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Yogures de alta (bio)tecnología y otras formas de usar ingeniería genética para sobrevivir al fin de los antibióticos

Yogures de alta (bio)tecnología y otras formas de usar ingeniería genética para sobrevivir al fin de los antibióticos
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Es posible que la palabra técnica no sea 'convencerlas para que se autodestruyan', pero la idea es esa. Ante la proliferación de las resistencias a los antibióticos, los investigadores están buscando casi desesperadamente formas de hacer frente a enfermedades que habíamos conseguido casi erradicar y que ahora vuelven con una fuerza inusitada.

Entre las muchas alternativas que se están estudiando, el CRISPR (el conocido como 'bisturí genómico') puede ser uno de nuestros grandes ases bajo la manga. Y no es ciencia ficción: varios grupos de investigación están trabajando muy en serio en algunas técnicas que lleven a las bacterias multirresistentes a la autodestrucción.

Reinventar los antibióticos usando CRISPR

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En los últimos años hemos hablado mucho sobre CRISPR. Por su sencillez, potencia y seguridad, esta técnica de edición genética es la puerta de entrada a una medicina casi totalmente personalizada. Una revolución que ya estamos viendo dar sus primeros pasos, pero que no deja de sorprendernos.

Era cuestión de tiempo que algunos investigadores intenten usarla para diseñar tratamientos muy específicos que ataquen a bacterias concretas. En 2015, Eligo Bioscience, una pequeña farmacéutica francesa, consiguió dos millones de euros para, precisamente, redefinir la idea de antibiótico usando CRISPR.

La búsqueda de un tratamiento realmente revolucionario

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Redefinir, reinventar, revolucionar. En aquella época era bastante literal, la técnica de edición genética estaba dando sus primeros pasos aplicados y, como ocurrió con otras enfermedades, hablar de "antibióticos" en este contexto podía parecer aventurado. El tiempo les ha dado, provisionalmente, la razón.

Al trabajo de Eligo Bioscience, le podemos sumar el de Locus, una empresa de la Universidad de Carolina del Norte, y numerosos grupos de investigación de todo el mundo. Un buen ejemplo es el profesor Van Pijkeren de la Universidad de Wisconsin-Madison que, con su equipo, está trabajando en acabar con la Clostridium difficile.

Aunque no es muy conocida, la Clostridium difficile es la principal responsable de la colitis pseudomembranosa, una infección de colon que afecta a medio millón de norteamericanos al año y causa la muerte de unos 15.000 solo en ese país.

¿Cómo "convencer" a una bacteria para que se "suicide"?

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En este caso, con un bacteriófago; es decir, usando un virus con predilección natural por nuestra bacteria objetivo y modificarlo en el laboratorio para convertirlo en un vector que introduzca una mutación concreta en dichas bacterias.

Es una técnica conocida, ya hemos conseguido usar ese tipo de virus para atacar otros tipos de bacterias. El problema con microorganismos como la C. difficile es que permanecen 'protegidas' por los ácidos del estómago. Éstos degradan los virus y nos complican la vida hasta proporciones insospechadas.

Por eso, en Wisconsin quieren hacer un probiótico. Cuando escuchamos hablar de 'probióticos' tendemos a pensar en cosas que llevan L. casei inmunitas y otros yogures por el estilo. Y la verdad es que, salvando todas las distancias, el término probiótico suele usarse para la ingesta de un medio con microorganismos asociados con beneficios sanitarios.

La idea del equipo de Van Pijkeren es crear un "probiótico" extraño, un cóctel de bacterias inocuas que oculten el virus y lo protejan. De paso, mejoran la forma de aplicación: cualquiera podría medicarse comiendo un yogurt después de cada comida.

¿La salida a uno de los grandes problemas del siglo?

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Como decía, esto de Van Pijkeren es solo uno de los nuevos "antibióticos" basados en CRISPR que se están desarrollando por todo el mundo. No es una jugada inocente. Actualmente, el mercado de las también nuevas técnicas de modificación genética se valora en 40.000 millones de dólares, pero si consigue redefinir los antibióticos su potencial no tendrá casi límites.

Y, como vemos, farmacéuticas, universidades y organismos lo saben. Lo saben y están trabajando en ello. La cuestión de si estas técnicas nos permitirán darle la vuelta al problema de las superbacterias y el fin de los antibióticos está aún por resolver, pero, hoy por hoy, podemos ser moderadamente optimistas.

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