De ‘Providence’ a ’30 Monedas’: analizamos las relecturas de H.P. Lovecraft junto a tres expertos en Horror Cósmico
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De ‘Providence’ a ’30 Monedas’: analizamos las relecturas de H.P. Lovecraft junto a tres expertos en Horror Cósmico

El cine de terror y fantástico siempre ha tenido una deuda con uno de los más grandes autores del género, Howard Phillips Lovecraft. A pesar de que su obra sigue inspirando, perpetuándose en diferentes medios y formatos, no ha tenido lujosas adaptaciones de Hollywood directamente salidas de sus relatos, limitándose a inversiones intermedias de alcance limitado, en muchas ocasiones incapaces de traducir su imaginario a una propuesta visual con sentido.

El estigma alcanzó su punto más bajo con la negativa a Guillermo del Toro desde Universal Pictures para transformar ‘En las montañas de la locura’ (1936) en una superproducción con Tom Cruise y James Cameron apoyando los complicadísimos efectos especiales diseñados para retratar los horrores primigenios en los que el director mexicano había trabajado durante años. Pese a que su concepción era la de una gran aventura arqueológica, el guion tenía un tono demasiado intenso como para invertir 150 millones de dólares a un film limitado para adultos.

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Desencriptando la idea de "lo lovecraftiano"

Sin embargo, el avance de los efectos visuales, el abaratamiento de las técnicas digitales y la proyección del nombre de Lovecraft como marca gracias a videojuegos con mucha popularidad han dado nueva vida a proyectos que, oficiales o derivados, han vuelto a popularizar sus ficciones y todo lo que deriva de ellas, traduciéndose en la bendición de plataformas como HBO y Netflix para crear series asociadas al trabajo del de Providence, como ‘Territorio Lovecraft' (Lovecraft Country, 2020), ’30 monedas’ (2020), ‘Carnival Row’ (2019) o la temporada 4 de ‘Las escalofriantes aventuras de Sabrina’ (The Chilling Adventures of Sabrina, 2018-2021).

No deja de llamar la atención que, de nuevo, las creaciones que circulan alrededor del cuerpo literario del autor sean relecturas de su mitología, extensiones apócrifas, guiños y préstamos de sus monstruos, situaciones e incluso desarrollo narrativo. Hemos querido explorar qué es lo “lovecraftiano”, más allá de la aparición de tentáculos aquí o allá, qué obras hacen buenas reinterpretaciones y cuáles no, con ‘Providence’ (2015) como punto de partida de un renacimiento virtual, ya que en realidad, como los primordiales durmientes, siempre ha estado ahí.

Para ello, charlamos con tres de los grandes expertos españoles en H.P. Lovecraft y su círculo: uno de los más prolíficos editores de literatura weird fiction de Valdemar, la editorial de horror y fantástico clásico por excelencia, Jesús Palacios; uno de los escritores de terror patrios continuista de la obra del americano, Emilio Bueso, que también publica en Valdemar; y Antonio Torrubia, conocido en las redes como el Librero del mal, encargado de la sección de libros de la mítica librería Gigamesh en Barcelona.

Tres personalidades que conocen bien la producción relativa a los mitos de Cthulhu desde diferentes perspectivas con los que hemos tratado de explorar, por ejemplo, qué es lo que convierte una obra en merecedora de la etiqueta “lovecraftiana” –a partir de ahora sin comillas–, separando los trabajos derivados del círculo de Lovecraft, que guardan cierta coherencia con lo que podríamos definir como uno de los primeros casos de fan fiction de la literatura, con los que sencillamente utilizan su universo como punto de partida, sin adherirse necesariamente a un canon establecido.

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Jesús Palacios, Antonio Torrubia y Emilio Bueso.

Para Palacios, incansable militante de cultura popular oscura, que va diseccionando en su blog, y que recientemente ha editado ‘TerrorVisión’, una colección de relatos que inspiraron el cine de horror moderno, lo lovecraftiano “se ha convertido de facto en sinónimo de "horror cósmico", aunque no toda la obra de Lovecraft participe de esta idea. En cualquier caso, una ficción lovecraftiana puede basarse o no en utilizar elementos concretos del universo de ficción creado por el autor, los famosos Mitos de Cthulhu, pero debe poseer siempre una atmósfera afín a la de sus historias de horror cósmico y ancestral”.

