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De qué hablamos cuando hablamos de velocidad: 14 autores (y 14 novelas) de ciencia ficción que deberías estar leyendo YA

De qué hablamos cuando hablamos de velocidad: 14 autores (y 14 novelas) de ciencia ficción que deberías estar leyendo YA
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¿Dónde está el futuro en 2014? ¿De qué diablos hablamos cuando hablamos de ciencia ficción, si ya hemos alcanzado y superado algunas de las peores previsiones hechas por la literatura de anticipación hace un siglo? ¿Es realmente el fundamental "Nosotros" de Zamiátin un libro “distópico, pero no tanto”, visto las malas caras que lucen nuestras democracias? ¿Es Podemos nuestra utopía? ¿Alguien sabe si falta mucho para alcanzar la singularidad o me bajo ya?

Lo que sigue no es tanto una lista cerrada y definitiva de autores actuales de ciencia ficción como un intento por recoger algunos de los campos que hoy abarca una etiqueta que debe ser mutante o no será. Porque sí, hay una parte de la ciencia ficción que sigue preocupada en space operas y grandes montajes militares, y muy bien que hace, y también otra menos épica y aparatosa, más política, que se fija en el pasado mañana, más en lo micro que en lo macro, en reflejar esa pesadilla de ser un ciudadano bien trajeado y ejemplar en un estado moderno.

Y de la misma forma que sigue habiendo espacio para una ciencia ficción mainstream de buena salud, donde se miran autores best-sellers actuales –porque la ficción especulativa y las distopías están de moda, igual es que ayudan a explicar la crisis actual-, también ha surgido una ciencia ficción indie fruto de nuestro tiempo, modesta y al margen de las cadenas de montaje, que se mueve entre bundles y descargas digitales, y que se atreve a robar el lenguaje de blogs, videojuegos y tebeos para dar una vuelta de tuerca al género de las naves.

William Gibson y Margaret Atwood: ¿a quién quieres más, a papá o a mamá?

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Al César lo que es del César, y a Gibson habría que ponerle una altar en cada casa con forma de tostadora y adorarlo cada mañana. Porque estamos viviendo el futuro que imaginó hace treinta años. Porque el presente está hecho del mismo material que los logotipos y porque es impensable escapar de las ortopedias tecnológicas, ya vivas en Japón, en Marruecos o en una favela en Río de Janeiro.

El escritor estadounidense, visionario de Internet, de la realidad virtual y de la sociedad de la información, de la cultura hacker, el ciberpunk y de casi cualquier cosa que mola –ahí están sus personajes, con profesiones como cool hunters, publicistas, beta testers y estrellas de pop virtuales– acaba de publicar una nueva novela, titulada de "The Peripheral", que se desarrolla en dos futuros diferentes. Y hay motivos para alegrarse, y más si eres de los que no te han convencido del todo trabajos más recientes como aquel "Mundo Espejo" del que ya ni me acuerdo.

Según dice en su análisis Cory Doctorow, “en el siglo XX William Gibson produjo libros densos, hermosos y elegantes que brillaban con luz oscura y bohemian chic. Pero en este siglo –al menos hasta ahora- Gibson ha limitado su ficción a thrillers contemporáneos e inquietantes, una extraña clase de ciencia ficción en un pasado reciente. Ambos Gibson son maravillosos, ambos son tesoros literarios, pero en 2014 tenemos un nuevo Gibson que une ambas, un Gibson sintetizado” tan político como en "País de espías" (2007) pero tan bien trazado, con la velocidad y esos destellos deslumbrantes de "Neuromante" (1984) y "Luz virtual" (1993). Ya, yo también estoy babeando mientras escribo esto.

