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Tímidos del mundo, estamos perdiendo Internet
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Tímidos del mundo, estamos perdiendo Internet

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Internet llegó a mi casa en octubre de 2001. Yo acababa de cumplir once años y supe antes del Messenger de Microsoft que de las aurigas de Platón. Pronto empecé a dedicar las tardes a chatear con desconocidos, principalmente en tres sitios: el chat de Terra, el del diario deportivo Sport y el de la web oficial de Pokémon. Bendita inocencia.

Un año después creé mi primera web. Tenía doce años y cero conocimiento sobre nada, pero me gustaba esa sensación de tener un altavoz en el que nadie podía juzgarme por mi edad o por mi corta estatura de prepúber, porque no las sabían. En los chats ocurría lo mismo. Muchos de los que dedicábamos horas a la red por puro ocio en esa época de un Internet dominado por el texto éramos básicamente gente demasiado joven como para ser tomada en serio en el cara a cara, gente demasiado insegura con su propia imagen o simplemente inadaptados al Mundo Real™.

Éramos los tímidos, los que preferíamos la seguridad que nos daba la palabra escrita, más reflexiva, frente a la improvisación oral. En una comunicación basada en texto, la habilidad para comunicarse en él era todo. No importaba que no tuviéramos carisma, o que no levantáramos un palmo del suelo, o que nuestra presencia física fuese muy débil. Si escribíamos bien y dominábamos un tema, captábamos la atención mejor que nadie, ya fuese anónimamente o dando nuestro nombre real.

Cuando llegaron las redes sociales, se empezó a joder todo.

Tú al MSN y yo a Fotolog

Toda esa comunicación escrita estaba en los chats, en IRC, en ICQ. Los foros también jugaron un papel importante para aupar a cierta fama a los más influyentes, yo mismo pasé las tardes de mi adolescencia en el off topic de Meristation, que acababa siendo un pueblo metido en una pantalla.

Penalva

Los blogs fueron el último gran formato en el que los tímidos y los inadaptados conseguían audiencias masivas. La segunda mitad de los 90 y la década de los 2000 fueron los años de su auge definitivo hasta convertirse en los líderes digitales. Por aquel entonces era normal ver de vez en cuando reportajes en televisión y prensa escrita sobre bloggers que habían conseguido vivir de ello. Como ejemplo, mi compañero Javier Penalva siendo entrevistado por El País en 2006. Tan cerca y tan lejos.

Javier es una gran persona, tan experta y profesional como campechana. Pero definitivamente lo hubiese tenido complicado para vivir de una cuenta de Instagram en 2019 en lugar de un blog en 2006. Difícilmente un blogger de los que triunfaron a nivel de fama personal en los 2000, sea Javier o prácticamente cualquier otro, ha podido hacerlo al mismo nivel en este final de década, donde Instagram y YouTube mandan. Los líderes de esta generación están hechos con otros moldes.

El avance tecnológico, tanto de dispositivos como de telecomunicaciones, ha hecho que las webcams testimoniales y los módems de 56 Kbps hayan dejado paso a las cámaras quasi-profesionales integradas en teléfonos y a la fibra óptica. Del paradigma texto al paradigma vídeo pasando por una transición en forma de fotografía, del ordenador al móvil. Mal asunto para los tímidos.

Consumiendo stories

Por si fuera poco, la llegada de TikTok atrona. Por si no hubiese sido suficiente con haber tenido que pasar por el aro de redes sociales cada vez más centradas en fotos (Facebook → Instagram) y además ver cómo se convierten al vídeo, efímero o no, además ahora se supone que si queremos destacar nuestra presencia online tenemos que hacerlo cantando y bailando, o montando sketches. La pesadilla del introvertido.

En estas dos décadas de transición, y a punto de entrar en el 2020, la tortilla de Internet se ha dado la vuelta. En esta era de postureo y de culto a la imagen propia, los líderes de Internet ya no son los tímidos ni los inadaptados: son los guapos. Véase a Pelayo o a María Pombo. Y si no son guapos, los que más carisma y extroversión tienen. Véase a ‘El Cejas’ o a Esty Quesada, que además sustentan buena parte de su personaje en reírse de sus propias carencias. Un señor introvertido que habla para sí mismo de tecnicismos jamás vivirá de su canal de YouTube. Un chico con un carisma arrollador, sí.

Esto puede sonar a lamento, pero no lo es tanto. En todo caso, un agradecimiento a esa primera era de Internet, la que premiaba al talento capaz de comunicarse por escrito sin importarle la simetría de su rostro ni lo bien que bailase el swish-swish. Duró lo que tuvo que durar, e Internet sigue siendo de todas formas un buen refugio para el que se ruboriza cuando le habla un desconocido. Solo que ya no podrá aspirar a ningún estrellato: ya casi nadie se molesta en seguir la pista a un cohibido que rehuye a las cámaras.

Contando canas

Internet tiene mucho de democrático. Sin un smartphone y una cuenta de Instagram, ‘El Cejas’ nunca hubiese ido a Got Talent a berrear El Dembow del Pimpim. Y si se hubiese atrevido, le hubiesen echado a patadas, que es justo lo que pretendía hacer la mayoría del jurado hasta que les dijo “en Instagram tengo 1,3 millones de seguidores”. 'El Cejas', por cierto, ha acabado en Gran Hermano VIP.

El paso gradual del paradigma texto al paradigma vídeo ha sido clave para que las estrellas de Internet sean los guapos y los carismáticos

El talento abunda y es tan democrático o más que Internet: no entiende de razas, ni de lugares de nacimiento, ni de clase social. Que se lo pregunten a Leo Messi. Y las herramientas surgidas en la era del iPhone y del 4G permiten a esos talentos salir del ostracismo más rápido que nunca y crearse marcas personales que les acaban dando para vivir muy bien sin tener que entregar informes a un jefe gruñón. A veces incluso para comprarse un Lamborghini antes de cumplir los 23. No está mal.

Mientras vemos ese avance de los instagramers cincelados en el gimnasio o especialmente locuaces cosechando seguidores a millones, de canales de YouTube donde no siempre se dice algo pero siempre se exhibe carisma, y de gente en TikTok con audiencias que superan a programas de TV en prime time, a los tímidos que pensábamos que Internet era nuestra baza vitalicia se nos queda la misma cara que a las vacas cuando ven pasar al tren.

El tímido que lleva lustros en Internet -ayer gloria, hoy supervivencia- atraviesa una especie de crisis de los 40. Le cuesta mirarse al espejo, porque ya no es lo que fue y tampoco sabe en qué se convertirá. Aparecen preguntas sin respuesta y dudas en torno a qué posición está ocupando frente al resto. Solo hay una forma de superar el apagón: aceptar que el tiempo pre-Instagram ya pasó, que las reglas han cambiado, y empezar a construir el futuro. Quizás no sea placentero para quien paladeaba con gozo cierta fama pasada desde su salón, pero perder el tiempo contándose las canas no aporta nada. Hay que volver a sentirse satisfecho con uno mismo.

Siempre nos quedará poder dedicarnos a nichos específicos y a tratar de tener éxito con ellos, con ese reducto que sigue apreciando la palabra escrita y no necesita consumir todo en vídeos frenéticos o sensuales. Algunos incluso nos ganamos la vida con ello pese a no trabajar para ningún medio de comunicación tradicional. Con eso nunca seremos estrellas, pero vamos pagando las facturas y nos da para ver HBO los viernes por la noche sin demasiados dolores de cabeza. Tampoco está mal.

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