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Los renglones torcidos de Darwin: mitos y verdades de la epigenética

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Los renglones torcidos de Darwin: mitos y verdades de la epigenética

Lo primero que hace el guerrero shuar es coser los párpados y los labios para que no se separen ni se desgarren. A continuación, realiza un corte profundo en la parte inferior de la nuca y poco a poco, con sumo cuidado, va separando la carne del hueso.

Una vez que ha extraído el cráneo y los huesos de la cara, hierve la piel en una mezcla astringente de agua, hierbas, cortezas y lianas. Y es entonces cuando, repitiendo larguísimas letanías, la ahúma con tahuarí y, mientras va encogiéndose, le da forma sobre cantos redondos y calientes.

Así se hace una tzantza, una de esas famosas pequeñas cabezas jíbaras. Afortunada o desgraciadamente, la humanidad ha desarrollado otras formas más sutiles de reducir cabezas. Tanto literal como metafóricamente.

Del segundo tipo, nos da cuenta la epigenética. Una rama de la ciencia sujeta a numerosas malinterpretaciones, pero que se dedica a explicar que lo que hay entre los genes y la cultura es a veces lo más interesante.

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