Para Torrubia, una buena obra lovecraftiana “puede tanto hacerte ver que las fuerzas mayores que rigen el universo son tan vastas, caóticas e impredecibles que en cualquier momento podrían dejarse caer (literalmente) sobre un estadio y matar a decenas de miles de personas, pero también volverte loco en el mundo de los sueños o hacer que esos sonidos que se escuchan en el silencio de la noche, tu cerebro los asocie con ratas rascando las paredes para encontrarte y devorarte. La última frase del que para mí es el mejor relato del Maestro de Arkham, ‘En la noche de los tiempos’ es un momento estelar que podría condensar perfectamente el Horror Lovecraftiano”.

Palacios destaca el importante factor existencialista que debe reflejar “la indefensión del ser humano frente a lo incognoscible y profundamente in-humano o incluso anti-humano del universo que nos rodea. La intuición de una naturaleza de la Realidad que nos es completamente ajena e indiferente, cuando no enemiga, y que convive con nosotros –o que se alimenta de nosotros, en cierto modo– sin que lo sepamos a ciencia cierta o podamos evitarlo. Debe ser capaz de sugerir o mostrar a través de ambientes, elementos tanto formales como escenográficos, iconográficos y argumentales, este horror sin nombre que rodea la existencia humana, encarnado en seres monstruosos, dimensiones alternativas, niveles de realidad por encima y por debajo de la nuestra, cuyo descubrimiento conduce a la locura y la muerte en el mejor de los casos”.

Construyendo una cultura “lovecraftiana”

La popularidad de la obra de Lovecraft ha ido convirtiéndose en parte de la cultura popular no solo a la literatura, que siempre ha estado desde que los autores del Círculo de Lovecraft intercambiaban relatos y configuraban las bases de una mitología en la que los juegos de rol se han apoyado para dotar de pautas, jerarquías, bestiarios y organigramas que ni siquiera aparecían en los textos originales. Comenzando por el mítico volumen ‘La llamada de Cthulhu’ (1981), bautizado como el relato más célebre de los mitos.

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En él los jugadores serán personas normales que deben sobrevivir a los antiguos y otros monstruos sin enfrentarse directamente a los primigenios con el riesgo de morir fácilmente o perder toda su cordura. Las reglas del juego exponen muy bien la dinámica de muchas de las mejores obras afines, cuando los personajes investigan y tratan de obtener información en una estructura de cine de aventuras no muy diferente a lo que desarrollan los films de Indiana Jones. Otros juegos como ‘Arkham Horror’, ‘Eldritch Horror’, ‘Símbolo arcano’, ‘Las mansiones de la locura’ o ‘Cultos innombrables’ han certificado el éxito perenne de la fórmula.

Sin embargo, fuera de las visiones construidas alrededor de sus criaturas, el cine siempre ha reflejado la idea del miedo a lo desconocido que predicaba el autor, como recuerda Palacios: “no es tanto invocar a Cthulhu, Yog Sothoth o el Necronomicón como la idea misma a la que responde su supuesta "existencia" y la del resto de sus amigos en el universo de HPL: lo arcano, inabarcable, incomprensible, infinito e infinitamente aterrador... Aunque siempre tiene su gracia, claro”.

Por eso a veces las mejores visiones inspiradas por Lovecraft son las que mejor captan su espíritu, desde la misma ‘Alien, el octavo pasajero’ (1979) de Ridley Scott a ‘La Cosa’ (The Thing, 1982), que irónicamente era una gran producción de Universal con ecos a ‘En las montañas en la locura’, unas décadas antes de que ellos mismos decidieran bloquear la versión de Del Toro. El mismo Scott crearía una nueva reimaginación de esa misma novela, adaptada al ecosistema de los xenomorfos, en ‘Prometheus’ (2012), precuela más o menos oficial de su magna opus.

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Otra máxima a tener en cuenta es que muchas veces las obras que utilizan piezas sueltas de la mitología lovecraftiana acaban teniendo mucho que ver con ese factor de pavor bajo la piel, o como se refiere Torrubia “el motor del caos, la antítesis de la creación, (…) la masa colosal, caótica y sin forma en la que incluso el mismo universo forma parte de su esencia”. Los cameos del Necronomicón en películas como ‘Posesión infernal’ (Evil Dead, 1981) no la convierten en una saga necesariamente lovecraftiana, o el caso de la española ‘La mansión de Cthulhu’ (1992), que comulga más con el cine satánico y sobrenatural de los 80.

