Cuando la NASA todavía no sabía cómo iba a ir el periplo de Orión en el marco de la misión Artemis II (partió el 1 de abril y retornó con éxito diez días después), la agencia espacial norteamericana presentaba su proyecto "Ignition" con un ambicioso objetivo: establecer una base permanente en el Polo Sur lunar.
El planteamiento para lograrlo pasa por gastar 20.000 millones de dólares en siete años y realizar 81 lanzamientos. No es solo una hoja de ruta, sino también una lista de deseos para la industria y socios internacionales donde identifica las brechas tecnológicas que deben cerrarse para convertir la exploración lunar puntual en presencia humana permanente.
El plan de la NASA. La estrategia para montar una base en la luna se divide en tres etapas claras y es iterativo:
- La Fase 1 se centra en demostrar que se puede llegar de forma fiable, validar los sitios de aterrizaje y llevar a los primeros astronautas. Se alcanzará el tope de cuatro toneladas por viaje. Hay previstos 25 lanzamientos y 21 alunizajes.
- La Fase 2 tiene como objetivo establecer la infraestructura inicial, misiones tripuladas cada semestre y aumentar la capacidad de carga a 60 toneladas. Con 27 lanzamientos y 24 alunizajes.
- La Fase 3 ya pretende la presencia humana continua, tener capacidad para mover 150 toneladas de carga y preparar el territorio lunar. Con 29 lanzamientos y 28 alunizajes.
Por qué es importante. Para empezar, porque el Polo Sur de la luna permite el acceso a volátiles congelados (principalmente hielo de agua) en regiones de sombra permanente, lo que podría posibilitar la utilización de recursos in-situ, un paso esencial para la autonomía espacial. Pero aunque la base lunar es todo un logro para la humanidad per se, no hay que perder de vista que la NASA lo hace con otro objetivo en mente: Marte.
La luna es su campo de pruebas. De hecho, esta base en la luna será un laboratorio de ensayo para siete áreas críticas antes de establecer una base humana allí: reactores nucleares que funcionen en el espacio, operar sin ayuda constante desde la Tierra, entender cómo afectan las misiones largas al cuerpo humano, crear cadenas de suministro espaciales, protegerse del polvo abrasivo, evitar contaminar otros mundos y diseñar sistemas que sirvan tanto en la Luna como en Marte. Por otro lado, con la luna la NASA pretende abrir un mercado donde la industria privada asuma algunos servicios, reduciendo los costes para la organización norteamericana (y por ende, para la ciudadanía).
Contexto. A diferencia de las misiones Apollo, que aterrizaron en zonas ecuatoriales, ahora interesa alunizar y establecerse en el polo sur lunar en tanto en cuanto ofrece una dualidad estratégica única: cráteres que nunca ven la luz del sol (y pueden tener hielo de agua) junto a montañas que casi siempre tienen luz solar (para paneles solares). Tener acceso a energía y volátiles congelados justifica científica, estratégica y económicamente la selección del sitio.
Pero trabajar ahí es extremadamente difícil. El terreno es accidentado, hay montañas elevadas y cráteres profundos y además hay desafíos térmicos y de iluminación extremos. El Sol permanece bajo en el horizonte, creando sombras alargadas que dificultan la generación de energía solar y someten a los equipos a periodos de frío extremo. Para el equipo de astronautas será duro: tendrá problemas para ver peligros y hacer tareas básicas, porque el ojo humano no se adapta rápido entre luz extrema y oscuridad total y además tendrán que acceder a esos pronunciados cráteres a por hielo.
Lo que la NASA necesita. El documento identifica brechas funcionales que la industria debe ayudar a cerrar, clasificadas en seis subsistemas:
- Robótica: robots que descarguen y muevan carga de cientos de kilos, que se controlen desde la Tierra, y que trabajen cerca de astronautas sin peligro.
- Comunicaciones: conexiones rápidas (más de 500 Mbps) entre la Luna y la Tierra, que los equipos lunares se comuniquen entre sí, y GPS lunar.
- Logística: sistemas para conectar módulos presurizados y transferir agua, oxígeno y carga.
- Vivienda: hábitats que funcionen desde días hasta meses, con gimnasio y sistemas médicos para que los astronautas no se debiliten, gestión de basura, y que sobrevivan vacíos entre misiones.
- Transporte: rovers pequeños para explorar, rovers grandes (a 10 km/h) tripulados y autónomos, que funcionen tanto en zonas con luz como en cráteres oscuros.
- Energía: generar y almacenar 5 kilovatios aguantando más de 5 días de oscuridad total, distribuir electricidad entre equipos.
Cómo lo van a hacer. Esencialmente van a seguir dos estrategias:
- Pruebas previas con misiones robóticas comerciales antes de arriesgar vidas humanas. Aunque las tecnologías existen en la Tierra, funcionan diferente en la Luna, así que necesitan volar al espacio para validarlas para depurarlas. Un ejemplo: desde el sobrevuelo tripulado de Artemis II al alunizaje en la superficie habrá una misión intermedia en 2027. Los astronautas probarán el acoplamiento, los sistemas de soporte vital y las comunicaciones con módulos de aterrizaje lunares comerciales de SpaceX y Blue Origin, pero en órbita terrestre baja, donde el rescate sigue siendo posible.
- Habrá interoperabilidad. Con estándares comunes que permitan que sistemas de diferentes proveedores funcionen juntos. El desarrollo colaborativo de estándares para energía, acoplamiento y comunicaciones habilitará asociaciones efectivas. La NASA busca socios para nueve áreas críticas: hábitats, transporte de carga, robots pequeños, rovers grandes, mapear recursos lunares, guardar muestras y navegación avanzada.
Sí, pero. La misión es ambiciosa, esencial para la colonización espacial y además el calendario es apretado, pero es que además se enfrenta a tres amenazas principales. Para empezar, sigue faltando información básica sobre la luna. Desconocemos la accesibilidad de características de interés, como rocas o cráteres ni cómo se comporta el polvo lunar o algo tan esencial como dónde está exactamente el hielo.
Por otro lado, la política mata proyectos espaciales: según la Planetary Society hasta la fecha ya llevan 107.000 millones de dólares gastados a causa en gran parte de los continuos cambios en los programas llevados a cabo por las diferentes administraciones. Finalmente, conviene recordar que esto es una carrera. China y Rusia también quieren poner una base nuclear en el Polo Sur y quien llegue primero decidirá las reglas. Esa presión de ir a contrarreloj puede provocar que la NASA acelere y cometa el error que el plan quiere evitar: apresurarse y asumir riesgos innecesarios.
Portada | Pedro Lastra y NASA
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