Ecologista, feminista, escritora preocupada por cuestiones políticas, premio Príncipe de Asturias 2008 y hasta inventora, Atwood es otra veterana que está en plena forma: si te das una vuelta por las listas de mejores novelas fantásticas publicadas el año pasado, es normal que te encuentres "MaddAddam" en muchas de ellas. Se trata del libro que cierra la trilogía distópica que comenzó con "Oryx y Crake" (2004) y que continuó con "El año del diluvio" (2010), y donde vuelve a poner sobre el papel un futuro donde el progreso tecnológico en manos equivocadas –las grandes corporaciones sin alma, claro, poco preocupadas en valores humanitarios y más en los beneficios- puede llevarnos a "Mad Max" y a la ley de la jungla.

Un mundo hipercapitalista donde la biología es moneda habitual: virus de diseño, comida alterada genéticamente, animales a la carta, todo previamente patentado. Pon un mad doctor aquí capaz de diseñar una pandemia y al poco nos tendrás comiéndonos los unos a los otros y matándonos por los recursos naturales.

La mala noticia es que es posible que nos quedemos sin leer ambos libros en español. Ni Lumen ni Minotauro, encargados de publicar respectivamente a Atwood y Gibson en España, parecen interesados en principio en ninguno, así que, a la espera de que alguna editorial decida traerlos, lo único que podemos hacer es tirar de biblioteca o leerlos en inglés.

[Inciso 1: por cierto, si en vez de a mamá o a papá eres de los que siempre te has decantado por el tío loco, el que se quedó pillado por las drogas y supones dueño de una sexualidad rarísima, te gustará saber que David Cronenberg ha publicado su primera novela también este año. Se titula "Consumed" y en su reseña para el New York Times, Jonatham Lethem dice lo que todos nos imaginábamos: que también como escritor Cronenberg sigue empeñado en analizar la relación entre enfermedad y sexualidad y en su uso como metáfora sobre nuestra relación con las tecnologías, “incluido las artes”. Que nuestros cuerpos tienen mucho de máquina orgánica y que nuestros miembros son sus dispositivos. O sea que "Consumed", además de encontrar su sitio en la obra del director de "La mosca", "Videodrome" y "eXistenZ", también busca su lugar entre Gibson, Herbert y Ballard, parte Photoshop, parte consolador. Sus primeras páginas ya las puedes leer. De nuevo, igual es pronto para hablar de su edición en español]

Dave Eggers y David Mitchell: ciencia ficción para las masas

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Cuando nos roban la privacidad: hace un año, Margaret Atwood contaba maravillas sobre una novela que actualizaba "Un mundo feliz" a nuestra época, una época en la que los gobiernos espían a sus ciudadanos con la ayuda de empresas como Google o Facebook –cada uno con su conveniente CEO en sudadera y su parque de juegos dentro de la oficina- y en la que es imprescindible manejar conceptos como “privacidad” y “transparencia”. Porque el poder está en una base de datos.

La novela a la que se refería Atwood era "El círculo", de Dave Eggers, que estos días ha sido publicada en castellano en nuestro país de la mano de Mondadori. Eggers no es un autor de ciencia ficción en sentido estricto, aunque sus comienzos están vinculados a publicaciones del género y es conocido por su amor hacia Kurt-Vonnegut-que-estás-en-los-cielos, e incluso ha sido tachado de “ludita” por medios como Wired o Reuters.

Como subraya esta estupenda reseña, que cita a Tomas Moro, a Ursula K. Leguin, a Stephen King y hasta a los Monty Phyton para contextualizar la novela, “la ficción especulativa de "El círculo" se construye desde la máxima de Ballard: la exploración del espacio interior en vez del espacio exterior, en un futuro que ocurre dentro de cinco minutos”.

Si los autores clásicos se preocupaban por los estados omnipresentes como amenaza, es normal que los actuales miren más a las empresas que están detrás moviendo los hilos. “La empresa que da título a la novela no es un mero seudónimo de nuestras empresas contemporáneas sino su reemplazo natural [...] Su superioridad sobre el resto se basa en ‘one account, one identity, one password, one payment system’. Este principio de indivisibilidad está asociado a una nación, como ocurre en el juramento a la bandera, o a una religión; de esta manera, la empresa no sólo se solapará al gobierno estatal sino que será omnisciente y todopoderosa. ¿Quién más podría contar todos los granos de arena del Sahara sino la entelequia conocida como Dios?”. Touché.

