La inteligencia artificial tiene un problema que cada vez se puede disimular menos, y es sacar energía suficiente para alimentar los centros de datos que hacen funcionar sus sistemas. A cada momento que pasa se nos ocurren maneras cada vez más creativas de situar estos centros de datos. El océano e incluso el espacio son lugares en los que ya están pensando las empresas. Uno aún nos queda lejos, pero lo de sumergirlos en el mar no tanto.
Promesas y mucho en juego. Las grandes tecnológicas tienen comprometidos este año 765.000 millones de dólares en infraestructura para centros de datos, según Goldman Sachs. Pero construirlos en tierra firme se ha convertido en una carrera de obstáculos: comunidades locales que frenan proyectos, escasez de mano de obra especializada, redes eléctricas que no pueden absorber esa demanda y retrasos en la construcción que afectan ya al 40% de los centros de datos planificados en Estados Unidos para 2026.
Nodos flotantes. La startup estadounidense Panthalassa acaba de cerrar una ronda de 140 millones de dólares liderada por Peter Thiel, cofundador de Palantir y PayPal, con participación de inversores como John Doerr, Marc Benioff o Max Levchin. En total, la compañía acumula ya 210 millones recaudados. El objetivo es financiar una planta de fabricación piloto en Portland, Oregón, y acelerar el despliegue de sus nodos flotantes en el océano. Aunque parezcan boyas gigantes, son en realidad centros de datos autónomos que generan su propia energía a partir de las olas del mar.
Cómo funciona. Cada nodo tiene forma de piruleta gigante, con una esfera flotante conectada a un tubo vertical sumergido de unos 85 metros de longitud. Cuando las olas mueven la estructura, el agua sube y baja a través del tubo en un circuito hidráulico cerrado que hace girar turbinas y genera electricidad. Esa energía alimenta directamente los chips de inteligencia artificial a bordo, sin necesidad de cables ni redes terrestres.
Una vez alimentados los chips, la información se envía a los clientes vía satélite de órbita baja. Y para enfriar los servidores, se utiliza el propio océano. Benjamin Lee, ingeniero de la Universidad de Pensilvania, cuenta a Ars Technica que la temperatura ambiente del mar podría ofrecer "una ventaja de refrigeración enorme" frente a los centros de datos convencionales, que consumen grandes cantidades de electricidad y agua potable solo para no recalentarse.
Un buen recorrido. Panthalassa no parte de cero. Lleva desde 2016 desarrollando esta tecnología y ya ha probado versiones anteriores en el mar: el Ocean-1 en 2021 y el Ocean-2 en aguas del estado de Washington en 2024. El siguiente paso es el Ocean-3, previsto para pruebas en el Pacífico norte a lo largo de este año, con despliegues comerciales planificados para 2027. La compañía tiene ya 120 empleados y su CEO, Garth Sheldon-Coulson, ha declarado que aspira a desplegar eventualmente miles de estos nodos.
Hay retos por delante. La idea es atractiva, pero los desafíos técnicos son considerables. Transmitir datos por satélite implica limitaciones de ancho de banda y latencia que hacen poco viable, al menos hoy, coordinar grandes cargas de trabajo entre varios nodos o mover volúmenes masivos de datos. Lee apunta que los satélites podrían gestionar "quizás cientos de megabits por segundo por terminal", suficiente para responder a consultas, pero insuficiente para operaciones más complejas.
A eso se suma el mantenimiento, pues los nodos deben sobrevivir más de una década en condiciones oceánicas extremas, sin intervención humana, algo que todavía no ha sido demostrado a escala. El historial de la energía undimotriz tampoco ayuda: décadas de proyectos prometedores que acabaron hundiéndose por los costes, la corrosión y la dureza del entorno marino.
Océano y espacio. Panthalassa no es la única apuesta radical sobre la mesa. Starcloud, una startup de Washington, levantó 170 millones en marzo para construir centros de datos orbitales que aprovechen la energía solar en el espacio. Meta ha firmado un acuerdo para recibir energía solar enviada desde satélites. Son soluciones que hace unos años habrían sonado a ciencia ficción y que hoy reciben financiación de primer nivel.
El tema está en que los centros de datos flotantes en el océano tienen ya prototipos probados en el mar. Los orbitales, de momento, tienen muchas más incógnitas.
Imagen de portada | Panthalassa
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