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