[Inciso 2: Esta fijación por la cultura empresarial como nuevo patriotismo puede verse también en otra fabulosa novela distópica –que no de ciencia ficción- publicada el año pasado en Estados Unidos, "Go to work and do your job. Care for your children. Pay your bills. Obey the law. Buy products", de Noah Cicero. Y no es ciencia ficción porque conocemos como se las gastan empresas como Starbucks, Wal-Mart o Mercadona: usan higiénicos eufemismos mucho mejor que ningún político –“contrato emocional”, dicen– y disponen de manuales con los mandamientos que todo trabajador –perdón, “asociados”– debe aprender de memoria y colocar en la cabecera de la cama]

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Recupero el hilo. Hay autores cuya aproximación a la ciencia ficción me hacen sentir una especie de orgullo de tribu, esta cosa endogámica y tonta de reconocer en otro lector a “uno de los nuestros”. Por ejemplo: leer a Christopher Hitchens escribir maravillas sobre Ballard, ese catastrofista. Otro sería David Mitchell, que ha hecho de los viajes en el tiempo su propio estilo literario. Su nueva novela, "The Bone Clocks", lo ha vuelto a colocar en la lista de candidatos al Booker Prize y retoma la fórmula de "Escritos fantasmas" (2005) y "El atlas de las nubes" (2006), que tan bien ejemplifica que cierta experimentación no está reñidas con un producto al alcance de todos los públicos: narrada en primera persona por cinco voces en seis épocas diferentes, desde 1984 hasta 2043, por sus páginas también se dejan ver un par de tribus inmortales enfrentadas desde tiempos inmemoriales.

Como escribe Ursula K. Leguin en The Guardian, la novela invita a jugar a las profecías: “600 páginas de travesuras metaficcionales en una prosa implacablemente brillante, "The Bone Clocks" toca un montón de temas interesantes, de los horrores de la guerra de Irak a la eterna batalla del bien y del mal y la caída de nuestra civilización en un futuro cercano”.

De nuevo su publicación en España es dudosa, teniendo en cuenta que anteriores novelas de Mitchell, como "Escritos fantasmas", "El bosque del cisne negro" (2007) y "El atlas de las nubes", fueron traducidas y publicadas en español por la desaparecida editorial Tropismos, que tristemente cerró antes de poder disfrutar del efecto de arrastre a la película de los Wachowski. A ver si Duomo Ediciones, que rescató "El atlas de las nubes" hace un par de años, se atreve con esta.

John Scalzi, Ann Leckie, Jack Campbell: no a la Guerra, sí a las batallitas

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Pero, ¿esto de la ciencia ficción no iba de escapismo y tiros y guerras entre planetas? Ay, sí, sorry, en qué estaría pensando yo. John Scalzi es ya uno de los autores recientes más populares de ciencia ficción en su vertiente militarizada. Y desde que publicó su primera novela en 2011, "La vieja guardia", no ha hecho sino crecer. De hecho, aquella historia se ha convertido en una serie que incluye cinco novelas, cuatro de ellas publicadas en español en Minotauro, y según Scalzi están trabajando en su adaptación a serie de televisión. Y ojo porque su estilo no es sólo lo que parece a primera vista, es decir: sí, tiros y batallitas, razas extraterrestres que se comportan como enjambres de insectos y novatadas entre soldados, pero también mucho, mucho humor y sexo más o menos explícito, de todo tipo y orientación.

Su premisa parte de un futuro en el que los ejércitos son reclutados gracias a voluntarios de la tercera edad, previamente sometidos a un proceso de rejuvenecimiento que les convierte en máquinas de matar. "Redshirts", también publicada en español, le hizo ganar el Premio Hugo el año pasado, una comedia que es un homenaje desternillante a Star Trek.

