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‘Borderlands 3’, análisis: más grande, más loco y más soez que nunca

‘Borderlands 3’, análisis: más grande, más loco y más soez que nunca
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Llevábamos siete años esperándolo y, aunque hubo hueco para calmar las ansias con ‘Borderlands The Pre-Sequel’ y ‘Tales from the Borderlands’, la llegada de ‘Borderlands 3’ era algo que muchos teníamos marcado a fuego en el calendario. ¿La razón? Algo tan simple como el no haber nada más igual en el mercado.

Lo de Gearbox es un FPS de acción desmedida como tantos otros, pero donde otros como ‘Doom’ imprimen brutalidad, la saga ‘Borderlands’ se vale de humor y desfase para invitarte a seguir pegado al mando. ‘Borderlands 3’, como ya lo hacían los anteriores, entiende de excesos como ningún otro, pero en la intención de seguir echando gasolina a todos sus fuegos a veces olvida que la potencia sin control no sirve de nada.

El shooter looter de los insultos barriobajeros

Aunque puede que el mío no sea el caso más habitual, lo que me sigue arrastrando de ‘Borderlands’ no es el festival de armas y chistes fáciles que le sirven como pilares. No. Lo mío con esta saga va más por su universo, un planeta postapocalíptico a lo Mad Max en el que las tres únicas opciones de la población pasan por intentar sobrevivir, volverse loco o convertirse en una suerte de Indiana Jones futurista.

Los buscadores de la cámara, los que siempre actúan como protagonistas, persiguen los tesoros que se esconden detrás de templos y reliquias de una civilización perdida para intentar tomar el control de un universo cada vez más en decadencia. La trama, que bien podría ser la de cualquier palomitera actual, decide en cambio tomarse lo menos en serio posible a sí misma para aderezar cada línea de diálogo con burradas que avergonzarían a cualquier puritano.

Vienes por la aventura y la arqueología alienígena y, si casas con su humor, te quedas por las risas. Si ni una cosa ni otra te convence, la demencial aleatoriedad de sus armas puede que sí lo haga. Y es que en esencia esta es la saga a la que debemos la moda actual de los shooter looter, el adaptar los juegos de rol con mil y una armas a un FPS de mundo abierto.

Desde pistolas con daños elementales hasta locuras que buscan llevar más allá las mecánicas más simples de un shooter. Con el lema de cuanto más loco mejor, ahí están los subfusiles que en vez de recargarse se tiran para que le exploten en la cara al enemigo o las ametralladoras que tiras al suelo para que echen a correr hacia el enemigo mientras ventilan su cargador. Una pistola con patitas. El futuro era esto.

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Un Borderlands más actual y afinado

Consciente de todo lo que le ha llevado hasta aquí, ‘Borderlands 3’ explota cada una de sus virtudes para intentar ofrecer la mejor experiencia de la saga. Más planetas a explorar, más variedad de armas, más horas de juego tanto en la historia como en el endgame… Todo lo necesario para que sólo o en compañía sea un juego al que atarse durante no pocas semanas.

Se encarga también de pulir todo aquello que requería una buena mano de pintura para hacer más masticables algunas acciones. Reventar un monstruo y ver cómo multitud de objetos de colores salen volando de él es algo que no cansa nunca, pero ponerse a escudriñar el suelo para comprobar si ese nuevo fusil te conviene o no era un auténtico sopor.

Ahora, con valoraciones numéricas que se suman a las ya clásicas clases que parecen haberse estandarizado en la industria del videojuego -dorado es legendario, y merece la pena ya sea para usarlo o para venderlo-, el repaso del botín se vuelve una tarea mucho menos tediosa.

Lo mismo va para mejoras de interfaz como el seguimiento de desafíos, el de misiones y el mapa -incluso marcando qué zonas has visitado-, o características tan simples pero necesarias como la recolección de munición de forma automática o la posibilidad de reponer eso mismo en las tiendas a golpe de botón. Un ‘Borderlands’ que, casi a todos los niveles, resulta infinitamente más cómodo.

Más no siempre es mejor

El temple y el hacer las cosas con cabeza y medida termina ahí, lamentablemente. Hablábamos de más mapas, más contenido y más armas, pero eso implica hablar también de zonas más vacías, misiones menos inspiradas y armas tan variopintas que se acaba haciendo muy cuesta arriba abandonar las pocas que te funcionan bien.

