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Una sociedad con personas mejoradas biotecnológicamente no es necesariamente mejor: hablamos con el filósofo de la ciencia Antonio Diéguez

Una sociedad con personas mejoradas biotecnológicamente no es necesariamente mejor: hablamos con el filósofo de la ciencia Antonio Diéguez
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Ya hay voces que afirman que estamos en los albores de una nueva especie humana, un homo sapiens que vivirá más y mejor que el original gracias a la biotecnología. Así lo estipula el transhumanismo, un pensamiento de vanguardia al que Antonio Diéguez, catedrático de lógica y filosofía de la ciencia en la Universidad de Málaga, califica de “una especie de sustituto de la religión que da esperanza a mucha gente que no tiene fe religiosa”. Aunque también reconoce que tiene sus cosas buenas. Con él hemos hablado de volcados de mentes, de eugenesia, de ‘Gattaca’ y de vivir eternamente.

¿Buscamos la inmortalidad porque queremos vivir más o lo que queremos es no vernos más mayores?

La idea de evitar la muerte ha estado siempre presente en el ser humano, desde el poema de Gilgamesh [2100 a.C.] tenemos esta ambición. Leí hace poco un descubrimiento reciente de científicos israelíes que han mostrado que el cerebro humano se bloquea cuando piensa en la propia muerte. Explicaban que ciertas zonas del cerebro implicadas en la predicción y en la anticipación de acontecimientos dejan de funcionar cuando están asociadas al pensamiento de la muerte propia. Tendemos a pensar que la muerte no va con nosotros, que es algo que les pasa a otros, y supongo que esto será una protección psicológica contra el miedo que produce. No es de extrañar que el ser humano haya querido siempre encontrar alguna fuente de inmortalidad. Era el sueño de los alquimistas, Ponce de León fue a América a buscar la fuente de la eterna juventud. Es un deseo permanente del ser humano.

Ahora la novedad está en que se confía en que la ciencia podría tener la solución. Pero hay que tomarse estos anuncios con prudencia. La ciencia lleva tiempo alargando la vida de los seres humanos, y también lo han hecho las costumbres, la higiene y la mejor alimentación. Es muy posible que la ciencia contribuya a que este alargamiento de la vida se haga aún mayor, pero siempre en términos razonables, no creo que podamos cambiar radicalmente la biología del ser humano hasta el punto de hacerlo virtualmente inmortal.

Pero a nivel de regeneración celular sí hay un camino por recorrer.

Teóricamente sería posible. Hay organismos que no envejecen y regeneran constantemente sus células, como la hidra, y otros pueden rejuvenecer como alguna especie de medusas. Biológicamente cabria esa posibilidad, pero la ciencia actual está muy lejos de conseguir algo así. Lo que sí se ha conseguido es extender la vida de ratones un 13% alargando sus telómeros e incluso, en ratones con progeria, un 30% mediante modificaciones epigenéticas.

Ahora mismo hay ensayos clínicos con seres humanos para extender la duración de la vida. En septiembre de este año se mostraba que con tres medicamentos administrados durante un año se había podido rejuvenecer dos años y medio a nueve pacientes. Son posibilidades reales que habrá que ir viendo con calma, pero están muy lejos de las promesas exageradas de inmortalidad que a veces nos intenta vender.

En una entrevista concedida a Xataka, usted dijo que “la mayor parte de lo que pregonan los transhumanistas es ciencia ficción”.

Efectivamente. El transhumanismo está teniendo una función interesante que es suscitar un debate filosófico sobre cuestiones que parecían arrinconadas, como la cuestión de la naturaleza humana o la dignidad humana. Son debates interesantes. También tiene razón el transhumanismo en que el ser humano no es un proyecto acabado, sino un producto evolutivo que puede mejorar gracias a la tecnología. Esa idea básica de biomejoramiento es aceptable y positiva. Ahora, detrás de eso vienen promesas desmedidas que tienen la función de atraer la atención de los medios, así como de proporcionar determinadas justificaciones ideológicas a ciertas políticas tecnológicas, y que no tienen base científica.

"La idea que defienden, y que a mí me parece sumamente criticable, es que el ser humano está en un soporte equivocado"

¿Entonces no estamos al final de la especie humana?

