La compra de Manus parecía una jugada ya resuelta para Meta. La compañía estadounidense había cerrado una operación valorada en más de 2.000 millones de dólares por una startup de inteligencia artificial fundada por ingenieros chinos orientada a uno de los campos más disputados del momento: los agentes de IA. Ahora, China ha ordenado deshacer la operación. La decisión convierte una adquisición que parecía encarrilada en un aviso mucho más amplio, con una incógnita central: cómo se anula una compra ya completada y con parte del equipo trabajando ya desde oficinas de Meta en Singapur.
Aquí está una de las claves del caso: Manus no era una startup china al uso cuando Meta la compró. La compañía había cerrado sus oficinas en China en julio de 2025 y había movido sus operaciones a Singapur, una plaza más favorable para acceder a capital extranjero y a modelos occidentales. Pero Reuters nos da una pista muy importante, según sus fuentes, ese traslado se hizo sin aprobación regulatoria china.
La decisión de Pekín puede tener muchas lecturas, pero posiblemente el gigante asiático está buscando evitar que empresas estadounidenses adquieran talento, propiedad intelectual y capacidades clave de IA vinculadas a su ecosistema tecnológico. Es un movimiento que encaja en un contexto más amplio: mientras Washington intenta limitar el acceso de las tecnológicas chinas a chips avanzados, Pekín estaría buscando proteger sus propios activos estratégicos.
Hace una semana nos enterábamos que la operación pasó a manos de varias agencias chinas, entre ellas la NDRC, el Ministerio de Comercio y el regulador antimonopolio, con herramientas que iban desde inversión extranjera hasta controles de exportación. Finalmente, la NDRC ha dado el paso más contundente: prohibir la inversión extranjera en Manus y exigir a las partes retirar la transacción, aunque el comunicado oficial no nombró a Meta.
Para entender por qué Meta estaba dispuesta a cerrar una operación de más de 2.000 millones de dólares por Manus hay que salir del terreno regulatorio y mirar el producto. Meta gasta alrededor de 70.000 millones de dólares anuales en infraestructura de IA sin haber conseguido que Meta AI terminara de cuajar como producto de consumo. El problema no era tanto tener modelos más potentes como convertirlos en algo útil y vendible. Manus encajaba justo ahí: no entrenaba sus propios modelos, pero sí había desarrollado una capa capaz de orquestarlos, ejecutar tareas complejas y entregar resultados.
Detrás de todo esto hay una advertencia que va más allá de Meta y Manus. El traslado de empresas tecnológicas chinas a Singapur se había convertido en una vía para operar con más flexibilidad en un entorno cada vez más tensionado. Sin embargo, Reuters recoge que Pekín está endureciendo su enfoque y ya no limita su análisis al lugar donde está registrada la compañía. Factores como el origen del equipo, la ubicación de la investigación o los flujos de datos pasan a ser determinantes. Y eso cambia las reglas para cualquiera que intente seguir ese camino.
Ahora bien, la decisión de Pekín deja más preguntas que respuestas inmediatas. En este momento no está claro cómo se llevará a cabo la anulación de una operación que ya se había materializado y que involucra a una compañía estructurada fuera de China. Lo que sí parece definido es el marco: la inteligencia artificial ha pasado a ser un terreno estratégico donde el control del talento y la tecnología pesa tanto como el negocio. Y en ese tablero, movimientos como el de Meta pueden quedar expuestos a revisiones regulatorias mucho más amplias de lo que las empresas habían calculado.
Imágenes | Manus, Xataka con Mockuuups Studio | Mariia Shalabaieva | aboodi vesakaran
Ver 2 comentarios