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Agua sucia, amarga y barata: no nos estamos quedando sin café, lo estamos matando

Agua sucia, amarga y barata: no nos estamos quedando sin café, lo estamos matando
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Este año se pondrán en el mercado unos diez millones de toneladas de café; es decir, se moverán unos 25.000 millones de dólares en uno de los productos más consumidos del mundo. Mientras escribo esto tengo frente a mí una enorme taza de café bien cargado y, por más que la miro, no parece una industria en crisis.

Pero lo es: la expresión "un gigante con pies de barro" parece hecha para la industria cafetalera. A medida en que crece y crece sin control, sus propias dinámicas internas la hacen más y más frágil social, económica y biológicamente hablando. No nos estamos quedando sin café, lo estamos empujando hacia un precipicio.

Una bebida amenazada

Nousnou Iwasaki 45718 Unsplash

Casi el 100% de esos diez millones de toneladas de café vienen de dos variedades distintas: la Coffea arabica (un 60%) y la Coffea robusta (un 40%). Por lo que sabemos, hay otras 124 especies de café más, pero a efectos comerciales son despreciables o depende de estas dos (como la Coffea liberica que se consume en ciertas partes de África).

Ahora un grupo de investigadores del Real Jardín Botánico de Kew publicaron un estudio en el que concluían que el 60% de las especies de café están amenazadas. Y que al menos 13 de ellas es serio peligro de extinción.

No parece grave, claro. Si casi el 100% de todo el café viene de dos especies, la desaparición del resto parece poco relevante. Pero no es verdad. Como ya explicamos con otros cultivos, cuando hablamos de plantas con un gran valor comercial, social y cultural nos interesa tener el acervo genético más diverso que podamos.

Sin esa diversidad, los cultivos se vuelven especialmente sensibles ante cualquier epidemia que pueda surgir en el futuro. Eso pasa con la reina del café, con la variedad arábica: está tan genéticamente aislada que un poco de mala suerte puede ponerla en serios apuros.

Un planta sensible

Mike Kenneally 46284 Unsplash

Y es que el café es una planta especialmente problemática. Salvo ese puñado de variedades comerciales que están extendidas por todas las zonas tropicales del planeta, las variedades silvestres se encuentran en lugares chiquititos. Y no las saques de ahí, porque están muy adaptadas al nicho ecológico donde surgieron.

Es, en definitiva, una planta poco flexible cuyas semillas, a diferencia de otros cultivos, no aguantan bien la desecación o la congelación. Si perdemos diversidad, comprometemos su futuro, el problema es que no es sencillo asegurar esa diversidad.

Primero, porque las regiones tropicales del planeta siguen siendo grandes focos de inestabilidad política y militar. Las guerras civiles, los conflictos armados y la violencia endémica han muy complejo no ya proteger ecosistemas cafetaleros únicos, sino siquiera estudiarlos.

Y segundo, porque la industria cafetalera es un monstruo sediento de café que siempre quiere más, más rápido y más barato. Eso no facilita el cultivo de variedades distintas. Es más, eso propicia la homogeneización, el monocultivo y la reducción de la diversidad.

Una industria rota

Gerson Cifuentes 561957 Unsplash

La presión industrial es tan fuerte que muchas zonas cafetaleras están atravesando serios problemas. Mientras el número de salvadoreños y hondureños detenidos en la frontera sur de EEUU ha permanecido estable durante los últimos años, el número de guatemaltecos ha crecido muchísimo: un 87% desde 2016.

Y aunque es absurdo pretender que los movimientos migratorios tienen una única causa, lo cierto es que uno de los factores es el café. “El precio internacional de café no ha estado tan bajo desde hace una década”, explicaba a Quartz Dean Cycon, abogado ambientalista y experto internacional en café. “Como consecuencia de eso, miles de familias están abandonando sus tierras o sus trabajos en el café y están viajando al norte”.

En una industria como la cafetalera y según los datos de Catholic Relief Services el 70% de los costes están vinculados al trabajo. Eso ha hecho que la reducción progresiva del precio (de 3,30 dólares la libra en 1977 a 99 céntimos en 2018) acabe repercutiendo en los jornaleros y campesinos. La tasa de malnutrición en Huehuetenango (uno de los departamentos cafeteros de Guatemala) es del 70%.

La quiebra del sistema por el lado de los productores es producto de las mismas dinámicas que favorecen el monocultivo y la falta de diversidad: la búsqueda de un café tirado de precio, estandarizado y fácil de manejar. Agua sucia, amarga y barata. Justamente lo que estoy bebiendo y me temo que ese es el problema.

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