Es lo que proclama el transhumanismo, pero yo no lo creo. La idea que defienden, y que a mí me parece sumamente criticable, es que el ser humano está en un soporte equivocado. El cuerpo que “ocupamos”, así, entre comillas, está según ellos lleno de problemas, padece debilidades, sufrimientos, enfermedades y finalmente muere. Por ello debemos deshacernos de él lo antes posible. Y esto se puede conseguir consiguiendo primero un cuerpo más poderoso aplicando la ingeniera genética, y después, en el estado final, mediante la unión con la máquina, convirtiéndonos en ciborgs o volcando nuestra mente en un ordenador. Creo que hay aquí muchas fantasías.

Si el objetivo final es que el ser humano desaparezca, no me parece que el transhumanismo tenga un objetivo muy encomiable. Si para traer una especie mejor que la nuestra, hay que acabar con ella, entonces prefiero que no llegue nada mejor después.

Habrá quien diga que es solo cambiar el recipiente, que la conciencia seguirá siendo humana.

Eso es volver a un dualismo que ya parecía superado desde el punto de vista filosófico. ¿Realmente vamos a sostener a estas alturas que nuestra mente es independiente del soporte y que todo lo que somos y nuestro yo se reduce a esa mente independiente del soporte? Es entender la mente como una especie de software que podría funcionar en cualquier tipo de hardware. Creo que esto es sumamente discutible no ya desde el punto de vista científico, sino también desde el punto de vista filosófico.

Parece establecido hoy en día que el funcionamiento de la mente no se entiende sin las emociones; nuestro cerebro es emocional. Si alguna a vez se pudiera verter nuestra mente en una máquina, ¿qué pasaría con las emociones? Porque esas emociones tienen una dependencia biológica ineludible: dependen de neurotransmisores, de hormonas, del comportamiento asociado a células concretas. Una máquina puede simular emociones, pero no puede tener emociones por el simple hecho de que es una maquina y no tiene componentes biológicos. No creo que sea defendible esta idea de que podemos trasladarnos de soporte en soporte y seguir siendo nosotros mismos.

Así que no cree que llegue esa tecnología que permita el volcado de la mente en una computadora.

"Teorías como esta tienen una función propagandística que atrae mucha atención, pero no hay una base científica para afirmar nada de esto"

No lo creo. De las promesas del transhumanismo, esta es la que menos me convence. Donna Haraway califica a esta idea de volcar la mente como una tecnoidiotez. Teorías como esta tienen una función propagandística que atrae mucha atención, pero no hay una base científica para afirmar nada de esto. Si uno analiza lo que están haciendo en IA o en ciencias de la computación ahora mismo, no hay nada real en lo que fundamentar la idea de volcar la mente en un ordenador.

¿Y por qué estas ideas gozan de predicamento si no las sustenta la ciencia?

Quizá pueda arrojar luz sobre esto el último libro de [Bruno] Latour, “Dónde aterrizar”, en el que denuncia que la situación que estamos creando en el planeta, con agotamiento de recursos y calentamiento global, es ya tan sumamente preocupante que hay quien empieza a pensar que esto no tiene solución inmediata y que hay buscar refugio ante la situación calamitosa que se avecina. Y ahí entra el discurso transhumanista, porque es muy posible que esté ofreciendo una esperanza a mucha gente ante esta situación. El transhumanismo se ha convertido en un nuevo gran relato, una especie de sustituto de la religión que da esperanza a mucha gente que no tiene fe religiosa. A mí me parece que es una manera de no afrontar los problemas reales.

Dieguez Antonio Diéguez, durante una conferencia en las XLVII Conversaciones de San Esteban, en Salamanca, en 2019. Dominicos España

Si después de miles de años de existencia seguimos haciéndonos las mismas cuestiones sobre de dónde venimos y a dónde vamos, ¿no puede quedarnos la inmortalidad un poco grande todavía?

El problema que tiene una vida muy extensa es que hay que llenarla de un contenido satisfactorio. Añadir años por añadirlos sin más, y si encima no son en buenas condiciones, no parece que sea un objetivo muy deseable. Los gerontólogos ahora mismo insisten en que se trata de añadir vida a los años y no años a la vida, y me parece que es un buen lema. Porque si lo que vamos a hacer es prolongar los últimos años de la vida humana pero vamos a estar en condiciones aún peores de dependencia o en situación precaria, no me parece un objetivo deseable.

Supongo que lo que todos desearíamos sería vivir más, pero en mejores condiciones de salud y por supuesto en un buen entorno social. Alargar la vida puede ser deseable pero dependiendo de las condiciones y, como diría Ortega y Gasset, de si podemos llenar esa vida de un proyecto vital auténtico, porque estar por estar no me parece muy divertido.

¿Corremos el riesgo de alargar vidas que no terminan de llenarse?

