Japón también quiere conquistar el espacio, pero por un motivo muy distinto al resto: la basura

Japón también quiere conquistar el espacio, pero por un motivo muy distinto al resto: la basura
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Cuando en 2015 Neil deGrasse Tyson se sentó con la CNBC a especular sobre el futuro dejó uno de esos titulares rotundos de resonancia casi casi proverbial: “El primer billonario será quien explote los recursos naturales de los asteroides”. Han pasado ya siete años y si bien la minería espacial ha ido dejando grandes promesas, todo indica que estamos lejos aún de explotar a fondo sus riquezas. Lo que sí ha ido tomando forma son otras actividades igual de lucrativas en el espacio, como el turismo, el transporte y quizás la más delicadas de todas: la gestión de la enorme cantidad de basura que empieza a acumularse sobre nuestras cabezas tras décadas poniendo aparatos en órbita.

Japón lo sabe y quiere ser una figura destacada en esta última rama. Tanto, de hecho, que se ha lanzado ya a una carrera en la que han puesto también los ojos otras potencias, incluida China.

Suma de fuerzas. Desde hace tiempo la compañía Astrocale, con sede en Tokio, y la Agencia de Exploración Aeroespacial de Japón (JAXA) trabajan en el desarrollo de tecnología para la eliminación de desechos espaciales. En 2020 el organismo japonés ya seleccionó a Astrocale como socio para la primera fase de su proyecto de demostración CRD2 y este mismo verano volvía a anunciar un nuevo estudio, con pruebas en tierra de hardware y software, en el mismo marco. El objetivo de la empresa pasa por ofrecer servicios de retirada de escombros de forma rutinaria ya a medio plazo, en el horizonte de 2030 y el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.

Más allá de la teoría. Los esfuerzos, efectivamente, les ha permitido ir más allá de la teoría. Astrocale ya ha realizado pruebas interesantes con su misión ELSA-d, incluido un experimento de captura satelital este mismo verano. La compañía también ha recabado apoyos dentro y fuera de Japón. En julio acumulaba una recaudación de alrededor de 300 millones de dólares en fondos de inversores nipones e internacionales y este mismo otoño la Agencia Espacial del Reino Unido, la UKSA, ya se ha fijado en su filial británica y ClearSpace para la eliminación de desechos.

La firma también trabaja en otros servicios, como la de extensión de vida, reparaciones o reabastecimiento de combustible, que busca una economía espacial "que prospere de forma sostenible". No es la única de Japón que tiene la vista puesta en la basura espacial. Sky Perfect JSAT, por ejemplo, asegura trabajar de la mano de Rike, JAXA y las universidades de Nagoya y Kyushu para desarrollar un satélite de eliminación de desechos espaciales "de manera segura y eficiente utilizando un método basado en láser". Star-ALE, con sede en Tokio, es otro caso.

"Una oportunidad de oro". Así lo entiende Kazuto Suzuki, experto en políticas espaciales de la Escuela de Graduados en Políticas Públicas de la Universidad de Tokio, quien hace solo unos días reconocía al diario The Washington Post el horizonte que se abre para el país del sol naciente: "En el espacio, Japón siempre ha sido un país de segunda velocidad. La primera siempre fue la de EEUU, la URSS y, recientemente, China. Esta es una oportunidad de oro, pero los tiempos son cortos".

En el proceso ha habido también altibajos. A principios de 2017 Japón veía cómo fracasaba uno de sus intentos más ambiocosos para retirar basura espacial, un sistema que se apoyaba, básicamente, de una correa incorporada a la nave Kounotori 6 y que no pudo cumplir con los planes de la JAXA. "La tecnología para limpiar desechos espaciales está aún en su primera etapa", reconocía el equipo. En la Universidad de Kioto incluso llegaron a proponer otra solución: fabricar satélites de madera.

Una carrera disputada. Japón no es el único país que se ha lanzado a la tarea de controlar y abordar la basura espacial. Varias compañías, como Russian Space Systems o la australiana Neumann Space se han planteado aprovechar la basura espacial para reconvertirla en combustible y a nivel internacional se han registrado múltiples intentos por atajar el problema que representa para la exploración espacial: la red US Space Surveillance, por ejemplo, se encarga del monitoreo, Clear-Space-1 aspira a acabar con parte de los desperdicios, agencias como la NASA o la europea ESA se han centrado también en el problema y más allá de Astrocale hay otras muchas compañías, como Privateer, Airbus, ExoAnalytic, la china Origin Space o incluso la SpaceX de Elon Musk.

El peso de China. En el tablero internacional destaca, por su peso y actividad, China. El gigante asiático aspira a convertirse en una potencial espacial hacia 2045 y ha protagonizado numerosos e importantes lanzamientos, además de lanzarse a iniciativas ambiciosas, como ensamblar su propia estación espacial. Origin Space, con sede en Shenzhen, lanzó el año pasado un prototipo que busca precisamente atrapar desechos espaciales, la SAST de Shanghái ha planteado un sistema con una vela de arrastre y hace apenas unos meses se captó cómo una nave china captaba un satélite en desuso para arrojarlo luego a una "órbita cementerio". El país ya se ha visto salpicado por sonoras polémicas internacionales relacionadas, en parte, con su gestión de la basura espacial.

¿Es realmente tan grave el problema? Sí. Los datos son claros y dejan poco margen a la interpretación. Según los cálculos de la NASA, en el espacio alrededor de la Tierra se dispersan alrededor de 9.000 toneladas métricas de escombros, una masa más que considerable que incluye satéites abandonados y restos de naves en desintegración. Los balances elaborados por la agencia estadounidense muestran miles de fragmentos iguales o mayores que una pelota de béisbol en la órbita baja de la Tierra —LEO, por sus siglas en inglés—, pero quizás lo más preocupante no sea el dato, sino el riesgo de que ocasionen daños: desde 2019, recogía hace unos meses Financial Times, el número de satélites en funcionamiento en órbita se ha incrementado en cerca de un 50%.

El otro gran reto: la regulación. Efectivamente, la basura espacial no solo representa un reto tecnológico. Abordarla requiere también una regulación que trascienda fronteras, y en una materia compleja que toca puntos sensibles. Para lograr la colaboración necesaria, explica a The Washington Post Jonathan McDowell, del Centro Harvard-Smithsonian de Astrofísica (CfA), es fundamental que los países "estén dispuestos a poner los intereses internacionales por delante de su propia paranoia sobre las preocupaciones militares". "Y no está claro que China y lo esté y EEUU definitivamente no", remarca: "El problema es que no hay un controlador del tráfico aéreo internacional para el espacio".

Pasos se han dado para atajar la proliferación de desechos espaciales. Hace ya diez años, por ejemplo, el Comité Interinstitucional de Coordinación de Desechos (IADC) publicó unas pautas para "la mitigación de desechos espaciales" y en EEUU acaban de plantearse nuevas reglas que exigirán a los operadores deshacerse con mayor rapidez de los satélites ya obsoletos. El objetivo de Japón pasaría por contribuir al desarrollo de estándares, empeño en el que la tecnología juega un papel relevante. “Si no hay solución, la gente no sabrá cómo regular”, apunta el fundador de Astroscale.

Imagen de portada: Astrocale

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