Y hablando de Hugos: a Ann Leckie, ganadora del premio este año –además del Arthur C. Clark, el Nebula, el BSFA y el Locus a la primera novela, el así que bingo para ella– con "Ancillary Justice", ya la han comparado con Scalzi, que en su propia web ha dejado que la autora explicase su visión de la ciencia ficción:

“Comencé en la ciencia ficción leyendo space opera, y aunque he desarrollado gusto por todo tipo de historias, la atracción que ejercen sobre mí es aún muy poderosa. Así que cuando comencé a darle vueltas al universo que finalmente ha llegado a ser el Radch [en el que se desarrolla "Ancillary Justice" como parte de una trilogía], este fue y sigue siendo un compendio de recursos típicos de las space opera. ¿Un imperio galáctico? Incluido. ¿Naves con inteligencia artificial? También. ¡Puertas al hiperespacio! ¡Destrucción de planetas! ¡Campos de fuerza! ¡Una esfera de Dyson! Me encantan todas estas cosas”.

Leckie cogió todo esto, añadió algunos rasgos sacados del imperio Romano y el colonialismo llevado al espacio, mucha cultura musical –en la entrevista que cierra su novela reconoce la influencia de ciertas composiciones en escenas concretas– y buscó hacer algo diferente, que principalmente girase en torno a la identidad: su protagonista principal es una nave espacial con capacidad para introducir su inteligencia en tropas de soldados, cientos, a veces incluso miles, y que se ha visto condenada a vivir en un cuerpo humano, tan frágil y tan limitado, debido a un acto de traición. El resto es terreno abonado para la venganza de la protagonista. Algunas implicaciones alrededor de todo esto le vienen muy bien a la autora para justificar la omnisciencia del narrador y para hacer trucos literarios, además de para jugar con concepto de género, lo que ha obligado a la autora a explicarse ante la reacción de algunos lectores.

Si te gusta este subgénero, también es muy popular la serie "La flota perdida" de Jack Campbell, seudónimo de John G. Hemry, autor de tres series de ciencia ficción y militar y oficial retirado de la Marina estadounidense. La crítica ha resaltado lo bien que se vale de sus conocimientos en estrategia militar, pero también que su estilo es más limitado. O con la serie "Honor Harrington" del escritor David Weber. Ambos escritores están disponibles en castellano en La Factoría de Ideas. Entre tanta trilogía, tetralogía y hasta heptalogía, a los que les guste medir las aventuras espaciales por su duración y su peso tienen material para verse saciados.

Cory Doctorow, Ted Chiang y Jim Munroe: política, existencialismo y religión

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Doctorow le da a casi todo, desde el cómic a la novela, pasando por el podcast e impecables artículos en prensa sobre novedades relacionadas con la ciencia ficción, así que si estás leyendo esto es difícil que hayas escapado a su sombra. Como ya dije en otro lado, su novela corta "Little Brother" –otra alusión a cómo ha mutado el Gran Hermano orwelliano en el presente– no solo hay que leerla, sino que deberíamos recomendarla en los institutos: detrás de las aventuras y los romances de un grupo de jóvenes hay una advertencia a los chavales y no tan chavales sobre el control excesivo que ejercen los gobiernos en nombre de la seguridad, la pérdida de principios como la presunción de inocencia, la violencia, la descripción de un Guantánamo para adolescentes cuyo crimen es trastear con su Xbox.

Doctorow lleva todo esto hasta el final en "Little Brother" (aquí se puede leer de forma gratuita una traducción al castellano) las secuelas de la paranoia post-11S, esta obsesión por la seguridad y el peligro de que las nuevas tecnologías consiguen que todos parezcamos terroristas potenciales. Y lo terrible, de nuevo, es que no parece ciencia ficción, sino una historia sacada de un periódico.

