Por qué uso una VPN en todos mis dispositivos y no pienso renunciar a ella

Por qué uso una VPN en todos mis dispositivos y no pienso renunciar a ella
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Llevo años con una VPN instalada en mi móvil, tablet y ordenador. Primero usé NordVPN, una de las más reputadas. Luego, cuando lanzó la suya, pasé a la de Mozilla, que también funcionaba genial. Y en esta última etapa uso ClearVPN, desarrollo de MacPaw, simplemente para aprovechar que ya pago la suscripción de Setapp, la cual incluye este servicio de VPN. He ido cambiado por coyunturas, pero todas ellas me parecen recomendables.

¿Por qué gastar dinero (o justificar parte de una suscripción) en una VPN? El primer razonamiento suele ser la posibilidad de acceder a servicios que no están disponibles en nuestro país, ya que cualquier VPN comercial permite no solo cifrar nuestra conexión, sino también conectarnos a túneles de diferentes regiones, por lo que obtendremos una IP correspondiente al país que queramos. De esa forma podemos acceder a un servicio de streaming que solo está disponible en Estados Unidos o al catálogo de un país concreto para ver algo que en el nuestro no tenemos, por ejemplo.

Mucho más que un cambio de región

No obstante, hay una explicación que va más allá: la tranquilidad de saber que nuestra operadora no podrá saber qué estamos haciendo online. Cuando accedemos a una web o usamos un servicio online, nuestra operadora puede leerlo, y en función de nuestros hábitos de navegación, crear perfilados agregados para su comercialización.

Y algo más: los últimos años han evidenciado que los problemas de privacidad son como la luz de las estrellas: lo que vemos no es lo que ocurre en el presente, sino lo que ocurrió en el pasado. Lo que sucede en el presente es algo de lo que nos enteraremos dentro de un tiempo.

Lo sucedido con Facebook, Yahoo o AliBaba entre otros en estos últimos años son ejemplos de que habitualmente nos enteramos de forma tardía de fugas de información o de prácticas reprobables por parte de ciertas empresas. Aplicado al uso de una VPN, se trata de una forma de poner la tirita antes que la herida: cifrando nuestra conexión, nos resguardamos de posibles casos en los que los datos anónimos que venden las operadoras no sean tan anónimos, y los de uso interno, que no tienen por qué ser anónimos; socaven nuestra privacidad.

A menudo ocurre que nuestra percepción de la realidad tiene que ver con el pasado, ya que el presente solo lo conoceremos en el futuro. Eso aplica a la privacidad online

Las operadoras venden datos agregados de sus usuarios a distintas empresas que acceden a información de tendencias de consumo. Telefónica, por ejemplo, creó en 2016 su unidad de servicios de big data, llamado LUCA, para clientes corporativos. Vodafone, por su parte, tiene a Vodafone Insights para esta misma actividad.

En este punto conviene tener claro que usando una VPN, nuestra operadora no podrá ver lo que hacemos online, pero la empresa de la VPN sí podrá saberlo todo, por lo que es imperativo elegir a alguien de total confianza para estas conexiones, que monetice su actividad mediante los ingresos de sus usuarios y no con la comercialización de sus datos.

Muchos de estos servicios, además de comprometerse por escrito a ellos, se someten de forma periódica a auditorías externas para garantizar que eliminan los logs y no hacen nada con la información que dejan sus usuarios. Esto es común sobre todo en VPNs gratuitas, caso de algunas como SuperVPN o GeckoVPN. Los datos de sus usuarios se filtraron para su descarga en Telegram. Esta información incluía sus nombres de usuario, nombres y apellidos, detalles de dirección y facturación e incluso contraseñas.

Así que de nada servirá proteger nuestra conexión si lo hacemos usando una VPN gratuita cuyo modelo de negocio, si no nos está cobrando, muy probablemente será vender nuestra información. O en el mejor de los casos, no podrá destinar muchos recursos a protegerla. La infraestructura que requiere una VPN cuesta un dinero que hay que pagar.

Otro destino habitual de las conexiones VPN son los momentos en que necesitamos acceder a una red WiFi pública o de administración ajena, como las de aeropuertos, hoteles, apartamentos vacacionales o cafeterías. En esos casos no tenemos ninguna certeza de que quien administra la red no esté usando técnicas de espionaje para saber qué hacemos mientras estamos conectados a ella. Ni qué intenciones tiene. O si directamente alguien está suplantando la identidad del establecimiento creando una red que emule su nombre para aspirar información de quienes acceden a ella creyendo que es la legítima.

Las VPN tienen algunas contrapartidas, empezando porque añaden un sobreprecio a nuestro acceso a la red y continuando por una inevitable ralentización de la velocidad de nuestra conexión, inherente a la arquitectura de una VPN. ¿Compensa? A mí sí. Además, no hace falta tenerla activa todo el tiempo si estamos usando una red de confianza, no pasa nada si de vez en cuando es mejor idea desactivarla por un rato.

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