De hecho, parte del problema de algunas adaptaciones oficiales de obras de Lovecraft como ‘El palacio de los espíritus’ (The Haunted Palace, 1963) es que han tratado de adaptarse a las formas del cine de terror de su época, en ese caso el terror gótico de los 60. Un gran cambio en la forma de percibir la obra del autor se dio en una no-adaptación que entendía sus peculiaridades como ninguna otra, ‘En la boca del miedo’ (In the Mouth of Madness, 1994) de John Carpenter, que lograba retratar los efectos del conocimiento de los dioses exteriores en la mente humana, con un desarrollo de investigación progresiva con coda de locura y ruptura de la realidad conocida incluida.

Una nueva era de Horror Cósmico

El resurgir de los mitos de Cthulhu en la cultura popular aparece tras un periodo de latencia desde finales de los 90 a principios de los 2010. Algunos ejemplos particulares como ‘Phantoms’ (1998), que llevaba la idea de un ser arcano a los dominios del cine de terror adolescente, o ‘La niebla’ (The Mist, 2007), que certificaba a Stephen King como uno de los herederos más prolíficos del de Nueva Inglaterra, lograron ampliar la perspectiva de ciencia ficción hacia lo inabarcable del universo, limando el tono y abriendo puertas a nuevas aproximaciones.

El cómic también ha sido siempre una zona sin límites para plasmar las descripciones imposibles de los dioses primordiales, y buena cuenta de ello dan las exquisitas adaptaciones de Alberto Breccia, Richard Corben, Esteban Maroto, Erik Kriek o Ian Culbard, pero también ha dejado mucho espacio para ampliaciones no oficiales de los mitos como ‘El otro necronomicón’ (1992) de Antonio Segura y Brocal Remohi, que abre el camino a diversos coqueteos que van desde ‘Nameless’ (2016) a tebeos de Mike Mignola como ‘Hellboy’, ‘Baltimore’ o ‘A.I.D.P.’

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'Los mitos de Cthulhu', de Alberto Breccia

Alan Moore, uno de los grandes titanes del cómic moderno, dio el broche al resurgimiento del Eldritch Horror con su gran revisión del lore en ‘Providence’ (2015), la culminación de un acercamiento al autor de ‘La sombra sobre Innsmouth’ que inició con ‘The Courtyard’ (2003) y ‘Neonomicón’ (2010), con las que forjó una relación con Avatar Press y que ya planteaban la visión que el de Northampton tiene de la obra de Lovecraft. Con ‘Providence’ se embarcó en un proyecto mucho más ambicioso, siguiendo los pasos de un periodista judío en 1919 que busca un libro árabe sobre alquimia perdido, un posible émulo del ficticio Necronomicon de Abdul Alhazred.

A través de un viaje a lo largo de Nueva Inglaterra visitará Rhode island o Salem para irse percatando de una amenaza sobrenatural arcana que permite al autor desplegar su habitual avalancha intertextual de referencias, en este caso al mundo literario de Lovecraft, pero también retratando la Norteamérica del principios del siglo XX, desde los efectos de la Primera Guerra Mundial, la aparición del nazismo y la sociedad hostil con los inmigrantes que dialoga con los aspectos más controvertidos de la biografía del escritor de ‘Sobre la creación de los negros’ (1912).

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Que la obra de Moore se comparara con una aventura gráfica dice mucho de otro vehículo en el que los engranajes narrativos lovecraftianos encajan mejor que en el cine, permitiendo un desarrollo a fuego lento y una concepción adecuada de la escala de los horrores con los que se encuentran los protagonistas. Desde las influencias más o menos explícitas de ‘Alone in de Dark’ (1992) a adaptaciones oficiales como ‘Necronomicon’ (2001) o ‘Call of Cthulhu’ (2018), que permiten ya alternar visiones de seres arcanos con tramas intrincadas y pérdida de cordura.

