Lo que 494.000 monedas enterradas llevan siglos intentando contarnos: el ocaso de Roma y el mundo Antiguo

Sin Mahoma, Carlomagno habría sido inconcebible: la tesis que revolucionó la historia medieval tenía razón, pero no del todo

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Eva R. de Luis

Editor Senior

En algún momento entre los siglos V y IX, el epicentro del mundo cambió de sitio: la hegemonía del Mediterráneo bajo el Imperio Romano desapareció y ese poder, riqueza y redes comerciales se movió al norte de Europa y el Medio Oriente. Pero nadie tiene claro cuándo, ni por qué, ni cómo sucedió, si bien hay un enorme registro de cartas que ayuda a entender su ocaso.

No hay consenso sobre si lo que colapsó primero fue la política o la economía, pero claro: no había registros de datos de producción, consumo o comercio, sino que había que fiarse de hallazgos arqueológicos y fragmentos de literatura. Un equipo de economistas ha respondido del tirón a todas esas cuestiones a través de monedas antiguas reconstruyendo la actividad económica del Mediterráneo inmediatamente después. En pocas palabras y recordando al Watergate, han seguido el rastro del dinero.

Más concretamente, casi medio millón de ellas repartidas en miles de tesoros enterrados entre el año 325 y el 950 d.C. En pocas palabras y recordando al Watergate, han seguido el rastro del dinero.

Lo que las monedas antiguas dicen. Más concretamente, han ensamblado una base de datos de 494.229 monedas antiguas procedentes de 5.625 tesoros enterrados entre el año 325 y el 950 d.C. en Europa, el Norte de África y el Medio Oriente. Cada moneda registra el lugar de acuñación, la dinastía emisora, fecha de acuñación y lugar de hallazgo. Los autores llegan a cuatro conclusiones que matizan información más o menos conocida:

  • El declive económico mediterráneo comienza en el siglo V.
  • La llegada del Islam colapsa el comercio entre el norte y el sur del Mediterráneo, pero el comercio entre regiones islámicas prospera con fuerza.
  • El consumo real alcanza su pico en el Medio Oriente durante el siglo VIII, bajo los califatos Omeya y Abasí.
  • En el siglo IX, la franja atlántica es la zona más rica del mundo occidental antiguo. Es decir, seis siglos antes de los grandes viajes de exploración.

Por qué es importante. La última de sus conclusiones es especialmente interesante porque lo que dice es que el ascenso económico atlántico sucede 700 años antes de la expansión colonial europea. Siete siglos antes de Colón y la exploración que les permitió establecer rutas comerciales y extraer recursos, el Atlántico ya era la zona más rica. 

Además, hurga en la herida de uno de los debates más acalorados y extensos de la historia medieval: qué destruyó el comercio mediterráneo y empujó a Europa hacia el norte. El historiador belga Henri Pirenne lo sintetiza en una frase: "sin Mahoma, Carlomagno habría sido inconcebible" apuntando a la expansión árabe como causante. Y a grandes rasgos, este trabajo le da la razón, pero con un matiz: el timing fue diferente, ya que el declive romano comienza antes. Esto cambia la causalidad: el Islam no provoca el declive mediterráneo, lo remata.

Contexto. El período estudiado arranca en el año 325 d.C., cuando el Mediterráneo aún es territorio romano y llega hasta el 950 d.C., cuando la Europa carolingia y el mundo islámico llevan siglos consolidados. En ese intervalo ocurren hitos como la división del Imperio Romano (395), la caída de Roma ante Odoacro (476), las guerras bizantino-sasánidas (602 - 628) y la fulgurante expansión árabe. 

En medio, un par de desastres naturales a tener en cuenta: la Plaga de Justiniano (la primera gran explosión fue en 541 - 549) y la pequeña edad de hielo de la antigüedad tardía(536 - 660), causada por erupciones volcánicas y que provocó la bajada de temperaturas del hemisferio norte casi un grado Celsius. Todos estos sucesos dejan huella en la circulación de personas, objetos y comunicaciones. 

Cómo lo han hecho. Las monedas son uno de los materiales más estudiados por la arqueología, pero casi siempre de forma descriptiva. Lo que hace este trabajo es usarlas como dato económico: cada moneda registra dónde fue acuñada y cuándo, el tesoro en el que aparece indica dónde y cuándo fue enterrada. Esa trayectoria funciona como proxy de ruta comercial. 

Los autores formalizan este método con un modelo matemático aplicado en bloques de veinte años, usando herramientas como ORBIS (el proyecto de Stanford sobre movilidad romana) y los registros del geógrafo árabe Al-Muqaddasī (985 d.C.) para reconstruir las rutas. Los datos revelan tres patrones: a más distancia del punto de acuñación, menos intercambio; las monedas más antiguas han viajado más lejos y los flujos a través del Mediterráneo cambian bruscamente en el siglo VII con las conquistas árabes. Que todo esto coincida con estudios independientes sobre cerámica romana confirma que el método es sólido.

Sí, pero. La gran limitación de este trabajo es su propia fuente: los tesoros de monedas no son una muestra aleatoria del comercio antiguo, sino que están donde están por un accidente (por ejemplo, el hundimiento de un barco) o se entierran por medio. Después, la arqueología los encuentra por azar siglos más tarde. Cada paso introducido es un sesgo que los investigadores han tratado de mitigar con proporciones de monedas dentro de cada tesoro y no con volúmenes absolutos, lo que elimina parte del problema. Aun así, las zonas menos excavadas probablemente estén infrarepresentadas.

Por otro lado hay un error de concepto: las monedas registran circulación monetaria, no toda la economía. El comercio en especia, el autoconsumo o la redistribución no dejan huella en este marco. Que el consumo colapse en una región puede significar simplemente que la economía se desmonetizó (algo que de hecho sucedió en la Europa post romana), más que un empobrecimiento. 

 

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