Con distintos planteas a explorar, Pandora ya no es el único patio de juegos, pero más allá de las zonas que servirán como escenario para una misión principal o secundaria, lo que hay entre ellas suelen ser absurdas y enormes carreteras que suponen más un mero trámite que una excusa para disfrutar de la conducción.

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A eso hay que sumarle los paseos a todas luces innecesarios que, buscando ampliar las horas de juego de una forma bastante rastrera, te tienen de aquí para allá hablando con este para que le recuerde al otro que debemos ir allí. El equivalente a esa reunión que podría haber sido un mail. Una absurda forma de romper el ritmo que el juego se saca de la manga cada dos por tres sin razón aparente.

Con las armas sí hay más hueco para las opiniones. Ya sea por falta de suerte o por la experiencia que pretende el juego, encontrar un cacharro con el que sentirme cómodo ha sido toda una odisea durante gran parte de la aventura. Un dolor de cabeza que me ha llevado por el camino de la frustración buscando algo a lo que agarrarme con lo que por fin estuviese contento respecto a su rendimiento.

Siendo más de francotiradores y subfusiles que de escopetazos y explosiones, al final he acabado optando por estos últimos porque parecían los únicos dispuestos a hacer su trabajo en condiciones. Tanto es así que una vez descubiertos los cartuchos con explosión retardada -escopetazos que no hacen daño al impactar pero revientan al recargar el arma- el juego se ha vuelto un paseo.

Una historia capaz de enganchar sin tomarse en serio

Aplauso, ahí sí, para las nuevas incorporaciones como buscacámaras y especial mención a la sirena y el domabestias. La primera es una suerte de ser místico -a lo Kali hindú- capaz de reventar a cualquiera a puñetazos con sus brazos adicionales hechos de energía. El segundo un domador de bichos del averno que se servirá de bestias como un mono con lanzacohetes para que le acompañe durante la batalla.

Menos entusiasmo puedo mostrar respecto a los poderes del árbol de habilidades de cada uno de los cuatro integrantes. Habiendo potencial para exportar la locura de las armas a los poderes de cada personaje, el juego se limita a tres especiales bastante poco inspirados para cada uno de ellos y una completa ristra de estadísticas que nunca acaba de conseguir llamar a la urgencia de seguir mejorando.

Donde no hay hueco para quejas es con el homenaje marcado por Gearbox para esta tercera entrega, un cierre perfecto a una trilogía magnífica con un absurdo pero entrañable lore. Con una historia que se encarga de ir recordando a sus simpáticos personajes e introduciendo nuevos, la aparición de viejos conocidos y el cierre de algunos de ellos es simplemente perfecto.

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No estoy ni de lejos entre los que venían aquí por la historia, pero debo reconocer que a base de chascarrillos y momentos embarazosos es la entrega que más me ha ganado. El colofón a su trama es, sin duda alguna, lo que mejor sabor de boca me ha dejado mientras recorría su universo y me encaraba hacia el final.

El retorno de una saga muy necesaria

Más que correcto en todo lo que propone, lo único que puede achacársele a ‘Borderlands 3’ es haber pecado de ambicioso con un sistema que habría rodado mejor con algo más de simpleza. Más trabajo en los tiroteos y el diseño detrás de ellos será siempre preferible a inundarlo todo de mundos más apabullantes y aburridos que recorrer.

Pese a seguir gozando de ese logro que supone el no tomarse demasiado en serio, sabe navegar entre el chiste y el verdadero interés por lo que le ocurre a sus protagonistas. No es fácil alcanzar eso entre diálogos obscenos e insultos barriobajeros que me han obligado a jugar con cascos cuando había niños cerca, así que me parece algo a admirar.

Como shooter looter se pierde a menudo en sus excesos, pero lo compensa cuando da en el clavo con esa mecánica de disparo que no ves venir y cuando te sorprende con una misión secundaria cualquiera que resulta ser mucho más estimulante que alguna de sus principales.

Si alguien me pregunta seguiré afirmando que 'Borderlands 2' y sus expansiones están aún por encima, pero con todo lo bueno y lo mano que firma aquí Gearbox, lo mejor que puedo sacar de la experiencia es que ahora mismo me encuentro tal y como estaba hace siete años. Consciente de que algún día habrá un ‘Borderlands 4’ con la oportunidad de enmendar errores y, por descontado, ansioso porque ese momento llegue cuanto antes y pueda ponerme, una vez más, a salvar Pandora.

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