Que el perro es el mejor amigo del ser humano es una realidad que lleva acompañándonos miles de años. De hecho, el primer perro doméstico documentado de la historia data de hace 15.800 años. La relación con los cánidos ha pasado por distintas fases y sensibilidades a lo largo de ese tiempo, desde herramienta de trabajo o guardián hasta miembro de la familia.
Pero si hay una época en la que ese vínculo adquirió connotaciones casi divinas fue en el Antiguo Egipto, donde existía un dios de la muerte con cabeza de chacal, Anubis. Precisamente hasta allí tenemos que viajar en el tiempo para preguntarnos qué hacía un perro momificado con "solo" 2.300 años de antigüedad, en una necrópolis próxima a Luxor.
Qué hace un perro momificado. Un equipo de investigación hispano-egipcio en el que participa la Universidad de La Laguna ha reexaminado las más de 400 tumbas excavadas en la roca a lo largo de tres milenios en la necrópolis Tebana.
Nos interesa especialmente la cámara lateral 3 de la Tumba Tebana 209. Allí encontraron 16 momias humanas, un perro momificado y un depósito con restos de al menos cuatro personas más. Encontrarse un perro momificado es llamativo per se, pero es que además estaba colocado sobre las extremidades inferiores de un hombre y una mujer adultos.
Por qué importa. La momificación de perros no es algo novedoso, lo que llama la atención de la comunidad científica es la disposición del can: no lo dejaron allí sin más, ni siquiera lo depositaron como si fuera una pertenencia más. Jared Carballo-Pérez, primer autor del estudio, explica a Discover Magazine que, desde un punto de vista antropológico, colocar un animal tan cerca de cuerpos humanos puede sugerir algún tipo de relación significativa. Añade que, personalmente, le resulta conmovedor porque este tipo de vínculo entre humanos y animales sigue siendo reconocible hoy en día.
Además, obliga a replantear la idea de tumba saturada y reutilizada como sinónimo de desorden: aunque el espacio estaba lleno de cuerpos, cada nuevo entierro se hizo con cuidado, no al azar.
Contexto. Egipto tiene una larga y pintoresca tradición de momificación animal, que va desde perros y gatos pasando por cocodrilos, vinculada a menudo al culto de Anubis. Pero este caso no encaja en el patrón habitual de ofrenda colectiva a un dios: su disposición sobre una pareja concreta lo distingue de otros restos caninos hallados en distintos puntos de la misma tumba.
En detalle. Este espacio funerario se usó (y reutilizó) entre la Dinastía XXV (754-656 a.C.) y el periodo ptolemaico (305-30 a.C.), cuando fue finalmente abandonado. El análisis de las diferentes capas muestra que las primeras personas enterradas en la tumba eran gente de alto estatus, con sus ataúdes y objetos como amuletos o ánforas.
Con el paso del tiempo, conforme se fue llenando el espacio, los nuevos cuerpos se fueron colocando en cualquier hueco disponible, hasta llegar a la superposición vertical de varios individuos. Precisamente en ese periodo, la fase ptolemaica final, se enmarca el grupo con el perro.
Sí, pero. El equipo es cauto: la cercanía espacial del perro con esa pareja no permite establecer con certeza si el can fue una mascota, un guía a modo de psicopompo o parte de un ritual todavía pendiente de entender.
Por otro lado, la tumba en su conjunto ha sufrido inundaciones periódicas a lo largo de los siglos (incluida la cámara 3), pero a diferencia de otros sectores del monumento, esta cámara no fue expoliada ni alterada por excavaciones e intrusiones posteriores, por lo que es la que conserva la secuencia más completa e intacta para sostener estas conclusiones.
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Portada | From individualized mummies to collective accumulations: an archaeothanatological analysis of funerary reuse in Theban Tomb 209 y Jon Bodsworth
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