Los farolillos han alumbrado el Real, el rebujito ha fluido y los coches de caballos han desfilado por las calles de Sevilla. Sin embargo, este año la atención visual no se la han llevado los lunares ni los mantoncillos cruzados, sino una paleta de colores faciales que desafía toda lógica primaveral. Si la cómica y tiktoker Tamara García Romero ya lo clavó en su vídeo parodia —enfundada en un traje de niña y embadurnada de autobronceador hasta las cejas para imitar la llegada de "cualquier influencer" a la Feria—, la realidad ha superado a la sátira.
Esta parodia refleja una realidad incómoda: lucir un bronceado de pleno agosto en abril es, fisiológicamente hablando, una misión imposible. El común de los mortales llega a la primavera arrastrando una palidez nuclear producto del invierno, pero la negativa rotunda a aceptar nuestro tono natural ha provocado que el autobronceador entre como un elefante en una cacharrería en la capital andaluza. El exceso ya no es la excepción; es el rey de la fiesta.
De la palidez al exceso naranja. Lo que empezó como un intento inofensivo de darse un "toque de color" ha mutado en una competición por ver quién satura más el pantone. La hemeroteca no perdona y nos muestra una escalada progresiva de este meme viviente. Ya en la Feria de 2024, la infanta Victoria Federica era bautizada en redes como "Borbón de chocolate". Un año después, la situación empeoró. La diseñadora y tiktoker Paloma Reina ('La Palo') paseó un traje blanco que resaltaba tanto su bronceado artificial que los comentarios de sus redes sociales se llenaron de joyas como "el color céntimo le da su toque" o empresas de toldos ofreciéndole sombra "nivel experto".
Pero este 2026 hemos tocado techo. El absurdo ha culminado con Álex Mancera, quien tras autoproclamarse "la más negra del Real" y afirmar en Telecinco que para él es "tradición ponerse moreno", ha lanzado el "Medidor Oficial de las Más Negras del Real". Según detalla El Correo de Andalucía, este artilugio permite a la gente comparar si su piel ha alcanzado el color "del choco". Lo que debería ser motivo de autocrítica se ha abrazado como un fenómeno cultural, donde la validación en redes y el pavor a desentonar entre la legión de influencers justifican el disfraz.
La ciencia detrás del color Cheto. Mientras las redes aplauden, la ciencia asiste atónita al espectáculo. Para entender por qué tantas asistentes acaban pareciendo dálmatas naranjas, Vanitatis aporta un baño de realidad química: la culpa la tiene el DHA (dihidroxiacetona). Este derivado de la caña de azúcar no tiñe, sino que oxida la capa más superficial de la piel. Si las usuarias no se exfolian previamente, el producto se aferra a la piel muerta, acumulándose en rodillas o codos, y cayéndose a parches con el paso de los días.
Las revistas femeninas, viendo el desastre, intentan poner cordura. Entre los consejos más destacados está el abandonar los tintes agresivos y recomiendan un simple aceite iluminador para lograr un "efecto glow". Sin embargo, el verdadero bofetón de realidad médica nos llega a través del Dr. José María Ricart, del Instituto Médico Ricart, es tajante y desmonta el mito de raíz: "El bronceado no es más que una respuesta defensiva del cuerpo. Es su forma de decir: 'me estoy dañando'". Esta dismorfia estética empuja a la gente no solo a abusar de la crema, sino a recurrir a aberraciones como la "droga Barbie" (Melanotan II), inyecciones ilegales que prometen moreno sin sol a cambio de náuseas y un riesgo elevado de melanoma, como denuncia el farmacéutico Fernández.
La paradoja del 'blackfishing'. Existe, además, una lectura sociológica que evidencia un claro doble rasero en torno al concepto de la tradición. Basta echar la vista atrás hacia otras festividades recientes: cuando mujeres racializadas han decidido participar en fiestas históricas —como ocurrió en las Fallas de Valencia—, vídeos en redes sociales no han tardado en alzar la voz, cuestionando y comentando de manera inapropiada.
Sin embargo, ese estricto celo conservador se evapora ante la proliferación de asistentes caucásicas que desfilan por el Real luciendo un oscurecimiento artificial extremo. Lo que en un contexto se percibe como una amenaza a la identidad cultural, en la Feria de Sevilla se aplaude, se normaliza o se reduce a la categoría de anécdota viral. El uso frívolo de tonalidades que rozan el blackfishing bajo el pretexto festivo banaliza la racialización, convirtiendo el color de piel en un mero accesorio de usar y tirar. Se cuestiona el derecho de la diversidad real a participar de la tradición, mientras se eleva a la categoría de meme a quienes se disfrazan de ella.
Bienvenidos a la era de la paranoia solar. Lo más cómico (y trágico) de esta fiebre del oro sevillano es que va a contracorriente del mundo entero. Mientras en la Feria compiten por ver quién satura más la melanina de bote, la élite dermatológica global vive inmersa en la paranoia solar.
Siguiendo la estela de Asia (donde la piel blanca es símbolo de estatus y se tapan la cara hasta con hojas de repollo), Occidente ha abrazado la cobertura total. Celebridades como Anne Hathaway o Halle Berry ya no lucen bikinis minúsculos, sino trajes con protección UPF 50+, sombreros gigantes y burkinis de diseño. ¿El motivo? "Proteger la inversión". Quienes se gastan miles de euros en láseres, bótox y colágeno saben que el sol es el enemigo público número uno del envejecimiento. Resulta de una ironía suprema que, mientras el mundo asume que broncearse es sinónimo de arrugas prematuras, en Sevilla se sigan bañando en químicos oxidantes para encajar en el efímero escaparate de la Feria.
Lo que queda cuando se apagan los farolillos. La Feria de Abril es un espejismo de albero, rebujito y farolillos que dura apenas una semana. En ese micromundo, el "efecto Risketo" puede parecer una medalla al honor y los comentarios sarcásticos en TikTok pueden alimentar el ego de los creadores de contenido durante unos días.
Pero la realidad fuera del Real es mucho más terca. Las tendencias pasan, la hipocresía de los disfraces estéticos queda retratada en las hemerotecas y, sobre todo, el daño celular no se borra con un buen lavado de cara. El bronceado —sea de bote, de sol o de inyección ilegal— dura lo que dura una feria. La piel, y las fotos manchadas a parches en internet, son para toda la vida.
Imagen | Alejandro Mancera y Joaquín O.C
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