Su explicación al principio de la novela está claro: “Este libro tiene el objeto de formar parte del debate acerca de lo que implica la sociedad de la información: ¿control total o libertad sin precedentes? Este libro está pensado como algo para hacer, no solamente como algo para leer. La tecnología presentada en estas páginas ya es real, o casi real. Puedes construirte tú mismo una buena parte. Puedes usar estas ideas para crear debates importantes con tus amigos y familiares. Puedes usar estas ideas para vencer la censura y para subirte a un Internet libre, incluso aunque tu gobierno, tu empresa o tu escuela no quieran que lo hagas”. Actualmente, Doctorow trabaja en una novela “para adultos”, titulada provisionalmente Utopia, y de cuyo proceso de escritura va informando en su cuenta de Twitter.

A Ted Chiang y a Jim Munroe también los puedes leer gratis en la red. Del primero están disponibles las novelitas "Understand", candidata en 1992 al Hugo, y "The Lifecycle of Software Objects", que le valió un Locus y un Hugo.

Ambas en inglés, ambas droga dura. Al comienzo de "Understand", el escritor cuenta cómo se le ocurrió esta historia sobre un tipo que, tras ser sometido a una droga experimental, acaba desarrollando sentidos avanzados. La culpa la tuvo su compañero de piso, que entonces estaba leyendo "La náusea" de Sartre, “cuyo protagonista solo encuentra sinsentido en todo lo que ve”. ¿Cómo sería lo contrario, encontrarle sentido y orden a todo lo que ves?, se preguntó Chiang. El libro es, por tanto, el resultado de plantearse a partir de qué punto una mejora cuantitativa en nuestros sentidos tendría como resultado una mejora cualitativa en nuestro modo de conocer las cosas y de entender el mundo.

"Therefore Repent!", cómic del escritor Jim Munroe y el dibujante Salgood Sam, también está disponible como descarga gratuita aquí. Es ideal para introducirse en un universo post-apocalíptico que Munroe ha seguido desarrollando en obras posteriores, como "Sword of My Mouth", un mundo en el que las profecías de los cristianos han cumplido: los que han sido buenos han subido al cielo y la Tierra ha quedado para los pecadores. Sus protagonistas –una pareja: él vestido de momia, ella bajo una máscara de pájaro– se pasean por una ciudad en blanco y negro, entre gente que creen que habrá una segunda oportunidad para la redención, hippies, un perro que habla y ángeles militarizados con metralletas. El presidente Bush sigue predicando desde la televisión, a pesar de que no fue elegido para ser salvado.

Leonard Richardson y Austin Grossman: los videojuegos como materia prima

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En serio, los videojuegos son muy importantes. Hablábamos anteayer de cómo la última película de Tom Cruise se adueñaba del lenguaje de los FPS y conseguía convertir una partida de "Resistance: Fall of Man" en una película de ciencia ficción bélica. Benditos checkpoints y bienvenido sea el viejo método del ensayo-error. Pero, ¿qué pasa con la literatura? ¿Es impermeable a los videojuegos o es que no hay escritores preocupados en experimentar con las formas de ambos medios? He aquí dos casos que pueden resultar interesantes para aquellos a los que "Ready Player One" de Ernest Cline nos pareció una oportunidad literaria fallida para trascender y más un ejercicio de onanismo para nostálgicos.

El primero es "Constellation Games", escrito por el programador Leonard Richardson. Y su punto de partida también es muy curioso: una raza superior se pone en contacto con la humanidad… ¡un momento! Si es una raza superior y entendemos que toda cultura se expresa a través de sus artes, lo normal es que tengan sus propios videojuegos. Así que el programador Ariel Blum no pierde tiempo para entrar en contacto con ellos, pedirles algunos modelos de sus viejas consolas y montañas de videojuegos para reseñarlos en su blog. Es, al fin y al cabo, una forma como cualquier otra para conocer al otro. Esto es sólo el principio de una bola de nieve: el gobierno quiere aprovecharse de él para espiar a los extraterrestres, que aseguran tener solo interés “científico” y que están organizados bajo una forma de anarquismo alien.

