El negocio del petróleo sancionado ha creado algo insólito: barcos que apagan su ubicación y navegan “como los vikingos”

El comercio energético global ha terminado devolviendo al océano algo que parecía desaparecido desde hace siglos: rutas invisibles

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Miguel Jorge

Editor

En 2017, varios buques mercantes que navegaban cerca del mar Negro comenzaron a detectar algo imposible en sus pantallas: decenas de barcos aparecían navegando sobre un aeropuerto ruso situado tierra adentro. Durante días, capitanes y analistas marítimos intentaron entender qué estaba ocurriendo hasta que surgió una sospecha: alguien estaba manipulando deliberadamente las señales GPS en una de las rutas marítimas más transitadas del planeta.

La flota fantasma del petróleo. Lo hemos ido contando durante meses. Las sanciones occidentales contra Rusia, Irán y Venezuela han terminado creando algo que hace apenas unos años parecía propio de novelas de espionaje marítimo: una gigantesca “flota fantasma” de petroleros envejecidos que cruzan océanos enteros ocultando su posición, falsificando documentos y navegando fuera de los sistemas normales de control. Se calcula que más de mil buques participan ya en este comercio opaco de crudo sancionado, una red global donde los barcos cambian constantemente de bandera, propietario y empresa operadora mientras transportan millones de barriles lejos de la vigilancia occidental. 

El resultado es un mundo marítimo paralelo formado por petroleros oxidados, compañías pantalla, pagos en criptomonedas y tripulaciones reclutadas casi a ciegas para trabajar en rutas cada vez más peligrosas. Contaba el Financial Times que lo más llamativo es que el negocio ha obligado a recuperar prácticas de navegación que parecían enterradas por la tecnología moderna: hay barcos que apagan deliberadamente sus sistemas de localización y atraviesan zonas enteras prácticamente “a oscuras”, guiándose con radar y cálculos manuales como si hubieran retrocedido siglos en el tiempo.

Navegar como fantasmas. Uno de los detalles más sorprendentes de este negocio clandestino es la forma en que muchos petroleros desaparecen voluntariamente del mapa. Para evitar ser rastreados, los barcos desconectan sus transpondedores AIS, el sistema que informa automáticamente de su posición a otros buques y autoridades marítimas. Algunos incluso falsifican coordenadas para aparecer navegando en lugares completamente distintos. 

Tripulantes de estos petroleros explican que es habitual ver barcos “fantasma” en las pantallas… embarcaciones que aparentemente están ahí, pero que en realidad no existen donde indican sus señales. Otros desaparecen por completo durante días enteros mientras cargan petróleo en terminales iraníes o realizan transferencias secretas de crudo en alta mar. En algunos casos, las interferencias GPS cerca de Irán obligan literalmente a los marineros a navegar “como los vikingos”, usando radar, experiencia y cálculos básicos para mover auténticas ciudades flotantes de cientos de metros de eslora sin apenas referencias fiables.

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El Bella 1 y la persecución del Atlántico. La historia del Bella 1 resume perfectamente hasta dónde ha llegado este mundo paralelo. El enorme superpetrolero, viejo, oxidado y gestionado por empresas prácticamente invisibles, terminó convertido en protagonista de una persecución transatlántica con la Guardia Costera estadounidense. La tripulación había sido reclutada mediante anuncios normales de empleo marítimo y muchos ni siquiera sabían que el barco estaba vinculado a sanciones relacionadas con Irán.

La situación explotó cuando descubrieron que el destino real no era el Caribe holandés, sino Venezuela, y que el buque planeaba cambiar de bandera en mitad del viaje para protegerse bajo pabellón ruso. A partir de ahí comenzó una fuga surrealista por el Atlántico Norte mientras el Bella 1 intentaba escapar de las autoridades estadounidenses, con la tripulación atrapada en medio de una operación internacional que parecía una mezcla de thriller geopolítico y videojuego militar.

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Un negocio construido sobre barcos viejos. Gran parte de esta flota clandestina está formada por petroleros que deberían estar camino del desguace. Muchos superan ampliamente los veinte años de servicio recomendados para este tipo de embarcaciones y presentan condiciones extremadamente precarias. Los marineros describen cubiertas corroídas, camarotes en ruinas, sistemas averiados y equipos que funcionan gracias a reparaciones improvisadas hechas durante la travesía. 

Sin embargo, precisamente esos barcos viejos son los que terminan alimentando el comercio sancionado porque resultan baratos de comprar y fáciles de ocultar detrás de redes de empresas fantasma. El problema es que el deterioro aumenta enormemente el riesgo de accidentes, incendios, encallamientos y vertidos, especialmente cuando estas embarcaciones navegan sin seguros reconocidos y operan constantemente al límite para maximizar beneficios.

La guerra ha llegado al mar. La presión sobre la flota fantasma ha crecido de forma brutal desde el estallido de la guerra de Ucrania y la escalada con Irán. Estados Unidos ha pasado de limitarse a imponer sanciones a interceptar directamente petroleros sospechosos incluso en alta mar. Europa empieza a hacer lo mismo con barcos vinculados al petróleo ruso. Al mismo tiempo, Ucrania ha llevado la guerra marítima un paso más allá utilizando drones navales para atacar petroleros relacionados con los ingresos energéticos de Moscú. 

Las imágenes de buques ardiendo frente a Turquía, Malta o Novorossiysk son cada vez más frecuentes. El mar se ha convertido en otro frente del conflicto económico global: ya no se trata solo de bloquear exportaciones, sino de perseguir físicamente los barcos que mantienen vivo ese comercio clandestino.

Marineros atrapados en la zona gris. Lo más llamativo es que muchos tripulantes no son espías ni criminales, sino marineros corrientes atrapados dentro de un sistema gigantesco y opaco. Explicaba en su reportaje el FT que la mayoría acepta estos trabajos buscando ascensos rápidos o mejores oportunidades laborales, sin conocer realmente quién controla el barco o qué carga terminarán transportando.

Algunos descubren demasiado tarde que están trabajando para redes vinculadas a petróleo sancionado, milicias iraníes o compañías asociadas indirectamente con Rusia. Y cuando las cosas salen mal, son ellos quienes quedan atrapados entre gobiernos, servicios de inteligencia y fuerzas especiales. Recordaba el Times que la escena final del Bella 1 resume perfectamente esa realidad: comandos estadounidenses abordando el petrolero en mitad del Atlántico Norte mientras los marineros, encerrados bajo vigilancia armada, jugaban a las cartas y veían películas con soldados norteamericanos en una situación tan absurda como reveladora.

 Océano cada vez más opaco. La situación refleja un cambio mucho más profundo en el comercio marítimo global. Las sanciones masivas han creado incentivos enormes para levantar redes paralelas de transporte fuera del sistema tradicional controlado por aseguradoras, puertos y reguladores occidentales. Lo que empezó hace años como una herramienta iraní para esquivar restricciones terminó evolucionando hacia una gigantesca economía marítima clandestina que mueve parte del petróleo mundial. 

Y cuanta más presión ejercen Estados Unidos y Europa, más sofisticadas parecen volverse las técnicas para desaparecer: identidades falsas, empresas líquidas que reaparecen con otro nombre, coordenadas manipuladas y barcos navegando sin emitir señal en algunos de los corredores marítimos más transitados del planeta. 

En cierto modo, el comercio energético global ha terminado devolviendo al océano algo que parecía desaparecido desde hace siglos: rutas invisibles, navegación secreta y barcos que cruzan el mundo entero intentando no existir oficialmente.

Imagen | GetArch, kees torn, Pexels

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