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Convertir a los científicos en 'superestrellas' no es una buena idea

Convertir a los científicos en 'superestrellas' no es una buena idea
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Hace cinco años, Mark Zuckerberg, Sergey Brin y Yuri Milner crearon los premios Breakthrough. Convencidos de que el "conocimiento es el mayor activo de la humanidad", la idea era crear el mayor premio científico del planeta para convertir a los científicos en superestrellas que inspiraran a la próxima generación.

Sobre el papel, la idea es muy interesante. "Nunca ha habido un momento más importante para apoyar la ciencia", decía el propio Mark Zuckerberg durante la gala que se celebró este fin de semana. Y no le falta razón, la pregunta es si convertir a los científicos en superestrellas es una buena forma de apoyar a la ciencia. Y, en principio, no lo parece.

Breakthrough o los genios científicos son superestrellas

Breakthroughprize

Este año el Breakthrough ha repartido unos de 25 millones de dólares y su gala se ha convertido en todo un acontecimiento social al que acuden estrellas de la talla de Morgan Freeman, Anna Kendrick o Cristina Aguilera. Aunque por su concepto hay quien habla de ellos como los "Óscars de la ciencia", no son los premios Nobel, pero tienen la ambición (y el presupuesto) para llegar a serlo.

En principio, todos estamos de acuerdo con que es necesario apostar por la ciencia y visibilizar el impacto que tiene (y ha tenido) en nuestra vida. Porque, como dicen en la descripción de los premios, "los grandes científicos nos enriquecen a todos".

Y continúan: "Einstein reimaginó el espacio y el tiempo. Darwin concentró el caos de la vida en una sola idea. Turing descubrió lo que significaba pensar". Todo es, más o menos, verdad. El problema es que la ciencia ya no funciona así (si es que alguna vez lo hizo). Centrarse en los genios, en un entorno tan colaborativo y complejo, no sólo es equivocar el tiro, sino establecer incentivos que podrían ser peligrosos.

Problemas en el paraíso científico

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Es curioso porque la ciencia no atraviesa su mejor momento y, a la vez, sí lo hace. Durante los últimos años, mientras ha ido ganando importancia social en el debate público se ha situado en el centro de conflictos de intereses cada vez mayores y eso está poniendo en riesgo todo el sistema científico contemporáneo.

La ciencia contemporánea vive enfrascada en una obsesión por publicar que no le hace ningún bien

Y, aunque parezca simplificar, todo es una cuestión de incentivos. Como dice Brian Nosek, un psicólogo de la Universidad de Virginia Charlottesvill, decía "el problema es que nos enfrentamos a un sistema de incentivos que se centra casi exclusivamente en conseguir publicar investigación, más que en hacerla correctamente".

En esencia, el éxito de la carrera profesional de un científico depende de publicar. Es normal, la publicación es la forma más fiable de comunicar ciencia que tenemos y, como el árbol que cae en mitad del bosque, si algo no se comunica, no existe.

Por otro lado, las normas de publicación tienden a preferir resultados positivos y novedosos mientras tienden a ignorar los resultados negativos. Esto ocasiona dos cosas: se buscan resultados positivos sorprendentes induciendo 'falsos positivos' y, al preferir la novedad a la replicación, esos falsos positivos pueden perdurar durante décadas sin que nadie se dé cuenta del error.

La "mala ciencia" no es un fallo del sistema, sino un producto del mismo

Súmenle algo de lo que ya hemos hablado: el impacto de las empresas y grupos de interés sobre la actividad científica. Un impacto que hace que científicos con opiniones minoritarias, pero del agrado de organizaciones con capacidad financiera estén sobrerrepresentados en el debate público y científico.

Hemos llegado a un punto en el que podemos afirmar que las malas prácticas científicas no son problemas del sistema, sino un producto de él. La frase de "la ciencia está rota" no es una curiosidad periodística, es el reflejo de las preocupaciones de una comunidad científica que cada vez tiene menos barreras técnicas, pero más dificultades para realizar su trabajo. Y, en este contexto, llegaron los Breakthrough.

¿Hacia dónde vamos?

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No es una estrategia aislada. Hace unos meses reflexionábamos sobre si los 3.000 millones de Zuckerberg para combatir enfermedades eran un regalo envenenado. Y la lógica de los Breakthrough es prácticamente idéntica: una irrupción sin precedentes del capital financiero y la exposición mediática que, intentando apoyar a la ciencia, somete a más incertidumbres un sistema científico que ya está muy tocado.

Volvemos a las preguntas de siempre: ¿Debemos cambiar la obsesión por la publicación de hoy en día por una nueva obsesión, esta vez por la fama, más acorde con nuestra imagen de una superestrella? ¿Qué impacto tendría este cambio en la comunidad científica? ¿Y en la conducta individual de los científicos?

¿Qué cambios sufrirá la ciencia si convertimos a los científicos en superestrellas? ¿Merecen la pena?

¿Se incentivará así el desarrollo de ideas rigurosas o se exacerbará la búsqueda de resultados llamativos y noticiables? Y más allá de los problemas, ¿tienen una utilidad real estos premios en una ciencia cada vez más colaborativa y diversa o son como los Premios Nobel?

Es cierto que este año los Breakthrough han premiado a LIGO, la colaboración científica internacional que confirmó la existencia de las ondas gravitacionales, pero lo hizo como "premio especial" porque, efectivamente, no son premios pensados para reconocer el trabajo científico real: son premios dedicados a llevar a la comunidad científica las prácticas y categorías de Silicon Valley. Y eso nos introduce en un mundo completamente nuevo.

Imágenes | Kaitlin Thaney, Steve Jurvetson

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