Hay una lista de países donde EEUU quiere cerrar sus bases. Y el primero está marcado en rojo desde su “no a la guerra”: España

Lo que empezó como una decisión soberana para no implicarse en una guerra se está transformando en un posible coste estratégico a largo plazo para España

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Miguel Jorge

Editor

Más de 80.000 soldados estadounidenses están desplegados de forma permanente en Europa, repartidos en decenas de bases que funcionan como nodos clave para operaciones en Oriente Medio, África y el propio continente. En muchos casos, estas instalaciones no solo tienen valor militar, sino que generan miles de empleos y millones en inversión local. Por eso, cualquier cambio en su ubicación suele decir mucho más sobre la política global que sobre la geografía.

España cambia el teatro. Lo contamos hace semanas. España decidió desde el inicio del conflicto marcar una línea clara: no participar en la guerra contra Irán, ni facilitando el uso de bases como Rota y Morón ni permitiendo el tránsito de aviones estadounidenses por su espacio aéreo. 

La postura, defendida por Pedro Sánchez bajo el argumento de evitar una escalada y respetar el derecho internacional, no fue simbólica sino operativa, obligando a Estados Unidos a rediseñar rutas aéreas y logística militar. Al mismo tiempo, situó a España en una posición singular dentro de Europa, diferenciándose de otros aliados que sí colaboraron, aunque fuera de forma limitada. Esa decisión, aparentemente defensiva, ha terminado teniendo implicaciones estratégicas mucho más profundas.

La respuesta de Washington. Hace unas horas y a través de una exclusiva del Wall Street Journal, se conocía que la administración de Donald Trump ha comenzado a perfilar una respuesta que va más allá de la retórica, con planes para castigar a los aliados que no respaldaron la guerra, reorganizando el despliegue militar estadounidense en Europa. 

La idea es clara: retirar tropas y posiblemente cerrar bases en países considerados poco fiables, mientras se refuerza la presencia en aquellos que sí apoyaron la operación. En esa lista de países “no amigos”, España aparece como uno de los casos más evidentes, no solo por su negativa operativa sino por su posicionamiento político abierto contra la intervención. La consecuencia es un cambio de lógica en la OTAN, donde el apoyo a conflictos concretos empieza a pesar más que la pertenencia formal a la alianza.

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España en rojo. Dentro de ese nuevo mapa estratégico, España emerge como el ejemplo más claro de ruptura con Washington, al haber bloqueado activamente operaciones militares y criticado públicamente la guerra. Las tensiones no se han quedado en el plano diplomático, con amenazas de embargo comercial y cuestionamientos sobre su gasto en defensa. 

Pero lo relevante es que el país pasa de ser un socio logístico clave en el flanco sur de Europa a convertirse en candidato a perder presencia militar estadounidense. En la práctica, eso significa que las bases que durante décadas han sido nodos estratégicos podrían dejar de serlo o perder fuerza si Estados Unidos decide priorizar lealtades más alineadas con su política exterior.

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Un rediseño militar hacia el este. Según el Journal, el repliegue en países como España o Alemania iría acompañado de un refuerzo en Europa del Este, con destinos como Polonia, Rumanía o Lituania ganando peso por su apoyo a la operación en Irán y su mayor compromiso en defensa. 

Qué duda cabe, este movimiento no solo reconfigura la presencia militar estadounidense, sino que acerca aún más las fuerzas de Washington a la frontera rusa, aumentando la tensión con Moscú. Al mismo tiempo, convierte la guerra de Irán en un factor que redefine el equilibrio de seguridad europeo, algo que hasta ahora estaba dominado por el conflicto en Ucrania. El mensaje implícito es que el alineamiento político tiene consecuencias directas en la arquitectura militar.

El choque político. No solo eso. Tras el alto el fuego en la guerra, las declaraciones de Sánchez criticando la guerra han intensificado un choque que ya venía gestándose desde el inicio del conflicto. “Los alto al fuego siempre son una buena noticia. Sobre todo si conducen a una paz justa y duradera. Pero el alivio momentáneo no puede hacernos olvidar el caos, la destrucción y las vidas perdidas. El Gobierno de España no aplaudirá a quienes incendian el mundo porque se presenten con un cubo. Lo que toca ahora: diplomacia, legalidad internacional y PAZ”, ha comunicado a través de las redes.

Así, mientras otros líderes europeos optaban por matices o apoyos parciales, España ha adoptado una postura frontal que ha incomodado especialmente a Washington. Este enfrentamiento refleja una fractura más amplia dentro de Occidente sobre cómo abordar conflictos como el de Irán, y pone de manifiesto la falta de coordinación previa entre aliados. La guerra no solo ha abierto un frente en Oriente Medio, sino también una grieta política en la relación transatlántica.

De decisión soberana a coste estratégico. En definitiva, lo que empezó como una decisión soberana para no implicarse en una guerra se está transformando en un posible coste estratégico a largo plazo para España. Lo cierto es que con las palabras de Trump nunca se sabe el alcance real, y aunque parece difícil que Washington quiera deshacerse de un nodo tan clave por su posición geográfica, la eventual pérdida de bases, inversión militar y peso dentro de la estructura de la OTAN podría alterar la posición de España en el equilibrio de seguridad europeo.

Al mismo tiempo, evidencia cómo las decisiones nacionales en conflictos globales pueden tener efectos colaterales inesperados en alianzas históricas. En este nuevo escenario, España no solo ha dicho “no” a una guerra, sino que podría enfrentarse a las consecuencias de haberlo hecho en un momento clave para el orden internacional.

Imagen | U.S. Navy 

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