Las entregas ultrarrápidas innecesarias "en tu casa hasta en 10 minutos" son el último mal de la era del empacho online

Las entregas ultrarrápidas innecesarias "en tu casa hasta en 10 minutos" son el último mal de la era del empacho online
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Andaba yo el otro día buscando un libro complicado de encontrar por las vías offline, así que tiré de Amazon, que cómo no, lo tenía en su catálogo. Eso no me sorprendió, lo que me sorprendió fue ver que la habitual cuenta atrás de "Haz el pedido en..." que muestra el tiempo que resta para pedirlo y poder recibirlo al día siguiente llegaba hasta medianoche. Normalmente, cuando me había fijado en ese contador, llegaba como mucho hasta las seis de la tarde. Ahora hasta las doce.

Hice el clásico proceso de "continuar, continuar, continuar" para pasar a otra cosa en lo que la furgona de la mensajería me lo traía a casa en la mañana siguiente, pero luego empecé a darle vueltas. Amazon (como seguramente tantas otras empresas) ha optimizado sus procesos para recortar plazos hasta el extremo. Amazon no compite contra otro ecommerce, sino contra nuestras ganas de ponernos los zapatos y pisar la calle para comprar algo: ya se encargan ellos de tráernoslo en cada vez menos tiempo y disuadirnos de entrar a un establecimiento físico. Ninguna empresa ha desembarcado en Asturias en los últimos treinta años como lo acaba de hacer Amazon, pero es que la casi-inmediatez pasa por tener centros logísticos a mano de cualquiera.

Haz tu pedido antes de dormir para recibirlo en cuanto te levantes

Inmediatamente después de eso recordé un fantástico artículo de Héctor G. Barnés en El Confidencial en el que hablaba de esto mismo a cuento de cuando Casa del Libro y Glovo anunciaron un acuerdo para entregar libros en media hora.

"¿Con qué rapidez necesitamos satisfacer nuestras necesidades? Ser humano consiste en descubrir que con mucha menos de lo que pensábamos"-

Soy el primer culpable en anhelar con frecuencia entregas ultrarrápidas, pero ver que incluso a las 23:59 h puedo pedir cualquier baratija y hacer que alguien me la entregue en mi puerta tras el desayuno del día siguiente me parece un exceso. Sobre todo, porque no siempre hace falta, pero ya es un estándar. Hay pocos problemas más primermundistas que quejarse porque las entregas de una compra online son demasiado rápidas, pero es como cuando uno abusa del aire acondicionado: aunque no sea ecologista, cuesta no sentir cargo de conciencia.

La aceleración de la vida por los motivos innecesarios me empieza a causar el mismo rechazo que la hiperconectividad hace unos años

Porque detrás de esas entregas ultrarrápidas sabemos que hay una presión para entregarlas a tiempo, un estrés que ni está bien pagado ni es necesario en absoluto. Junto a las entregas en menos de 24 horas (gratuitas para miembros Prime, una suscripción que entra en la categoría de chollo absoluto) y las programadas para más adelante, no me disgustaría una tercera vía del estilo "que llegue cuando tenga que llegar, no me urge".

"Esa opción se llama calzarte e ir a un comercio de barrio a comprar ese objeto", podrán replicar algunos. Bueno, no siempre hay en nuestro barrio, nuestra ciudad o nuestra provincia entera un ejemplar de un libro en inglés de un autor indio, por decir algo. No se trata de si hay que huir o no de las grandes plataformas, sino de no añadir presión cuando no nos importa lo más mínimo esperar tres o cinco días a que nos llegue el pedido. Amazon tiene una opción así en algunos países, y seleccionarla añade una pequeña cantidad a nuestro saldo a modo de compensación. El caso es que a mí nunca me ha aparecido. La paradoja de recibirlo gratis en menos de 24 horas, o pagar para que me llegue dentro de unos días.

Ocurre algo similar con las ocasiones en que compramos más de un producto a la vez y nos llega en dos entregas separadas porque uno estaba disponible para el día siguiente, y el otro para un día después. Si para la logística no es un problema añadido, tampoco me importaría una casilla que venga a decir algo como "puedo esperar, envíame ambos productos en una sola entrega dentro de dos días".

Necesitar absolutamente todo de forma inmediata, incluso a sabiendas de lo dura que se ha vuelto la profesión de repartidor, supone contribuir a una aceleración de la vida que cada vez cuesta más no ver como un exceso. Más allá del vínculo, más allá de consumar placeres tan rápido que se elimina la espera activa, que siempre ha formado una parte clave de la experiencia: los besos a los quince años estaban bien, pero lo mejor eran los minutos previos.

El abrazo incondicional del low-cost nos conduce sin remedio a una sociedad low-cost donde nuestro trabajo también acabará siéndolo. Dejarnos encandilar por las entregas ultrarrápidas cuando no es necesario sigue acelerando nuestra vida. Las consecuencias las veremos a largo plazo, igual que hemos tardado años (algunos visionarios sí supieron verlo rápido) en entender que pasarnos el día viendo la vida que los demás enseñan en sus redes quizás tampoco es lo mejor para nuestra salud mental, algo que ha desatado una creciente tendencia en contra de la hiperconectividad incluso por quienes ayudaron a construirla.

El psiquiatra suizo Carl Jung dijo que cualquier forma de adicción es igualmente peligrosa, ya sea la droga, el alcohol, la morfina o el idealismo. Internet nos ha vuelto adictos a las notificaciones (que nos recompensan con dopamina, el mismo principio por el que engancha la cocaína) y a la inmediatez. Los empachos nunca acaban bien.

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