La paradoja de la fidelidad

Cotejar la presencia creciente en el entretenimiento de la dimensión cósmica del horror plantea algunas preguntas cuando examinamos las propias adaptaciones del autor, por ejemplo, hablando de adaptaciones recientes, el escritor Emilio Bueso, autor de ‘Extraños Eones’ (2014) comenta que “en puridad, la adaptación audiovisual más fiel al canon lovecraftiano se filmó en 2005 y fue el ‘Call of Cthulhu’ de Andrew Lewman, pero no es plato de gusto para todo el mundo porque se trata de un cortometraje mudo, en blanco y negro. De entre las adaptaciones más populares y recientes yo creo que me voy a quedar con el ‘Color out of Space’ de Richard Stanley, pese a que no puedo con Nicholas Cage”.

Algo en lo que coincide con Jesús Palacios, a quien la obra de Stanley le parece “resultona, con buen final y afín a las adaptaciones ochenteras y noventeras de Stuart Gordon y Brian Yuzna. Posiblemente, ‘El color que cayó del espacio’ se trate de la obra más filmada de HPL y casi siempre con resultados interesantes, como el filme alemán independiente ‘Die Farbe’, que no está nada mal”. Dicho relato, por cierto, trata temas cósmicos pero no está necesariamente ligado a los mitos, sus dioses y sus cultos, lo que plantea un gradiente sobre qué es y no es lovecraftiano.

Analizando la evolución de los relatos del de Providence, se aprecia una construcción anárquica de un “multiverso” en el que todo ocurre en un mundo con las mismas reglas, pero no toda su obra puede englobarse en dicho contexto. Palacios pone el ejemplo de ‘Re-animator’ (1985), “es adaptación, pero... ¿es un filme lovecraftiano? Uno tendería a decir que no y, sin embargo, si analizamos su humor negro, su parodia implacable de la ciencia, su visión materialista de la muerte y la resurrección, así como su pesimismo nihilista intrínseco, quizá no esté tan lejos de serlo”.

Las mismas dudas se pueden plantear por ejemplo en dos filmes recientes: ‘Annihilation’ (2018), una variación de la idea de ‘El color que cayó del cielo’, ¿es más o menos lovecraftiana que ‘El infinito’ (The Endless, 2017)? La idea de partida del film de Justin Benson y Aaron Moorhead conecta de forma más nítida con la del horror cósmico del de Providence, pero su tono de dramedia familiar no tanto como la constante sensación de extrañeza ante las consecuencias, más similares a una ciencia ficción tradicional, de la invasión silenciosa de Alex Garland.

El Horror Cósmico como filosofía

La certeza es que la presencia de Lovecraft en la cultura ha ido abriendo espacios a una concepción más abstracta del género, especialmente tras movimientos comerciales en los que ha predominado el *torture porn*** o lo sobrenatural de demonios y fantasmas de tradición clásica. Antonio Torrubia nos recuerda que hay un horror cósmico más ontológico: “saber que la humanidad es un error, una partícula de polvo en el universo, y que sólo nos merecemos la extinción es para mí el summum del horror, como nos deja claro Thomas Ligotti en su ensayo ‘La conspiración contra la especie humana’ de Valdemar Intempestivas”.

Sin embargo, Palacios puntualiza que “no deberíamos confundir a Lovecraft ni lo lovecratiano necesariamente con sus exégetas académicos ni con sus discípulos más culteranos, como, por ejemplo, Ligotti. Hoy hay cierta tendencia a ello, que invalida buena parte de los intentos lovecraftianos al devenir en simplemente pretenciosos”. Lo que plantea un nuevo dilema: cuando lo cósmico se hace mainstream, corre el riesgo de perder su esencia pulp cuando se afronta desde una perspectiva excesivamente metafísica".

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Thomas Ligotti, por Serhiy Krykun

La extraordinaria película ‘The Empty Man’ (2020) convierte las ideas de Ligotti en una herramienta para desmantelar la idea del hombre del saco, sugiriendo el terror de demonios exteriores a través de una aventura puramente existencialista, pero su fracaso comercial indica que quizá hay una desconexión entre la recepción de ciertas ideas de la literatura y la concepción asociada a los mitos en el cine, donde el único sello de aprobado era hasta hace muy poco la aparición de algún tipo de ser con tentáculos.