Richardson se vale para contar su historia de la forma reconocible para cualquiera en el siglo XXI: capítulos escritos como si fueran entradas de blogs, críticas a la política de DLCs de las compañías, descripciones de periféricos extraterrestres, conflictos con novias virtuales, el activismo de las comunidades retro, las dificultades de los programadores para vender su aplicación a un gigante sin morir en el intento. Y la fabulosa idea de que, de alguna manera, jugando a videojuegos estamos aprendiendo un montón de habilidades que nos serían la mar de útiles en caso de una invasión extraterrestre. La novela está disponible por cinco dólares con algunos extras como reclamo, como una guía de lenguaje alienígena.

El segundo es "YOU", de Austin Grossman, “una novela agridulce sobre cómo los videojuegos rescriben nuestras historias”, titula este artículo, y a ver quién es el guapo que consigue no pinchar. “Es un libro extenso y melancólico que comienza como una especie de numeración seca y periodística de la primera generación de videojuegos, pero pronto te sumerge en un sueño febril donde el combate fantástico y la exploración espacial se funden perfectamente con los recuerdos”.

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Su protagonista es un tipo en cuya personalidad tienen tanta importancia sus experiencias reales como sus experiencias virtuales con los videojuegos. Grossman también ha tonteado con el género de los superhéroes, lo que me permite traer aquí también al neozelandés Adam Christopher y resaltar que las cubiertas de sus novelas es lo más bonito que han visto estos ojos biónicos desde que me los implanté el año pasado:

Suzanne Collins y Jeff VanderMeer: ciencia ficción para las masas, parte 2

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¿Dónde van a parar los best sellers cuando se quedan sin fuelle y se agotan? ¿Alguien en la sala está en estos momentos enganchado a "Crepúsculo" o "Millenium", lecturas que a estas alturas parecen completamente pasadas de moda, algo del siglo pasado? ¿Eso que veo emerger por ahí es un spin-off de Harry Potter destinado a no enterrar definitivamente al mago más rentable de nuestra historia reciente?

La serie "Los juegos del hambre" ocupa actualmente ese lugar que guardamos en nuestro corazón para fenómenos mundiales de los que resulta difícil no contagiarse, sin contar la "Canción de hielo y fuego" de George R. R. Martin, que son palabras mayores. Sí, son fenómenos agotadores, pero también saben recompensar la fidelidad. La trilogía de novelas firmada Suzanne Collins es una Battle Royale para todos los públicos, otra variante amable de lo que leímos en "El fugitivo" de Richard Bachman (aka Stephen King), ambientada en un mundo post-apocalíptico donde espectáculo y las necesidades básicas de la parte más baja de la pirámide social garantizan una audiencia entregada. Su adaptación al cine, sorpresa, está siendo estirada en lo posible para no agotar tan pronto a la gallina de los huevos de oro. Nada nuevo, eh.

Y si "Los juegos del hambre" encajan en el segmento de literatura juvenil, la trilogía "Southern Reach" de Jeff VanderMeer hace lo propio para entrener a los adultos, y puede ser vista como la respuesta en clave de ciencia ficción mainstream a la trilogía "Millenium" o "50 sombras de Grey". Sólo en intenciones del autor y de su editorial, ojo, porque todavía no puede compararse en ventas.

¿Adult Oriented Sci-Fi? Algo así: ambiciosa, escrita de forma precipitada, excesiva e incluso algo confusa. Rara vez la suma de referencias da algo grande como cada una de sus partes: en "Southern Reach" se cita a Atwood, la serie "Perdidos", el moho lovecraftiano, el minimalismo de "La carretera" y una misteriosa Área X que evoca el "Picnic Extraterrestre" de los hermanos Strugatski, entre muchas otras cosas a las que no termina de hacer justicia. Y aunque el resultado de la primera es regular, habrá que esperar a ver cómo funciona el tríptico final: precisamente estos días también se publica en España la tercera parte, Aceptación. Los derechos para el cine los tiene Paramount Pictures y hace unos días se confirmaba a Alex Garland, que tiene pendiente su debut como director con la muy apetecible "Ex Machina". Hice una entrevista a VanderMeer e intenté analizar todo lo que rodea a su trilogía aquí.

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