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SSD, a fondo (I)

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SSD. Un nuevo mercado que ha aparecido hace unos pocos años pero en el que seguro que muchos estaréis interesados – me incluyo – y pensando en si merecen o no la pena.

No obstante, ¿sabéis cómo funciona un SSD? ¿Cuáles son las diferencias respecto de un disco duro tradicional? Hoy empezamos un especial de dos entradas denominado SSD, a fondo, en el que trataremos de buscar solución a estas dos preguntas y a muchas otras: características a tener en cuenta, si merece la pena o no, e incluso cuáles son los usos más habituales para un SSD, siempre teniendo en cuenta su – por ahora – alto coste por gigabyte.

Hoy empezaremos por el cómo funciona y las ventajas principales de un SSD que encontraréis tras el salto.

SSD, a fondo

  • SSD, a fondo (I)
  • SSD, a fondo (y II)

Cómo funciona un SSD, características más importantes

La principal diferencia de un SSD respecto de un disco duro tradicional es el uso de memoria flash en vez de discos magnéticos y una cabeza lectora mecánica. Ésto los convierte en dispositivos mucho más rápidos, pues se eliminan las partes mecánicas causantes de lentitud en las lecturas de la información.

Un SSD puede estar fabricado con diversas arquitecturas, aunque lo más común es que utilicen memorias NAND de diversas formas. Generalmente hay dos opciones, SLC o MLC en relación a la estructura de los módulos de memoria usados: Single-Level Cell utiliza dos un bit por cada celda de información (0 o 1), mientras que Multi-Level Cell utiliza dos bits (00, 01, 10 y 11), dando lugar a la posibilidad de que ocurran mayor cantidad de errores.

Técnicamente son mejores los SLC, aunque dada su estructura permiten una menor capacidad de almacenamiento y además suelen ser bastante más caros. Los SSD de tipo MLC son a día de hoy los más comunes en el ámbito doméstico, con lo que en principio serán nuestra opción ideal.

Respecto de la interfaz de conexión de un SSD, hay unidades disponibles prácticamente para cualquier interfaz de transmisión de datos: SATA y PCIe serán las más interesantes ya que son los estándares que estamos acostumbrados a utilizar, aunque hay muchas más. Lo más normal es que los SSD disponibles en el mercado se conecten a través de estas interfaces, principalmente de la primera SATA en sus versiones 2 y 3 (esta última conocida también como SATA 6 Gbps).

Intel SSD X-Ray

El funcionamiento de un SSD no difiere en absoluto del de un disco duro tradicional, al menos desde el punto de vista del usuario. Gracias a la actual estructura del software de nuestro ordenador son el firmware y el sistema operativo los encargados de hacer funcionar a la unidad de estado sólido en nuestro ordenador. Quizá se den problemas de incompatibilidad con ordenadores antiguos (más de cinco años) que no cumplan los actuales estándares de conectividad, pero nada que deba ser considerado común o representativo.

Por último, comentar que son dos los tamaños principales de un SSD: 1.8 y 2.5 pulgadas, amén por supuesto de los SSD por PCIe que se conectan directamente al slot correspondiente en la placa base. Lo más común serán las 2.5 pulgadas, que generalmente pueden instalarse en ordenador de sobremesa (con su correspondiente adaptador a bahías de 3.5 pulgadas) y en casi cualquier portátil del mercado.

SSD, ventajas principales

El uso de memoria flash en nuestro ordenador no es una novedad. La memoria RAM, por ejemplo, es un ejemplo de memoria flash basada en circuitos pero, a diferencia de la que encontramos en un SSD, es volátil: en cuanto se elimina la corriente que pasa por los circuitos de los módulos RAM estos pierden la información almacenada.

En un SSD no ocurre esto, si no todo lo contrario: a pesar de la pérdida de la corriente la información sigue siendo almacenada para siempre, sin ningún tipo de pérdida y como ya ocurría en otros tipos de almacenamiento.

Intel SSD 510 Benchmarks
Benchmarks sobre el Intel SSD 510 (que analizamos)

Ya comentamos anteriormente que una de las ventajas de los SSD es que carecen de partes mecánicas, todo es circuitería electrónica con la que la información se mueve a altas velocidades. Por esto un SSD suele ser bastante más rápido que un disco duro tradicional. ¿Cuánto de rápido? Depende de los modelos que comparemos, pero lo más común es que un SSD duplique o triplique el rendimiento de un HDD: de unos 100 MB/s a los 200 o 300 MB/s de los actuales modelos de SSD más potentes.

Esto representa una mejora muy notable en la velocidad de respuesta general del equipo: encendido y apagado, carga de aplicaciones, copia de ficheros entre las unidades lógicas, etc. Los que habréis hayáis probado un SSD me daréis la razón en que es una diferencia muy significativa.

Quizá por ello, y en parte para aprovechar al máximo los precios y las capacidades que ofrecen lo más usual es utilizar un SSD como dispositivo de almacenamiento del sistema operativo, pues es este software el que, generalmente, más trabaja en nuestro ordenador. En la misma unidad podemos instalar los programas o archivos que más utilicemos para así aprovechar al máximo las altas velocidades de transferencia.

Dadas las “reducidas” capacidades de los actuales SSD (entrecomillado, 40 GB es todo un mundo para ciertas labores) también es bastante común hacer uso, en el caso de un ordenador de sobremesa, de discos duros tradicionales como almacenamiento secundario, más lento pero mucho más amplio. Así podemos tener 40, 80 o 128 GB en SSD a un precio razonable y un par de terabytes para almacén de información: multimedia, copias de seguridad, juegos, etc.

Otro uso quizá más avanzado – y caro – es disponer de un par de SSD configurados en RAID 0, mejorando las prestaciones del conjunto y manteniendo la capacidad total. Aún así esta solución no es común dado el precio actual de esta tecnología.

Precisamente el estado actual de los SSD será uno de los aspectos que trataremos en la próxima entrada.

En Xataka | SSD.

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