Para Palacios, esta nueva vida del autor en diferentes ámbitos culturales responde también a “una moda en el sentido, repito, de Horror Cósmico, que viene de la mano de su reificación en objeto de indagación intelectual, filosófica y académica. Al cabo de muchas décadas el interés en HPL y sus ideas por parte de autores y pensadores como Borges, Colin Wilson, Pauwels y Bergier, William Burroughs o Umberto Eco, hasta llegar a otros más recientes como Houellebeq, Eugene Thacker, Graham Harman, Ray Brassier o el difunto Mark Fisher, por citar algunos, ha terminado calando en todos los niveles de la cultura popular y de élite, haciendo de Lovecraft y el Horror Cósmico etiquetas de valor comercial seguro”.

El coordinador del libro ‘Folk Horror: lo ancestral en el cine fantástico’ se muestra escéptico cuando, al éxito pop de Lovecraft en cómics, rol, y videojuegos, “ha venido a unirse el prestigio intelectual, haciendo que el cine de terror actual, tan carente de ideas (como el cine en general, por otro lado), "redescubra" el filón Lovecraft en un momento en el que lo –pretendidamente– "elevated" triunfa. El Horror Cósmico, en tanto tópico del género, empieza a sufrir el desgaste que ha convertido a vampiros, zombis o psicópatas en lugares comunes que en lugar de asustar provocan aburrimiento”.

Weird

Así, nos encontramos con que lo que antaño fuera material netamente pulp, de tebeo, bolsilibro y Serie B, es hoy teóricamente profundo, poético, filosófico... No quiero decir que no pueda serlo, por supuesto, pero en el proceso de convertir lo lovecraftiano en pretendido material de Serie A, se pierde algo muy importante: que Lovecraft es un autor de terror, que el Horror Cósmico quiere asustar, divertir y entretener tanto o, en realidad, más que profundizar filosóficamente en la naturaleza de la realidad o la existencia”.

Como ejercicio intelectual es lícito y hasta necesario recuperar lo lovecraftiano como categoría ontológica, como lo kafkiano, lo cervantino o incluso lo kantiano, lo hegeliano o lo nietzscheano... Pero cuando quiero leer filosofía pura no releo a Lovecraft y, a la inversa, cuando leo historias lovecraftianas o veo películas teóricamente lovecraftianas no busco profundidad filosófica sino terror, misterio, horror, fantasía y oscuridad expresadas por medio del suspense, el entretenimiento, la emoción y la imaginación desatada. Si además encuentro filosofía, es cosa mía”.

Es divertido releer y reinterpretar a Lovecraft desde el pensamiento filosófico y especulativo, pero no es divertido filmar o escribir historias de terror lovecraftianas como si estuvieras adaptando a Heidegger, Wittgenstein o Musil. Él publicaba en ‘Weird Tales’, no en ‘The Philosophical Review’ o en ‘Proceedings of the American Philosphical Society’. Es el mismo fenómeno que hace que si a la literatura fantástica y extraña de siempre la llamamos ahora weird (que simplemente es su definición en inglés, y muchas veces antes se tradujo como "extraño", "fantástico" e incluso "terrorífico": Weird Tales = Narraciones terroríficas) parece que resulta más profunda, compleja, intelectual y hípster.

Libros prohibidos, páginas viscosas

Esté desgastándose o tan solo empezando, lo único cierto es que hay una mayor presencia y producción de entretenimiento basado en Lovecraft, que lo reinterpreta o lo malinterpreta, que lo entiende o lo ha bastardizado, pero es una presencia que genera más y más demanda, como sabe de primera mano Antonio Torrubia, por cuya librería no dejan de pasar nuevas obras literarias que combinan ideas de Lovecraft con temas que a priori no deberían casar bien, pero que no cesa de recomendar.

"Comenté bastantes en un artículo que escribí para la revista Librújula como dos de Insólita Editorial: ‘El archivo de atrocidades’ del británico Charles Stross, sobre un informático reclutado por un departamento secreto del MI6 (La Lavandería) para luchar contra horrores extraplanares surgidos de las pesadillas del autor de Providence y ‘Meddling Kids’, de Edgar Cantero, sobre un grupo de amigos y su perro que vuelven a la mansión del que fue su último caso como detectives veraniegos, en la línea de las novelas de Enid Blyton o de los dibujos de Scooby Doo, aunque aquí no había un bedel tras la máscara y alguno de los niños perdieron algo más que su cordura.

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Agentes de Dreamland, de Caitlin R. Kiernan.