"Vivimos en cierto modo como sonámbulos esperando que la tecnología nos proporcione una vida cada vez más satisfactoria"

Ortega ya vio este riesgo en los años 30 en lo que consideraba un efecto de la “hipertrofia de la técnica”, que consiste en que, al poner todas las esperanzas en la técnica, nos arriesgamos a no darle contenido a nuestra vida y esperar que lo haga la propia técnica. No sabemos qué desear, qué fines darle a todas las potencialidades tecnológicas que tenemos hoy. Sólo queremos mayor cantidad de cosas, más extensión de vida, más utilidades en nuestra mano, más aparatos electrónicos. Cuando los transhumanistas hablan del mejoramiento humano, parece a veces que todo lo que tienen en mente es un progreso cuantitativo: más inteligencia, más fuerza, más capacidad de hacer cosas. Pero se pierde de vista qué queremos conseguir con todo esto. Probablemente se pueda decir que lo que queremos es mayor felicidad, mayor bienestar, pero no está muy claro que eso se consiga solo con las mejoras cuantitativas.

Creo que Ortega supo ver con claridad algo que nos afecta mucho: vivimos en cierto modo como sonámbulos esperando que la tecnología nos proporcione una vida cada vez más satisfactoria, pero en realidad no sabemos bien qué contenido darle a esa vida, cómo hacer de ella una vida realmente plena y digna de ser vivida.

Jennifer Doudna, Emmanuelle Charpentier, CRISPR Las científicas Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, versión LEGO, dos de las responsables del desarrollo del sistema de edición de genes CRISPR.

Los avances en biología nos acercan cada vez más a la eugenesia. ¿Estamos cerca de ponerla en práctica?

Ahora mismo no, con la excepción del genetista chino He Jiankui que fue unánimemente censurado. Si en el futuro se aplicaran estas tecnologías y se pudiera hacer de forma segura, sí podríamos hablar de una forma de eugenesia.

Pero hablar de ella, se habla más que nunca y no para criticarla.

Es interesante observar la opinión que tienen los transhumanistas de la eugenesia moderna. No piensan que sería censurable como la que practicaron a principios y mediados del siglo XX Estados Unidos y algunos países europeos. Según los transhumanistas, la vieja eugenesia era censurable porque se imponía desde el Estado basándose en un concepto racial o en un modelo de ser humano impuesto desde arriba. En cambio, la nueva eugenesia será, dicen los transhumanistas, diferente: la llaman “eugenesia liberal”. No se dará por imposición del poder estatal sino según la libre elección de los padres, una libre elección que no creo que sea libre de verdad. Es un poco ingenuo creer que las decisiones de los padres serán completamente libres. Las modas sociales tienen una gran importancia en las decisiones individuales, y eso hay que tenerlo en cuenta porque estas decisiones biológicas tendrían repercusiones para todos, no ya para los padres y la familia inmediata, sino también los descendientes. Y siempre que la biología entra a resolver cuestiones sociales se producen consecuencias inesperadas.

¿Cuánto costaría cambiar los genes de los hijos?

Si alguna vez tuviéramos acceso a lo que Robert Nozik llamó el “supermercado genético”, es decir, que fuera posible aplicar las tecnologías genéticas porque fueran seguras, cosa que por el momento no son, no sería barato. El acceso sería muy diferente dependiendo del estrato social. Esto ya lo reflejaba la película Gattaca, donde se muestra que se puede producir un dualismo social tremebundo y distópico por el diferente acceso a las tecnologías genéticas de biomejoramiento.

Una sociedad polarizada entre personas que pueden pagarse sus mejoras biológicas y quienes siguen dependiendo de la herencia genética y del azar.

Los transhumanistas piensan que eso tendría solución porque el Estado podría subvencionar el acceso a estas tecnologías a los más desfavorecidos. Con el sistema actual de seguridad social está claro que no sería posible. También piensan que estas tecnologías con el tiempo se abaratarían muchísimo y que gracias a las subvenciones todo el mundo podría tener acceso. No creen que el precio de acceder a estas tecnologías sea un problema irresoluble, pero yo tengo serias dudas sobre esto.

Cuando el genetista chino He Jiankui modificó el ADN de dos mellizas con la técnica CRISPR para hacerlas inmunes al VIH, la mayoría de las críticas apuntaron a la inseguridad del experimento, no a si era moral o no mejorar al ser humano, lo que hasta ahora había sido la crítica recurrente al hablar de un experimento de estas características.

