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Vamos a morir solos: cómo la tecnología ha cambiado (o no) la forma en que ligamos

Vamos a morir solos: cómo la tecnología ha cambiado (o no) la forma en que ligamos
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De conocer al cónyuge minutos antes de la boda concertada a seleccionar con el smartphone docenas de posibles parejas. Los datos (y el sentido común) dicen que la 'búsqueda de amor' ha cambiado. Casi una de cada cuatro parejas norteamericanas se conocen hoy por internet y la verdad es que no sabemos qué significa eso.

¿Es posible que esto tenga un impacto en cómo son esas nuevas parejas? Muchos expertos creen que sí, que internet ha convertido la búsqueda de pareja en "un proceso competitivo y brutal". O diciéndolo de otra manera: ¿Hace cuánto tiempo que no conoces a una pareja formada por alguien muy atractivo y por otro que no lo es tanto?

La media naranja

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La verdad es que la metáfora de la media naranja es muy apropiada. No porque exista en algún lugar una persona que nos complete, sino porque, tras las grandes historias de amor, lo que vamos buscando es una persona que sea como nosotros. Eso dicen los datos.

Todos los estudios coinciden en lo que llamamos 'emparejamiento selectivo', la tendencia a emparejarnos con otros individuos que se asemejen a nosotros en clase social, nivel educativo, raza, personalidad o atractivo. No buscamos clones pero sí parejas lo suficientemente parecidas a nosotros como para entendernos y lo suficientemente distintas como para no competir y caer en la monotonía.

Encontrar personas ni muy diferentes ni muy parecidas no es fácil. Sobre todo, porque aún no somos capaces de leer la mente de la gente. Por eso cuando buscamos pareja nos vemos obligados a usar proxies, variables que aunque igual no tienen relación directa con la satisfacción futura de la relación nos pueden ayudar a estimarla.

La 'primera impresión' puede ser un buen proxy (no sólo por el físico en sí, sino por el estilo de la ropa, la forma de hablar u otras conductas más evidentes), pero conforme conocemos a la persona accedemos a mejores indicadores para saber si "somos compatibles" o no. Por eso, las parejas formadas por personas que se conocen desde hace mucho suelen parecernos más raras, porque se basan en proxies menos evidentes.

En busca del amor

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En la Universidad de Texas en Austin hicieron un experimento curioso: el primer día de una asignatura, pidieron a los estudiantes que 'evaluaran' el nivel de atractivo de sus compañeros. En esas evaluaciones, los estudiantes coincidían en identificar a las mismas personas como las más atractivas.

Tres meses después, ante la misma pregunta, las puntuaciones cambiaron radicalmente. Esos tres meses habían servido para que los estudiantes se relacionaran entre sí y cambiaran los proxies que usaban para establecer esa 'deseabilidad'. Además, la coincidencia previa sobre qué personas eran más atractivas, había desaparecido.

Conforme conocemos a las personas, encontramos mejores proxies para saber qué nos gusta y qué no. Esto sí os puede sonar extraño: como dice Paul Eastwick, "pensamos que tenemos unas preferencias muy idiosincráticas, pero no hay evidencia de que esas preferencias importen una vez que conocemos a alguien cara a cara". Es decir, que lo más normal es que no tengamos ni idea de cuál es 'nuestro tipo' hasta que lo encontramos.

Por si quieren un ejemplo más, en 2014 OkCupid, una web de online dating, engañó a sus miembros para ver el papel que tenían distintos parámetros en la búsqueda de pareja. Cogieron parejas con una "compatibilidad del 30%" y les dijeron que, en realidad, era del 90%. Los resultados fueron brutales: la tasa de éxito fue tres o cuatro veces superior a lo habitual.

Cuando cupido es un algoritmo

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En el gráfico superior se puede ver cómo ha cambiado la forma en que las parejas románticas se conocieron desde los años 40 del siglo pasado. Lo primero que llama la atención es el crecimiento lo online (y no solo ese pequeño pico en los años 80).

La tendencia al alza de internet ha hecho que muchos se pregunten por el impacto que tienen la red y los servicios online en el emparejamiento. O, siendo más precisos, por la posibilidad de que internet promueva relaciones basadas en características "superficiales" como el atractivo físico o los gustos más evidentes en menoscabo de proxies mejores pero menos evidentes. Tinder, sin ir más lejos, es un muy buen ejemplo de esto.

Para emparejarnos, Tinder usa una versión del sistema con el que evaluamos a los jugadores de ajedrez, el sistema elo. El Elo es un método para estimar estadísticamente la habilidad relativa de los ajedrecistas: la puntuación de cada uno se determina a partir de los resultados que va teniendo. De esta forma, sabiendo la puntuación elo de cada contrincante podemos saber la probabilidad de que gane uno u otro.

En el caso de Tinder, su elo estima 'deseabilidad' o 'atractivo'. Conforme que vamos 'likeando' y nos van 'likeando', la aplicación estima nuestra deseabilidad de tal forma que conocen de antemano la probabilidad de que nos guste cada personan que nos presentan. De esta forma, las posibilidades están radicalmente filtradas por proxies concretos y relativamente superficiales. En el caso de Esto no pasa al conocer a parejas en el trabajo, el barrio o a través de amigos.

Internet somos nosotros

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No obstante, tiendo a pensar que las preocupaciones son apresuradas. Es cierto que las páginas de citas pueden tener unos sesgos determinados, pero no son ni mucho menos las únicas páginas donde se conoce la gente. Las relaciones que nacen en foros, redes sociales o blogs tienen otros sesgos distintos y, de hecho, todo parece indicar que contrarios a estos: permiten a la gente conocerse dejando de lado lo "superficial".

Los tiempos en los que conceptualizar internet como algo al margen de la realidad era útil pasaron hace mucho. Internet es nuestra realidad. En muchos sentidos somos ciborgs: nuestra experiencia del mundo está fuertemente mediada por lo digital. Aún es pronto para saber que tipo de relaciones crea la red de redes.

Imágenes | Stanford, Wyatt Fisher, Patrik Nygren, alamosbasement

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