En el sello dedicado a la CF, la fantasía y el terror de Alianza Editorial, Runas, está publicada ‘Agentes de Dreamland’, de la irlandesa afincada en EE.UU. Caitlín R. Kiernan, que nos cuenta la historia de un peculiar funcionario del gobierno yanqui investigando en mitad del desierto de Arizona a una secta y que mezcla horrores lovecraftianos con ‘Expediente X’ de manera sublime. También recomiendo ‘El pescador’ (John Langan, La Biblioteca de Carfax), ‘Persons Non Grata’ y ‘Ring Shout’ (de Cassandra Khaw y P. Djèlí Clark, ambas en Mai Més Llibres), ‘El secreto de la ventriloquia’ de Jon Padgett y ‘Contemplad el vacío’ de Philip Fracassi (ambas en Dilatando Mentes)”.

Muchos de los nuevos libros relacionados con la obra de Lovecraft más destacables también provienen de autores españoles, y Torrubia pone el acento en ‘Infierno nevado’ (Ismael Martínez Biurrun, Sportula), ‘Los nombres muertos’ (Jesús Cañadas, Fantascy) o ‘Lago negro de tus ojos’ (Guillem López, Runas), "que nos muestra un futuro cercano un planeta horadado por unas lagunas oscuras como pozos de brea, aparecidas de la noche a la mañana, en las que se vislumbra un firmamento que no es el que se ve cuando miramos al cielo desde nuestro planeta”.

“En la colección Valdemar Gótica, además de autores anteriores, contemporáneos de Lovecraft o posteriores (de autores como Chambers, Machen, Howard, Hodgson, Lord Dunsany, Poe, Derleth) también podemos encontrar al castellonense Emilio Bueso y su ‘Extraños eones’, novela en la que 5 niños de la calle que malviven en el cementerio más grande del mundo, la Ciudad de los Muertos de El Cairo, deben evitar que los vecinos del mausoleo anexo al suyo invoquen a algo que puede acabar con la vida en la Tierra tal y como la conocemos”.

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Precisamente, es el propio Bueso quien también posee en Valdemar una colección de relatos bajo el título ‘Ahora intenta dormir’ (2016), es quien nos recomienda también otra obra publicada en la editorial que considera una compilación esencial, ‘Alas Tenebrosas’ (2014), “un lote de más de veinte cuentos de todo tipo de registros estilísticos y conceptuales en el que todo el mundo encontrará alguna obra de su agrado. De todo lo que se ha escrito bajo la influencia de Lovecraft, quizás es lo más interesante”. Nuevas presencias en el cine

Las reproducciones, variaciones y circunvalaciones de la obra de H.P. Lovecraft en la literatura y otros compartimentos de la cultura popular como cómics y juegos de todo tipo han ayudado a conformar un lienzo para que el séptimo arte conjugue también su obra en el nuevo milenio, comenzando con ignotos pero valiosos intentos de pequeño presupuesto como ‘Road to L.’ (2005), planteada como un mockumentary que lleva ‘La sombra sobre Innsmouth’ al delta del Po, en Italia, o ‘The Last Lovecraft: Relic of Cthulhu’ (2009) intento de llevar los mitos al terreno ‘Zombies Party’ (Shaun of the Dead, 2004).

De ese momento de albor de la primera década del siglo, Emilio Bueso destaca “la adaptación más intrépida y libre de todas las que encuentro valiosas, el ‘Cthulhu’ (2007) de Dan Gildark, que pasa injustamente desapercibida, quizás porque no se ajusta ni al canon del cine de terror ni tampoco al del maestro de Providence. Luego están las distintas adaptaciones del ‘La niebla’ de Stephen King, que también tienen algo”. (NdR: La película de Frank Darabont y la primera temporada de la serie del canal Spike, antes de ser cancelada).

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Jesús Palacios no tiene tantos filmes lovecraftianos favoritos como le gustaría, “pero haberlos haylos. La mayoría siguen siendo los más arcanos y ancestrales, de la AIP a Carpenter o el ‘Dagon’ (2001) de Stuart Gordon, y de Quatermass y Dan O´Bannon a la HPL Historical Society (NdR: productora de ‘The Call of Cthulhu’ y ‘The Whisperer in Darkness’), de las italianas de Fulci e Ivan Zuccon a la primera ‘Bruja de Blair’ o el filme de culto ‘Messiah of Evil’, quizás mi gran favorita.