También se puso en duda que el equipo científico chino hubiera explicado a los padres con exactitud las consecuencias que iba a tener el experimento. Pero la crítica mayor fue que la tecnología no estaba lo suficientemente desarrollada como para aplicarse al ser humano, que iban a surgir complicaciones y que las niñas no tenían un futuro muy prometedor porque iban a estar bajo observación toda su vida. Son quimeras desde el punto de vista genético. La mayoría de las críticas vinieron por ahí: se ha experimentado con esas niñas con técnicas no seguras.

"Que casi ninguna crítica fuera por el motivo de la mejora muestra que la comunidad científica está cada vez más abierta al proceso mejorativo"

Sólo los más conservadores criticaron el objetivo final de todo esto: el hecho de intentar mejorar al ser humano. Pero no podemos olvidar que en la legislación de muchos países existe la prohibición expresa de alterar genes buscando la mejora, y se establece que sólo se debe aplicar la edición genética al ser humano con objetivos terapéuticos, sin modificar la línea germinal, y siempre que sean técnicas seguras.

El hecho de que casi ninguna crítica fuera por el motivo de la mejora muestra que la comunidad científica está cada vez más abierta al proceso mejorativo si es que en algún momento esta tecnología lo permitiera.

¿Es posible que el foco de los transhumanistas esté centrado en el individuo y se deje de lado al colectivo, a la sociedad?

Sí, hay una inclinación individualista en el transhumanismo. Hay muchos menos textos transhumanistas preocupados por cuestiones políticas y sociales que los que hablan de mejoramiento individual. Parecen suponer que una sociedad compuesta por individuos mejorados sería una sociedad mejor. Y esto no es obvio. Podríamos tener individuos mejorados que formaran parte de una sociedad en la que estuvieran aquejados de soledad extrema, de una falta de solidaridad enorme y donde los lazos sociales duraderos se hubieran roto. Esto no es una posibilidad tan remota. No hay una relación directa entre tener mayor longevidad, mejor salud y un grado de inteligencia mayor y vivir en una sociedad feliz y más justa.

Hay problemas sociales que no pueden dejarse de lado y pensar que se van a solucionar por sí mismos con más desarrollo tecnológico, y creo que el discurso transhumanista se utiliza ideológicamente para ocultar esos problemas. Mientras nos preocupamos de si vamos a ser inmortales o vamos a volcar nuestra mente en una máquina o cómo nos vamos a relacionar con los robots, que son temas de ciencia ficción, dejamos de atender los problemas que las nuevas tecnologías están planteando ya. A las grandes empresas tecnológicas les interesa seguir desarrollando estas tecnologías sin ningún control y por eso se impone cada vez más la idea de que no se puede controlar este desarrollo, que no se pueden poner puertas al campo. Conviene que se crea esto porque así nadie intenta poner ningún control.

"El único lugar del mundo donde se ve cierta actividad por parte de legisladores para controlar el poder de las tecnológicas es en la Unión Europea"

¿Y se pueden poner puertas al campo?

Uno de los retos más importantes que tenemos por delante los próximos años es un reto de tipo político: cómo conseguir el control democrático de todo este poder tan enorme que está concentrado en cada vez menos manos, cómo compatibilizar el desarrollo tecnológico y científico con el control democrático, con la calidad democrática en los países donde se produce este desarrollo tecnológico.

De momento, el único lugar del mundo donde se ve cierta actividad por parte de legisladores para controlar el poder de las tecnológicas es en la Unión Europea. Recientemente el Partido Demócrata de EE.UU. ha empezado a señalar el peligro de la enorme acumulación de poder y datos en manos de las grandes empresas tecnológicas. Ojalá se termine de imponer este discurso. También hay voces que advierten de que estas empresas se han convertido en monopolios que no tienen que rendir cuentas ante nadie porque casi ningún gobierno les pide cuentas, y hablan ya de dividirlas como pasó en el siglo XX con la ley antitrust.

¿Entonces hay que rebajar el entusiasmo por el desarrollo tecnológico?

La tecnología, e incluso algunas ideas transhumanistas, pueden ayudar a solucionar algunos problemas. La biotecnología ya ha contribuido a paliar situaciones extremas de pobreza y de falta de alimentos. Creo que la ciencia y la tecnología son las mejores herramientas para el progreso social e incluso político y económico. Ahora, no creo que todas las esperanzas deban ponerse en la tecnología. No me parece correcto el llamado “solucionismo tecnológico”. Hay problemas sociales, como la destrucción del planeta o las guerras, cuya solución no puede venir de la tecnología, sino de nuevas ideas y de que seamos capaces de controlar lo peor del ser humano.

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