Íbamos a tener una macropotencia atómica y tendremos lenguados: el plan de 170 millones para resucitar Lemóniz

  • El esqueleto industrial, símbolo del desarrollismo franquista y paralizado en los 80 por los atentados de ETA, albergará la tecnología acuícola más avanzada de Europa ante las críticas de los ecologistas

  • Donde iba a haber uranio, habrá sistemas de recirculación de agua. Así es la alianza público-privada que pretende borrar la "cicatriz" de los años de plomo para exportar el primer lenguado vasco en 2030

Lemoniz
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alba-otero

Alba Otero

Editora - Energía
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Las gaviotas y la vegetación salvaje llevan décadas siendo las únicas inquilinas del inmenso esqueleto de hierro y hormigón levantado en la cala vizcaína de Basordas. Como detalló en un reportaje la BBC, se trata de una tétrica estampa compuesta por ocho millones de metros cúbicos de cemento y mil toneladas de hierro; un gigante inviable de derribar que, más de cuarenta años después de su abandono, por fin tiene un destino. Pero el monstruo concebido para la fisión atómica no producirá megavatios, sino pescado.

El giro histórico. El Gobierno vasco y el grupo empresarial Atitlan transformarán la antigua central nuclear en una macropiscifactoría. El propio lehendakari, Imanol Pradales, presentó el proyecto definiendo las ruinas como "una herencia incómoda y muy compleja" y "la cicatriz de tiempos oscuros", según recogió RTVE. Ahora, ese fantasma industrial está llamado a parir, en palabras del presidente vasco, los primeros lenguados made in Euskadi.

La magnitud del proyecto. El proyecto ha sido bautizado como 'Aquacría Basordas'. Según detalla Deia, requerirá una inversión público-privada de 170 millones de euros a lo largo de la próxima década. El futuro parque acuícola ocupará una superficie de 46.600 metros cuadrados, generará unos 200 empleos directos de alta cualificación y, a pleno rendimiento, alcanzará una capacidad de producción de 3.000 toneladas de pescado al año. Las previsiones apuntan a que las obras principales arrancarán en 2027 y que los primeros lenguados llegarán al mercado hacia 2030 o 2031.

Pero, ¿por qué elegir un entorno tan atípico? Las infraestructuras ya existentes y el acceso directo al agua de mar profundo han sido claves para identificar la fallida central como un lugar "óptimo" para la acuicultura industrial. Sin embargo, Pradales avisó de que esto será "mucho más que una simple piscifactoría", tal y como apunta El Correo. La instalación contará con el músculo científico del centro tecnológico Azti, integrando inteligencia artificial y sistemas avanzados de recirculación de agua (RAS) que permitirán reutilizar hasta el 97% de los recursos hídricos.

El pulpo empresarial. Para entender la dimensión real del proyecto, hay que mirar tanto a los despachos de hoy como a las trincheras del ayer. Quien pondrá los peces en Lemóniz es Sea Eight, la filial de acuicultura del grupo inversor valenciano Atitlan. Como destapa El Salto, el presidente de Atitlan es Roberto Centeno, yerno del dueño de Mercadona, Juan Roig. De hecho, Sea Eight ya es un proveedor destacado de lenguado para la cadena de supermercados. El avance de este gigante empresarial se ha hecho, según denuncian medios como El Economista, ignorando a los ayuntamientos locales de Mungialdea y Uribe Kosta, que reclamaban un proceso participativo para decidir el futuro de este enclave tan simbólico.

La pregunta del millón: ¿no es peligroso? La primera reacción al unir los conceptos "nuclear" y "alimentación" suele ser de alarma, pero hay que ser tajantes: no hay riesgo de radiación. Como recuerda la BBC, Lemóniz nunca llegó a recibir uranio ni a entrar en funcionamiento. Sin embargo, la polémica medioambiental está servida por otros frentes. La ONG Greenpeace ha exigido la retirada inmediata del proyecto. Argumentan que la acuicultura industrial agrava la presión sobre la costa cantábrica debido a la contaminación por materia orgánica, uso de antibióticos y la eutrofización del mar. Además, señalan una paradoja biológica: el lenguado es una especie carnívora, lo que exige pescar otros peces salvajes para fabricar sus piensos, empujando a los océanos "hacia el colapso".

Por otro lado, El Salto recoge una preocupante advertencia de FACUA Euskadi, que alertó de que las aguas de la zona poseen metales pesados "por encima de los umbrales recomendados", procedentes del sedimento del embalse de Urbieta y un antiguo vertedero cercano. A esto se suma otra denuncia de Greenpeace: al asumir el Gobierno vasco la titularidad de los terrenos en 2018, eximió a Iberdrola (antigua Iberduero) de su obligación legal de devolver la cala a su estado original, "ahorrando" a la eléctrica unos 17 millones de euros.

Los vecinos también tienen algo que decir. El esqueleto de hormigón sigue siendo un tema espinoso. Como señalaba la BBC a través del testimonio de lugareños como Valentín Elórtegui, la central es "un tabú, algo que nadie quiere mirar". A pie de calle, conviven las cicatrices de las familias que fueron expropiadas con la irreverencia de los jóvenes surfistas que hoy cogen olas frente al fantasma atómico en un punto que llaman, precisamente, "La Central".

Y es que el peso de ese tabú se mide en sangre. El abandono de Lemóniz no fue un accidente, sino el resultado de un choque social sin precedentes. Como relata RTVE, las obras iniciadas en pleno franquismo (1972) chocaron con un ecologismo incipiente y masivas protestas. ETA aprovechó el conflicto y desató una campaña de terror, asesinando a cinco trabajadores, entre ellos a los ingenieros jefes José María Ryan y Ángel Pascual. La brutal tensión en las calles —que se cobró también la vida de la activista Gladys del Estal a manos de la Guardia Civil— forzó a los operarios a huir, paralizando las obras hasta que el gobierno de Felipe González dictó la moratoria nuclear definitiva en 1984.

La verdadera mutación de Basordas. La cultura pop nos ha enseñado a mirar con desconfianza las aguas cercanas a las centrales atómicas. Es inevitable acordarse de Guiñitos, el icónico pez naranja de tres ojos que el Señor Burns no pudo comerse en Los Simpson y que intentó vender a los ciudadanos de Springfield como un milagro evolutivo de su planta nuclear.

Sin embargo, en las bravas aguas del Cantábrico no habrá radiación ni peces de tres ojos; el lenguado de Lemóniz tendrá los dos de siempre. La verdadera mutación en la cala de Basordas no es genética, sino macroeconómica e histórica. Es la transformación de un fallido megaproyecto atómico impulsado por una dictadura, paralizado por la sangre del terrorismo y la furia ecologista, que ahora termina resucitando como un lucrativo y aséptico eslabón en la inmensa cadena de suministro de los supermercados de nuestro siglo.

Imagen | Dummy

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