Pfizer no testó su vacuna contra la transmisión antes de lanzarla. El problema es que siempre lo supimos

Pfizer no testó su vacuna contra la transmisión antes de lanzarla. El problema es que siempre lo supimos
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“¿Fue la vacuna de Pfizer contra la covid testada para frenar la transmisión del virus antes de ser lanzada al mercado?”. Esta pregunta del eurodiputado euroescéptico holandés, Robert Roos, a la representante de Pfizer en la Comisión Especial del Parlamento Europeo para analizar la compra de las vacunas contra el Covid-19 ha dado la vuelta al mundo. Sobre todo, por la respuesta de la ejecutiva de la farmacéutica: "No"

Lo que ocurre es que el único escándalo es que eso ya lo sabíamos. Concretamente, desde el primer momento.

Un poco de contexto sobre la polémica: Robert Roos, el eurodiputado, tiene una larga batalla con los gobiernos de su país a cuenta del Pasaporte COVID. Por ello, pese a que la mayor parte de la audiencia de la Comisión Especial se ha dedicado a temas administrativos (irregularidades en el proceso de adquisición de las vacunas, falta de análisis, problemas de control, falta de trasparencia en cosas como el contrato firmado entre la Comisión Europea y las farmacéuticas, etc.), Roos decidió hacer la pregunta en cuestión.

Acto seguido, se apresuró a publicar en redes sociales un vídeo en el que denunciaba las supuestas mentiras del Gobierno de La Haya y el vídeo ha creado una enorme ola de críticas y malentendidos. El problema, como digo, es que solo se puede defender que las declaraciones de la representante de Pfizer destapan un escándalo olvidando todo lo que pasó durante la pandemia misma.

¿Qué hay de verdad en todo esto? Seamos claros: el carácter no esterilizante de las vacunas (de todas las vacunas que se pusieron en el mercado) era conocido, nunca se ocultó y, de hecho, generó ríos de tinta en la discusión pública del momento. Pretender lo contrario es, sencillamente, mentir. Y es que, no solo no se investigó en aquel momento, sino que por las mismas características de las vacunas (que obviaban la mucosa nasal; es decir, la pieza central del mecanismo de infección), las vacunas se aprobaron asumiendo que muy probablemente no impedirían la transmisión.

Es más, tenemos en este mismo medio un artículo de febrero de 2021 en el que celebrábamos que los datos provisionales del efecto de las vacunas en el mundo real estaba esclareciendo esta cuestión. En él, como se puede ver, se decía claramente que ese, el problema de la transmisión, era el "gran punto ciego de las vacunas". Y se enlazaba los datos de aprobación del Reino Unido que, recordemos, fue el primer país del mundo en autorizar la vacuna contra el coronavirus de Pfizer.

¿Por qué no se hizo? Como explicaba José Alcamí, virólogo del Instituto de Salud Carlos III, en el SMC, "para saber si bloqueaban la transmisión hubiera habido que hacer una PCR semanal, o cada dos semanas, a todos los participantes en el ensayo para ver si los vacunados sufrían menos infección asintomática o no se infectaban, algo inviable por el número de pacientes incluidos en estos ensayos". La misma representante de Pfizer explica en la misma respuesta que las circunstancias les obligaban a ir todo lo rápido que podían y, en resumidas cuentas, a buscar lo bueno (y no lo mejor).

Instrumentalizar la ciencia. En el fondo, esta polémica solo es un avatar más de la serie de polémicas que las vacunas han ido protagonizando en los últimos años. En noviembre de 2020, decía que "no obstante, y más allá de cuáles serán los resultados finales de cada una de las [vacunas] candidatas, lo que genera estupefacción es una estrategia comunicativa que está transformando lo que hasta ahora era un proceso burocrático y hasta aburrido no ya en una carrera biotecnológica de primer orden, sino en una partida de póker en la que el número de actores que "ven" la apuesta invita a pensar que más de uno tiene que ir de farol".

Retrospectivamente, hay que reconocer que conseguimos superar esos riesgos de manera bastante indemne. Vimos en vivo y en directo una de las proezas científicas más importantes de las últimas décadas y la confianza en la ciencia salió, en términos generales, bastante reforzada. Pero, como vemos, el ventajismo político no cesa y parece más interesado en empañar esa proeza que en aprender de todos los errores que hemos cometido para hacerlo mejor en el futuro.

Imagen | AP

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