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La historia de Jill Watson o cómo los chatbots pueden cambiar la educación para siempre

La historia de Jill Watson o cómo los chatbots pueden cambiar la educación para siempre
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¿Puede una profesora ayudante recién llegada a una universidad de Georgia cambiar la educación para siempre? Aún es pronto para decirlo, pero es una posibilidad a tener muy en cuenta.

Llevamos años hablando de revoluciones educativas y mirando esperanzados todas las novedades que van surgiendo. Pero la clave puede estar en una tecnología que acaba de llegar: los chatbots.

Os presentamos a la profesora Jill Watson

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Ashok Goel es profesor de Inteligencia Artificial en Georgia Tech. A finales del año pasado, se decidió contratar a Jill Watson para ayudarle en las tareas académicas. Durante todo el semestre, la señorita Watson respondió online a las preguntas de los estudiantes de la asignatura. Y lo hizo de manera sensacional: recibió una de las mejores evaluaciones de toda la universidad.

Cuando, tras los exámenes finales, Goel explicó a sus alumnos que en realidad Jill Watson se trataba de un bot (una aplicación del Watson IBM), los estudiantes atravesaron todas las etapas del duelo y una más. Negación, ira, negociación, depresión, aceptación y, para rematar, mucho entusiasmo. Tanto que quisieron proponer al bot como mejor teaching assistant del año.

Casi una década de revoluciones educativas que no acaban de cuajar

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Desde 2008, cuando por primera vez empezaron a difundirse estas iniciales, hemos visto nacer a los MOOCs como "revolución educativa", surgir grandes plataformas, mover considerables sumas de dinero y, al final, pasar de moda hasta casi desaparecer del debate público.

En 2011, varios cursos llegaron a tener más de 150.000 alumnos y el año siguiente, 2012, fue declarado por el New York Times el año de los MOOCS. Pero rápidamente se pasó el entusiasmo: las cifras de finalización e implicación eran muy bajas.

Las ventajas parecían claras: el ritmo de aprendizaje se adaptaba al alumno, democratizaban el acceso a la educación y eliminaban las barreras económicas y geográficas. O eso quisimos creer aunque los datos no parecieran darnos la razón.

¿Es esta la verdadera re-evolución de los MOOCs?

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Aunque se vendieron como la gran innovación educativa de principios de siglo, los MOOCs comparten objetivos, prácticas y similitudes de funcionamiento con los cursos radiofónicos o por correspondencia de finales del XIX y principios del XX. El único elemento diferenciador es el esquema y las tecnologías de distribución. Pero eso, ya es hora de reconocerlo, es una innovación muy menor.

La vieja diferencia entre acceso formal y acceso real sigue siendo válida y de qué manera. El acceso formal a la información lleva muchos años sin ser un problema en sentido estricto: usando servicios de préstamos interbibliotecarios una persona podía conseguir casi cualquier material formativo sin gastar demasiado dinero. El problema emergía en cuanto nos poníamos a analizar los datos de uso: nadie (o casi nadie) usaba estos sistemas.

Los MOOCs nos despistaron: de nada sirve abrir el acceso a los contenidos si no conseguimos atraer a los estudiantes

Sin darnos cuenta, hemos vuelto a creer que "el que quiere, puede", olvidando lo compleja que pueden llegar a ser las vidas de las personas. En este sentido, muchos analistas avisaban hace años de que "tecnológicamente los sitios para MOOCs son bastantes similares entre sí y, me atrevería a decir, se encuentran en un estado algo primitivo tecnológicamente. Sobre todo si tenemos en cuenta los objetivos que se había marcado ellos mismos.

Porque hoy el problema no es emitir una clase en directo o corregir miles de cuestionarios en segundos. El problema es que haya alumnos. Algo que va más allá del famoso 'engagement', algo que plantea la necesidad de personalizar la educación de la misma forma que estamos personalizando la medicina. Y parece que Jill Watson y los chatbots pueden ser la verdadera revolución educativa que estamos esperando.

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