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Cine y neoclasicismo: los compositores que revolucionan el séptimo arte utilizando pentagramas como base
Cine y TV

Cine y neoclasicismo: los compositores que revolucionan el séptimo arte utilizando pentagramas como base

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A pesar de la infinidad de puertas que nos ha ido abriendo nuestro adorado —y cada vez más imprescindible— internet, traducidas en una infinidad de plataformas digitales y bases de datos repletas de contenido, las bandas sonoras, tanto cinematográficas como televisivas, continúan siendo uno de los mecanismos principales para descubrir piezas musicales, autores y géneros que, de otro modo, podríamos pasar de largo.

Más allá de Williams, Morricone, Elfman, Zimmer, y demás compositores de renombre asociados de forma instantánea al medio cinematográfico, merece la pena proyectar nuestra mirada sobre el cada vez más extenso número de músicos que podríamos denominar como “neoclasicistas” —personalmente, soy algo reacio a emplear este término, así como el prefijo “neo” en este tipo de materias— que proyectan su arte tanto en la pequeña como en la gran pantalla.

A continuación, os invito a hacer un repaso a través de los nombres claves de la música clásica contemporánea —con desvíos hacia ramas que oscilan desde el minimalismo hasta la electrónica y lo experimental— que han enriquecido series y largometrajes de todos los tipos con sus inigualables partituras y sus desbordantes talentos.

Los padrinos del neoclasicismo en el cine

Hablar de clásica contemporánea y cine pasa irremediablemente por hacerlo del prolífico maestro norteamericano Philip Glass y de su único tratamiento de las estructuras que se ve reflejado en sus piezas. Un veterano criado en torno a la música con una carrera de lo más heterogénea en la que ha brillado de igual modo cuando ha compuesto óperas, sinfonías, música de cámara y, por supuesto, bandas sonoras.

La longeva relación de Glass con el séptimo arte, que arrancó en 1968 con el documental ‘Inquiring Nuns’ de Gordon Quinn y Jerry Temaner, conduce directamente a las tres B.S.O. que le sirvieron para hacerse con tres nominaciones a los Óscar en 1997, 2002 y 2006: ‘Kundun’, de Martin Scorsese; ‘Las horas’, de Stephen Daldry; y ‘Diario de un escándalo’, de Richard Eyre. Tres piezas de naturalezas diferentes —tal vez ‘Kundun’ se revele como la más libre del trío—, pero con el sello de su autor grabado a fuego en cada una de sus notas.

Además, de entre su extensa filmografía, es de recibo destacar su participación en filmes como ‘Cassandra’s Dream’ de Woody Allen, la fantástica ‘El ilusionista’ de Neil Burger y, sobre todo, la trilogía de documentales ‘Koyaanisqatsi’, ‘Powaqqatsi’ y ‘Naqoyqatsi’; tres trabajos próximos al video arte dirigidos por Godfrey Reggio en los que la atmosférica música de Glass es la única narración necesaria.

Junto al de Baltimore, representando a la vieja guardia de la corriente armado —y relacionado estrechamente— con su dominio del teclado, encontramos al devoto de la ópera Michael Laurence Nyman; distinguido como Comandante de la Orden del Imperio Británico y a quien recordaremos por la eterna partitura de ‘The Promise’, el fragmento más icónico de la banda sonora de ‘El piano’ —Jane Campion, 1993— y, probablemente, de la trayectoria de Nyman en la gran pantalla.

Además de esta banda sonora, por la que el británico obtuvo su primera nominación al Globo de Oro, a la que seguirían las dos obtenidas en 1997 y 1999 por ‘Gattacca’ —Andrew Niccol— y ‘El fin del romance’ —Neil Jordan— respectivamente, debo reconocer mi devoción por sus trabajos en ‘El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante’ —Peter Greenaway, 1989— y, sobre todo, en la extraordinaria ‘Ravenous’ de Antonia Bird.

El genio de Max Richter

Con permiso de los dos maestros mencionados anteriormente, me veo en la obligación de detenerme y dedicarle un apartado en solitario al que lleva siendo mi compositor de cabecera desde que le descubriese hace ocho años en esa maravilla titulada ‘Perfect Sense’ que dirigió David Mackenzie en 2011; un largometraje de una sensibilidad única, capaz de encoger el corazón y enamorar al espectador menos receptivo gracias a una premisa única y a una lánguida banda sonora marca de la casa Richter en la que los instrumentos de cuerda son los auténticos protagonistas.

De todos los artistas que aparezcan en este texto, el de Max Richter es, posiblemente, el más activo de todos. Además de sus trabajos en solitario ajenos al panorama cinematográfico y televisivo —ampliamente recomendados—, el británico nacido en Alemania, cuya primera B.S.O. de renombre fue la de ‘Vals con Bashir’ —Ari Folman, 2008—, lanza anualmente un mínimo de cuatro obras completas, ya sean para cortometrajes, largometrajes de ficción y no ficción y series de televisión.

A título personal, de sus composiciones para la gran pantalla, debo quedarme con sus piezas para 'Womb' —Benedek Fliegauf, 2010—, 'Desconexión' —Henry Alex Rubin, 2012— y 'El congreso' —Ari Folman, 2013—; aunque es posible que su auge de popularidad entre los cinéfilos y seriéfilos se deba a su magnífica banda sonora para el drama catódico de Damon Lindelof y Tom Perrotta 'The Leftovers', a la que siguieron 'La amiga estupenda' de HBO y 'Taboo' de BBC One; todas ellas brillantes y capaces de tocar el alma de quien se anime a escucharlas.

