En 1945, EEUU gastó una fortuna intentando crear un "superperro": 500 cachorros y 13 años después descubrieron el problema

El experimento terminó enseñando a sus investigadores por qué aquella receta era demasiado simple

Examen Veterinario Con Cachorro En Balanza
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Miguel Jorge

Editor

Estados Unidos puso en marcha tras la Segunda Guerra Mundial uno de los experimentos caninos más ambiciosos jamás realizados: más de 500 perros, 13 años de investigación y 632.000 dólares de la época, cerca de nueve millones actuales, para estudiar hasta dónde podía llevarles la genética. Detrás estaba la Fundación Rockefeller y una pregunta heredada de una época mucho más oscura: si se elegían los genes adecuados, ¿sería posible criar un perro extraordinariamente inteligente? 

La escuela del perro perfecto. El proyecto arrancó en Maine a mediados de los años 40 y acabó siendo conocido como la School for Dogs. Los investigadores John Paul Scott y John Fuller dispusieron de unas instalaciones enormes, decenas de trabajadores y cinco razas (cocker spaniel, beagle, pastor de Shetland, basenji y fox terrier de pelo duro) cuyos cachorros podían seguir desde el nacimiento. 

Registraban su primer sobresalto, sus juegos, cuándo empezaban a comer sólidos o a mover la cola y, desde las cinco semanas, los sometían a pruebas de inteligencia, aprendizaje, dominancia, personalidad y capacidad de entrenamiento 

Una respuesta sobre los humanos. La magnitud del proyecto se entiende mejor por el momento histórico en que nació. El Holocausto había desacreditado la eugenesia y sus pretensiones de mejorar al ser humano mediante la selección genética, mientras algunas figuras influyentes seguían convencidas de que la herencia explicaba buena parte de la inteligencia y el comportamiento. 

Entre ellas estaba Alan Gregg, responsable de ciencias médicas de la Fundación Rockefeller, que vio en los perros una extraordinaria oportunidad para estudiar esa hipótesis sin experimentar con personas: si la inteligencia dependía fundamentalmente de los genes, cruzar los ejemplares adecuados debería permitir concentrarla generación tras generación.

P0pdg39k Jpg El experimento consistió en criar cinco razas de perros diferentes, pero ninguna mostró potencial para la cría de un "superperro"

Los cachorros desmontan la teoría. Los perros recorrieron laberintos, resolvieron problemas y repitieron ejercicios destinados a medir cuánto aprendían. Algunas razas destacaban en determinadas pruebas y otras lo hacían en tareas diferentes, sin que apareciera una campeona absoluta capaz de reunir todas las cualidades buscadas. 

El comportamiento también cambiaba con las circunstancias: los fox terrier podían mostrar mayor agresividad y los basenji reaccionaban con miedo ante determinadas situaciones, mientras el contexto modificaba considerablemente esas respuestas. Tras años buscando una combinación superior, Scott y Fuller terminaron concluyendo que ninguna raza podía considerarse globalmente más inteligente que las demás 

UN VISTAZO A...

El “superperro” golpea a la eugenasia. Aquello tenía implicaciones que desbordaban las perreras de Maine. Los investigadores entendieron que características deseables como valentía, inteligencia o temperamento no formaban un paquete que pudiera concentrarse fácilmente en un individuo mediante cruces cuidadosamente escogidos. 

Una población se beneficia precisamente de individuos diferentes: el animal atrevido puede enfrentarse a una amenaza y otro más temeroso puede detectarla antes y alertar al grupo. Scott y Fuller condensaron la conclusión trasladándola al ser humano: la verdadera fortaleza aparece en una sociedad formada por individuos con capacidades distintas.

El gran descubrimiento. El experimento terminó desplazándose hacia una cuestión que tendría mucha más influencia en la ciencia canina: cuánto determina la infancia al perro adulto. Algunos cachorros fueron criados completamente aislados, dentro de grandes recintos donde recibían comida y agua sin ver personas ni otros perros. 

Scott y Fuller identificaron un periodo crítico de socialización aproximadamente entre las cuatro y las doce semanas: el contacto durante esa ventana podía permitir un desarrollo social normal, mientras una privación prolongada generaba animales extremadamente difíciles de domesticar. Parte de aquellos experimentos serían éticamente inadmisibles hoy y algunos perros terminaron siendo sacrificados.

El perro que nunca apareció. Hacia 1958 el proyecto fue apagándose y la Fundación Rockefeller dejó de financiarlo. Sus trece años de trabajo habían fracasado en el objetivo más espectacular y dejaron algo científicamente mucho más valioso: una demostración de la complejidad con la que genes, ambiente, experiencias y desarrollo construyen el comportamiento. 

La gigantesca School for Dogs había nacido buscando una receta genética para fabricar un animal superior, pero más de 500 cachorros terminaron enseñando a sus investigadores por qué aquella receta era demasiado simple.

Imagen | The University of Chicago Press

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