El paquete de arroz más reconocible de España ha cambiado de dibujo y muy poca gente parece haberse dado cuenta. Donde antes había dos falleras, ahora hay unas espigas. Y, aunque no lo parezca, es el resultado de una larguísima disputa sobre el origen del arroz.
Desde hace meses, la Unió Llauradora i Ramadera reclamaba que el envase sugería un origen valenciano sin decir en ningún momento dónde se había cultuvado el grano.
Ante eso, SOS y su empresa matriz Ebro Foods han decidido finalmente cambiar el diseño. Lo que no han hecho es añadir información sobre el cultivo del producto.
Las falleras van más allá de la estética. Es interesante porque, nacida en Algemesí a principios de siglo XX, SOS ya vendía paquetes de arroz en los años 20. Es un icono de lo valenciano en la cultura popular.
Desde 2011, pertenece al grupo Ebro Foods y su principal fábrica envasadora sigue en Algemesí, pero que se envase allí no nos dice nada sobre su origen. Es verdad que Ebro no publica de dónde sale el arroz de SOS, ni nadie le obliga a hacerlo: la normativa europea solo obliga a indicar el origen de una lista muy concreta de productos (carne, fruta y hortaliza fresca, miel, aceite de oliva, pescado…) y el arroz no está en ella.
Ese mismo reglamento sí dice que es obligatorio declarar el origen del producto, sea este el que sea, si puede inducir a error. A eso se agarró la Unió Llauradora i Ramadera.
Con este cambio el dato del origen dejaría de ser necesario. Porque sí, las falleras son valencianas; pero las espigas no. Y si hay algo que sí sabemos es que el grupo, a escala mundial, compraba en 2022 el 55 % de su arroz en Asia y Sudamérica. Además, el arroz europeo bajó del 24 % en 2021 al 15 % en 2022. Es difícil zanjar el debate, pero la jugada (por su carácter defensivo) pone las cartas encima de la mesa.
Y las cartas son muy malas. No solo para SOS, sino para España en su conjunto. Nuestro país es un caso curioso: le sobra arroz redondo y le falta arroz largo. Eso hace que exportemos e importemos a la vez. Desde 2022, debido a la sequía que dejó el Guadalquivir casi sin producción, los exportadores principales eran Myanmar y Pakistán, pero ya el años pasado Argentina superó a los asiáticos. Solo el año pasado le compramos 47,3 millones de euros en arroz.
El motivo es sencillo: el precio.
¿Y cuál es el problema? El problema de fondo es que, en realidad y por ley, no tenemos forma de saber de dónde es el arroz que estamos comprando. Salvo que lo declare el vendedor, claro. Pero mientras el precio se derrumba por la entrada del arroz internacional (ha caído un 15,5 % en un año antes), los incentivos para no comunicarlo son evidentes.
Poco a poco, el arroz nacional deja de ser rentable y, aunque los políticos anuncian que tomarán cartas en el asunto, lo que llega parece siempre insudiciente.
El arroz (y concretamente la jugada simbólica de SOS) se ha convertido en la metáfora perfecta de los problemas endémicos del campo español: una industria perfectamente engrasada, pero que no puede competir realmente en el mercado internacional. Somos un gigante con los pies de barros y si no introducimos medidas radicales, se nos va a pasar el arroz.
Imagen | Elaboración propia
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