Islandia y su magia nórdica

Hacer un repaso al neoclasicismo en el cine y la televisión implica viajar al noroeste de Europa; más concretamente a una Islandia que continúa estando a la vanguardia musical a nivel mundial, ofreciendo sonidos y estructuras de los más diversos géneros impensables en otro rincón del globo —algo que, por supuesto, se extiende al campo de las bandas sonoras—.

Dentro del nutrido grueso de compositores islandeses, es de rigor destacar la labor de un trío determinante que está encabezado por el tristemente desaparecido Jóhann Jóhannsson; un creador de primerísimo nivel capaz de combinar como pocos la música orquestal de corte más tradicional con elementos electrónicos, que logró hacerse con el Globo de Oro gracias a sus partituras para 'La teoría del todo'.

A pesar de que Jóhannsson comenzase su andadura cinematográfica en el año 2000 a nivel local, y diese el salto a Hollywood con la 'Efectos personales' de David Hollander, fue su primera colaboración con el canadiense-francés Denis Villeneuve en 'Prisioneros' la que le pondría en el candelero; una relación profesional a la que seguirían la asfixiante 'Sicario' —por la que recibió una nominación al Óscar—, 'La llegada', y una B.S.O. de 'Blade Runner 2049' en la que Hans Zimmer terminó ocupando el puesto del nórdico.

'María Magdalena' fue una de sus dos bandas sonoras lanzadas póstumamente, siendo la segunda de ellas la compuesta para la inclasificable 'Mandy' de Panos Cosmatos; uno de los mejores largometrajes del pasado 2018 con un acompañamiento musical delicioso que capturó a la perfección la atmósfera malsana, onírica y lisérgica de la cinta protagonizada por Nicolas Cage a golpe de sintetizador.

La muerte de Jóhann Jóhannsson ha dejado un hueco, a priori, irremplazable en la escena islandesa que su relevo lógico, Hildur Guðnadóttir, está destinada a rellenar. Colaboradora habitual de Jóhannsson, con quien trabajó en el departamento musical de 'Prisioneros', 'Sicario', 'La llegada' y 'María Magdalena' y compartió crédito de compositora en la catódica 'Atapados', Guðnadóttir posee en su filmografía las notables B.S.O. de 'Tom of Finland' y 'Sicario: El día del soldado', siendo su próximo trabajo la nueva cinta sobre el Joker dirigida por Todd Phillips.

Completando esta "trinidad neoclásica islandesa" se encuentra Ólafur Arnalds: productor musical, ex-batería en grupos de hardcore, miembro de varios proyectos de música electrónica y pop... influencias de lo más diversas que se han visto reflejadas en su labor como compositor de bandas sonoras, centrado principalmente en el medio televisivo en series como 'Broadchurch' o en dos episodios de ‘Electric Dreams’.

Otras joyas que enmarcar

Como veis, el campo de las bandas sonoras neoclásicas es realmente vasto —con todo lo mencionado hasta este punto tenéis material de sobra para hacer una playlist interminable con la que entrar en trance durante horas—, pero no puede darse carpetazo a este repaso a través de los nombres claves del movimiento sin dar su espacio a compositores como Dustin O'Halloran, David Lang o Nils Frahm.

El primero de ellos debutó por todo lo alto en la gran pantalla junto a Sofía Coppola en el filme 'María Antonieta'. A partir de entonces ha acumulado unos 25 créditos como compositor de cine y televisión en largos como 'An American Affair' o 'Lion' —que le sirvió para cosechar una nominación al Óscar— y en series como 'Transparent' o 'Save Me'; una filmografía mucho más extensa que la de su compatriota David Lang, quien destaca por haber compuesto la B.S.O. de la serie 'I Am the Night' y de 'La juventud' de Paolo Sorrentino.

En lo que respecta a Nils Frahm, además de sus colaboraciones con Ólafur Arnalds o Woodkid, y de unos trabajos en solitario extraordinarios, hay que detenerse sobre su debut cinematográfico en 'Victoria': un filme con una duración que ronda las dos horas y veinte minutos rodado en un intenso plano secuencia que se ve fuertemente enriquecido por las composiciones del alemán.

Aunque pocos músicos pueden dar un cierre por todo lo alto a este compendio como Jonny Greenwood, a quien muchos conocerán por ser teclista y guitarrista de Radiohead, pero con una trayectoria intachable en el séptimo arte. Y es que no todo el mundo puede presumir de haberse convertido en el compositor de cabecera de Paul Thomas Anderson, y haber firmado para él las bandas sonoras de 'Pozos de ambición', 'The Master', 'Puro vicio' y 'El hilo invisible'. Ahí es nada.

Espero que, con este texto, y como ya puntualicé en sus primeros párrafos, quede demostrado que en el campo de la composición musical para las industrias televisivas y cinematográficas hay lugar para productos diferentes, arriesgados y muy especiales que se alejan diametralmente de los más que conocidos cánones marcados por los habituales de la industria; especialmente de una corriente neoclásica que parece no encontrar límites en su creatividad y en su modo de generar atmósferas inimaginables utilizando un pentagrama como base.

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