El metano es otro de los grandes problemas de la humanidad. Afortunadamente, tenemos un arma: satélites

El metano es otro de los grandes problemas de la humanidad. Afortunadamente, tenemos un arma: satélites
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No es tan conocido ni lo ponemos bajo la lupa con tanta frecuencia como el dióxido de carbono (C02), pero el metano (CH4) es uno de esos "enemigos" en forma de gas que —con la mano del hombre mediante— amenazan con cambiar el clima de forma irreversible. Tan relevante es que el informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) le achaca entre el 30 y 50% del aumento de las temperaturas y EEUU y la propia UE se han fijado el objetivo de que en 2030 haya un 30% de emisiones menos que a comienzos de esta década. El reto no es sencillo, pero contamos con un valioso (e inesperado) aliado de nuestro lado: los satélites.

Aunque tenemos más o menos claro cuáles son los grandes focos de emisión de metano —sí, lo de las flatulencias de las vacas es cierto; aunque ni mucho menos son el único origen—, a los expertos no les resulta fácil localizar las fugas con exactitud. Y eso es un problema grave.

Como comenta Riley Duren, de Carbon Mapper, a The Guardian, a día de hoy la mayoría de emisiones de metano generadas por la humanidad, a las que se achacan cerca de la cuarta parte del calentamiento global, siguen siendo "invisibles". Los datos oficiales tampoco son del todo fiables. Un análisis de la Agencia Internacional de Energía (AIE) concluía hace poco que los gases generados por el sector energético son aproximadamente un 70% superiores a los que declaran los propios gobiernos. Si tenemos en cuenta que el colectivo representa más o menos el 40% de todas las emisiones de metano humanas y que crecieron casi un 5% en 2021, el desfase es grave.

"Ver" el problema para atajarlo

Hace falta mejorar el monitoreo. Y es ahí donde el papel de los satélites es crucial. La propia AIE reconoce que han "aumentado considerablemente" nuestro conocimiento de las fuentes de emisión a escala internacional y su Rastreador Global echa mano, entre otros datos, de los recogidos por las sondas. Hace unas semanas un equipo de investigadores detallaba en Science cómo entre 2019 y 2020 había detectado gracias a la plataforma satelital TROPOMI "cientos" de grandes liberaciones de metano, sobre todo en instalaciones dedicadas a la producción y reparto de gas y petróleo.

TROPOMI viaja a bordo del satélite Sentinel-5 Precursor (S5P), lanzado en 2017, y permite a los expertos identificar columnas de metano; pero su información no resulta suficiente. La AIE alerta de que la información que nos proporcionan las sondas que ahora mismo permanecen activas "aún está lejos de ser completa" y avisa de sus limitaciones: "Los satélites actuales no brindan mediciones sobre las regiones ecuatoriales, las operaciones en alta mar o las áreas del norte, como las principales regiones productoras de petróleo y gas de Rusia", advierte el organismo.

Según los cálculos desgranados por Riley Duren en The Guardian, la constelación de satélites en órbita alrededor del planeta únicamente pueden identificar cerca del 10% de las emisiones de metano relacionadas con el petróleo y el gas. El inmenso 90% restante queda por debajo del alcance de sus instrumentos. Para paliar en parte ese hándicap hay previstos ya lanzamientos de satélites dotados de mayor resolución. A lo largo del año que viene, por ejemplo, se esperan los de MethanetSAT, de Environmental Defense Fund (EDF); y las dos primeras sondas de la organización Carbon Mapper, que planea reforzar su propia "constelación" a lo largo de los próximos años.

Los nuevos satélites permitirán a los científicos identificar fugas de metano con una precisión superior a la de TROPOMI, localizar focos, concretar su alcance en las regiones del planeta a las que ahora resulta más difícil acceder y reforzar el monitoreo frecuente de las emisiones, tanto las de CH4 como las de CO2. Un mayor control favorecerá que los gobiernos puedan exigir a las empresas que se hagan responsables de sus niveles de contaminación. Su labor se completará con otra, igual de importante, realizada desde tierra con cámaras y mediciones de sensores desde aviones.

“Los satélites tienen un papel importante que desempeñar, pero la expansión de las observaciones terrestres será igual de importante. No existe una varita mágica en términos de infraestructura de observación de metano: se necesita una variedad de enfoques”, comenta Ann Stavert, de Global Carbon Project, al rotativo británico. Las redes con sensores son de hecho un aliado cuando se quieren detectar las emisiones de menor tamaño y en una escala local.

"La incertidumbre sobre los niveles de emisiones no es razón para retrasar la acción sobre el metano. Se pueden conseguir reducciones importantes con tecnologías conocidas y con políticas probadas que han demostrado que funcionan de manera efectiva", advierte la AIE, que recuerda que, aunque el CH4 se disipa más rápido que el C02, durante su corta vida actúa como un gas de efecto invernadero más potente. Reducir sus emisiones de cara a 2030, como se han propuesto más de un centenar de países en la Cop26, es clave para limitar el calentamiento global a corto plazo.

Imagen de portada | Dominik Vanyi (Unsplash)

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