Una de las piezas que mejor ha captado la sensación de insignificancia en un universo de dimensiones arcanas y maldades inconcebibles, sin mentar ningún ente específico de la obra de Lovecraft es 'El vacío' (The Void, 2016), exitoso crowdfunding del panorama ultraindependiente, que a Palacios le gustó “precisamente porque no renunciaba al puro género, utilizando esquemas y recursos de Carpenter sin caer en el simple homenaje hípster y resultando lovecraftiana sin renunciar tampoco a influencias de Barker o King, pero siendo sobre todo entretenida y con una buena cantidad de criaturas vistosas y viscosas”.

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The Void (2016)

De las propuestas más recientes, Palacios menta ‘Sacrifice’ (2021) que “pese a una estupenda Barbara Crampton y algunos buenos momentos me ha parecido, como ocurre tantas veces, un episodio de ‘Twilight Zone’ o ‘Galería nocturna’ estirado, un caso evidente de abuso del espectador, creando una buena atmósfera lovecraftiana que finalmente enmascara un simple drama de suspense psicológico y nos birla los monstruos con auténtica mala fe... Mucho mejor, con gran diferencia, es el remake de ‘Castle Freak’, en el que también ha participado como productora Crampton, y que reimagina el original dentro del marco del Horror Cósmico y los Mitos de Cthulhu con humor, gore y un final apocalíptico de libro”.

Televisión primigenia

La creciente fortaleza de la pantalla de televisión frente a las salas de cine ha convertido a este medio en un expositor insaciable de cine y series de género fantástico y de terror, abriendo nuevas vías para desarrollar lo lovecraftiano, al menos en título, como en el caso de ‘Territorio Lovecraft’. La popularidad del escritor ha provocado que su rastro llegue hasta Segovia, donde Álex de la Iglesia enjuaga los mitos con costumbrismo rural y textos gnósticos en ’30 Monedas’. Pero la zona catódica siempre ha sido permeable a los acólitos de la weird fiction.

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The Outer Limits (1963-1965)

Muchas de las series claves del fantástico americano como ‘The Twilight Zone’ (1959-1964) y ‘Thriller’ (1960-1962) basaban sus episodios en relatos y textos de partícipes del Círculo de Lovecraft, autores directos de los mitos como August Derleth, Robert E. Howard o Robert Bloch, que incluso llegaban a firmar sus guiones. Aunque no fueran adaptaciones directas, los episodios ‘The Outer Limits’ (1963-1965) a menudo tenían temas de horror cósmico puro, como la futilidad e insignificancia humana y los límites de la cordura y la comprensión.

Entre las otras adaptaciones conocidas de esta época se encuentran ‘Dark Intruder’ (1965), un precedente de ‘Expediente X’ que tiene algunas referencias pasajeras a los Mitos pero se quedó en piloto; ‘Galería Nocturna’ (Night Gallery, 1970-1973), que adaptó al menos dos historias de Lovecraft, pero su episodio ‘La última conferencia del profesor Peabody’, sobre el destino de un hombre que leyó el Necronomicon, incluía a un estudiante llamado Sr. Lovecraft. Incluso la serie de animación ‘Los auténticos Cazafantasmas’ (The Real Ghostbusters, 1986-1991) tenía un episodio con invocación al mismo Cthulhu.

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La temporada 7 de ‘Sobrenatural’ (Supernatural, 2005-2020) trataba directamente sobre la invasión de criaturas interdimensionales llamadas leviatanes, aunque el tono de la serie es más bien de aventuras con terror, un poco a la manera de ‘Ash vs Evil Dead’ (2015-2018), que retomaba los elementos lovecraftianos de los filmes y les daba un colofón de invocaciones, sectas y portales dimensionales verdaderamente merecedores de la etiqueta. Algo similar pasa en la temporada 4 de ‘Las escalofriantes Aventuras de Sabrina’ (The Chilling Adventures of Sabrina, 2018-2021), con dioses primordiales, menciones a Innsmouth, las montañas de la locura o Carcosa.

