A comienzos del siglo XX, una de las mayores catedrales de Inglaterra estaba hundiéndose lentamente en el terreno sobre el que llevaba más de 800 años levantada. Los ingenieros encontraron una solución extraordinaria y de lo más peliculera: enviar a un buzo a trabajar bajo sus cimientos inundados, en una oscuridad prácticamente absoluta. Durante cinco años y medio, William Walker colocó a tientas cerca de 26.000 sacos de hormigón bajo varios metros de agua.
Su trabajo quedó registrado en los libros de historia.
Una catedral construida sobre una trampa geológica. La catedral de Winchester comenzó a levantarse en 1079, junto al antiguo cauce del río Itchen, en el sur de Inglaterra. Bajo sus enormes muros se extendían capas de turba, sedimentos húmedos y gravas que complicaban extraordinariamente la cimentación.
Los constructores medievales intentaron resolver el problema utilizando pilotes de roble y, durante las ampliaciones del siglo XIII, una doble capa de troncos de haya sobre la que apoyar parte del edificio. Aquella solución permitió continuar las obras, aunque el peso de la estructura fue comprimiendo progresivamente el terreno.
Las grietas anunciaron el desastre. Los problemas estructurales comenzaron mucho antes del siglo XX, pero en 1905 habían alcanzado una gravedad alarmante. Grandes fisuras recorrían la mampostería y algunas zonas de la catedral mostraban signos evidentes de asentamiento.
El arquitecto Thomas Graham Jackson y el ingeniero Francis Fox estudiaron una situación especialmente delicada: los cimientos descansaban sobre un subsuelo saturado de agua cuyo comportamiento cambiaba con las estaciones. La estabilidad de uno de los grandes monumentos medievales de Inglaterra dependía de encontrar una manera de reforzar sus bases sin provocar nuevos movimientos del terreno.
La actual catedral de Winchester
El problema estaba a seis metros bajo el agua. La solución convencional consistía en excavar alrededor de los cimientos, retirar el material inestable y construir nuevos apoyos de hormigón. Sin embargo, cada vez que las excavaciones atravesaban la turba, el agua inundaba los pozos y el terreno perdía estabilidad.
Bombearla antes de consolidar el fondo podía desplazar los sedimentos y agravar los daños en los muros. En marzo de 1906, Francis Fox propuso una alternativa insólita: introducir a un buzo en las excavaciones inundadas para retirar los restos de madera y turba y colocar sacos de hormigón directamente bajo el agua.
Walker antes de comenzar la acción
Trabajando a ciegas bajo una catedral. El elegido fue William Walker, un experimentado buzo profesional que había trabajado en instalaciones portuarias y obras submarinas. Llegó a Winchester en abril de 1906 junto con otro especialista, Rayfield, con quien compartió inicialmente la tarea. Después del primer año, Walker asumió el trabajo subacuático hasta su finalización en septiembre de 1911.
Equipado con un pesado traje de buceo y una escafandra alimentada con aire desde la superficie, el hombre descendía a pozos inundados donde el barro impedía ver prácticamente nada. Allí retiraba materiales deteriorados y colocaba cada saco guiándose principalmente por el tacto, con los muros de la catedral suspendidos sobre su lugar de trabajo.
25.800 sacos colocados uno a uno. Cuentan los historiadores que Walker trabajaba habitualmente en dos turnos de cuatro horas, de los cuales pasaba unas seis horas diarias sumergido. Su misión consistía en limpiar el fondo de los pozos hasta alcanzar un estrato resistente y formar una base con sacos de cemento hidráulico que pudiera endurecer bajo el agua.
La operación se extendió por 235 excavaciones y exigió colocar aproximadamente 25.800 sacos a mano, en condiciones de visibilidad casi nula. Durante cinco años y medio, el buzo repitió aquella operación miles de veces, convirtiéndose en la pieza indispensable de uno de los trabajos de cimentación más singulares de su época.
Busto de William Walker, el hombre que salvó la catedral sumergiéndose bajo ella
El momento de sacar el agua. Una vez endurecida la base construida por Walker, los operarios pudieron bombear el agua de las excavaciones con mayor seguridad y completar los nuevos apoyos de la catedral. Alrededor de 150 trabajadores participaron en las distintas fases de la restauración, que incluyeron la colocación de unos 114.900 bloques de hormigón y el empleo de cerca de 900.000 ladrillos en las reparaciones.
El procedimiento permitió transferir el peso de los muros hacia estratos más resistentes y detener el deterioro que amenazaba al edificio. La intervención de Walker resultó decisiva porque hizo posible el trabajo posterior de los albañiles y constructores.
El héroe que quedó bajo los cimientos. La hazaña convirtió a William Walker en una figura célebre y le valió el reconocimiento del rey Jorge V, que lo nombró miembro de la Real Orden Victoriana, aunque su vida terminó prematuramente el 30 de octubre de 1918, a los 54 años, durante la pandemia de gripe.
Hoy, una estatua con su equipo de buceo recuerda su contribución dentro de la catedral, donde todavía pueden observarse algunas de las grietas que motivaron aquella intervención. El edificio sigue en pie y sus cimientos continúan siendo objeto de vigilancia, más de un siglo después de que un hombre pasara cinco años y medio trabajando a tientas bajo el agua para ayudar a salvarlo.
Imagen | Henry Burrows, HAMPSHIREARCHIVESANDLOCALSTUDIES, WyrdLight.com
Ver 0 comentarios