Es en Netflix también donde hemos podido ver una de las series más populares de los últimos años, ‘Stranger Things’ (2016-). En esta vemos una realidad paralela en la que se pueden ver monstruos, un poco a la manera del relato ‘Del más allá’, pero además tenemos a un misterioso ser interdimensional más allá de la comprensión humana. Emilio Bueso también rescata de Netflix la película ‘A ciegas’ (Bird Box, 2018), de Susanne Bier, en la que ve “una historia muy digna del horror más inasible de Lovecraft, para que luego me digan que paso demasiado de Netflix y de Sandra Bullock”.

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Stranger Things (2016-)

La otra plataforma que está lidiando con contenidos propios para plantar cara a Netflix es la más veterana HBO, la cual ya en los 90 produjo el film directo a televisión ‘Hechizo Letal’ (Cast a deadly spell, 1991), que recicla el universo del de Providence como si ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit?’ (Who Framed Roger Rabitt, 1988) tuviera el necronomicón y a criaturas del imaginario lovecraft en vez de dibus. También había tono de noir y detectives enfrentados a crímenes inspirados por el rey de amarillo, Carcosa y los soliloquios metafísicos de Ligotti en la primera temporada de ‘True Detective’ (2014-).

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Hechizo Letal (1991)

Sin obviar tanto lo sobrenatural, la temporada ‘Butcher’s Block’ (2017) de ‘Channel Zero’, que en España podemos encontrar también en HBO, entendía a la perfección el brutal efecto de la inmensidad en la mente humana, al menos bastante más que en la caótica y poco cósmica ‘Territorio Lovecraft’, sobre la que Torrubia expresa que “el libro me encantó, pero salvo un par de honrosos capítulos, a la adaptación de HBO que hicieron entre J. J. Abrams y Jordan Peele no le entré demasiado bien”.

Tratando de poner sobre la mesa el racismo del de Providence, la serie busca reapropiar ciertos ecos de la literatura weird, en su sentido más amplio, para la comunidad afroamericana. Algo que también hacía, pero mirando directamente a la cara al autor, ‘La balada de Tom el Negro’ (2016) de Victor LaValle, un ejercicio de reescritura del relato de Lovecraft, ‘La maldición de Red Hook’, en el que, nos cuenta Torrubia, “se presenta el punto de vista de un músico de jazz de los bajos fondos que se escuda en el color de su piel y la funda de su guitarra para volverse casi invisible a los ojos de los blancos y trapichear con cosas que ningún humano debería ver. Una vuelta de tuerca al cuento del maestro, tachado de xenófobo por la representación del hampa plagada de latinos y mulatos, que consigue superarlo.

Más atemporal y verbenera es la visión que Álex de la Iglesia ha desarrollado también en HBO con ’30 Monedas’, en la que trata de reescribir el catolicismo a base de hechizos y textos arcanos, proponiendo a los reyes magos como una especie de trasuntos de Abdul Alhazred, en la que lo lovecraftiano se entiende como lo hacen los manuales de juego de rol, en la que el horror rural conecta con lo cósmico de la misma manera que la literatura de Stephen King o las películas de John Carpenter, que gustan de juguetear con las doctrinas judeocristianas a través de la ciencia ficción de bolsilibro, de la misma manera que hacía Nigel Kneale.

Y más allá de que la serie mande señales a los aficionados, como dejar ver brevemente a Nyarlathotep, para Torrubia, ’30 Monedas’ acierta porque “une una amalgama de conceptos que se nota que el cineasta lleva dándoles vueltas y macerando desde bastante antes de dirigir ‘El día de la bestia’. Homenajea a autores clásicos como William Peter Blatty, Robert W. Chambers o al propio Lovecraft en lo que bien podría ser una partida de rol de ‘La llamada de Cthulhu’ y, si estáis atentos o incluso revisionáis la serie, es una carta de amor al género fantástico hecha por uno de los nuestros”.

En todo caso, si algo demuestra esta creciente producción es que los paladares del público están más predispuestos a la lógica de lo incomprensible, la permeabilidad a lo gelatinoso en el arte, las amenazas informes y las abominaciones que desafían la cordura, y lo más importante, en los despachos ya no se ponen caras largas cuando se pide financiar series con hombres que mutan en criaturas o rituales municipales con sacrificios y gore, en las que puede pasar cualquier cosa y todo responde a una entropía interna que no se desestabiliza porque apela al más antiguo y más intenso de los miedos, el miedo a lo desconocido.

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