Carles Tamayo, el veinteañero que desmonta estafas y sectas en YouTube e incluso se ha infiltrado en El Palmar de Troya
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Carles Tamayo, el veinteañero que desmonta estafas y sectas en YouTube e incluso se ha infiltrado en El Palmar de Troya

“Cuando hice toda la serie de reportajes sobre El Palmar de Troya preparé notas de prensa y las envié a medios de comunicación de los que tenía el contacto. Alguno que me respondió era como… 'Sí, pero es que es de YouTube'. Había como cierto descrédito. Incluso ahora. Me entrevistaron hace un tiempo en una televisión y me preguntaron cómo quería que me presentaran. Cuando les dije que como youtuber, uno del equipo me respondió: ‘Hombre, no te infravalores’. He visto cierto estigma en el hecho de ser youtuber. Cada vez hay menos, también te lo digo, cada vez se dan a conocer más youtubers que no hacen retos absurdos; pero sí que he notado ese estigma”.

Los pequeños detalles —al decir de un viejo y manido eslogan publicitario— marcan la diferencia. Y en el caso de Carles Tamayo la diferencia reside, confirmando las teorías de Marshall McLuhan, aquel filosofo del siglo XX que predicaba que “el medio es el mensaje”, en el canal que utiliza para comunicar sus contenidos. Tamayo es reportero. Uno muy bueno, si se me permite opinar; de los de cepa, de los tocados con el gen de contar historias y —menos frecuente todavía— de los que no dudan en jugarse el pellejo o quemarse las pestañas para dar forma a una buena historia. Tamayo es el reflejo de que en el siglo XXI la estirpe de los Larra, los Camba y los Leguineche sigue fuerte y sana. Su lenguaje y su medio, eso sí, poco tienen que ver con la pluma estilográfica o la vieja máquina de escribir Olivetti. Ni siquiera con la radio o la televisión convencionales.

Tamayo es hombre de audiovisual. De Youtube, para ser precisos, la misma plataforma en la que convive con gamers, influencers varios y una legión de usuarios anónimos que hablan y disertan sobre lo que les viene en gana sin tener que adaptarse a los rigores del canon periodístico.

Y eso —aunque admite que cada vez con menos frecuencia— choca a algunos, aun cuando con menos de 30 años Tamayo se ha ganado a pulso un lugar en la historia del periodismo patrio: en 2019 logró infiltrarse y contar desde dentro cómo es la Iglesia palmariana, una secta fundaba en Sevilla en la década de los 70 y que durante casi medio siglo había mantenido sus prácticas lejos de la incómoda mirada de los reporteros. A finales de 2021 puede que ya no extrañe ver buen contenido —corrijo, magnífico contenido— en YouTube o Twitch; pero a algunos, como el compañero con el que habló en TV, todavía les resulta chocante encontrarse con buen periodismo cocinado en y para las redes. Casi, casi como toparse con un Messi que hiciese gala de jugar en una liga menor.

Cuando un servidor empezaba primero de Periodismo en la universidad, en septiembre 2006, YouTube llevaba solo un año rodando y acababa de pasar a manos de Google Inc, a la plataforma le quedaban aún meses para traducir su interfaz al español y El Rubius subía sus primeros vídeos. La prensa era por entonces cosa fundamentalmente del papel o las ondas y aunque lo digital pisaba ya fuerte —El País abrió su web en 1996— dibujaba un escenario incierto al que se echaba un vistazo de vez en cuando allá, en lontananza, como parte de un horizonte de formas todavía difusas.

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Captura de uno de los reportajes de Tamayo sobre la Iglesia del Palmar de Troya.

A los periodistas, francamente, les preocupaba más el impacto de los diarios gratuitos que la remota posibilidad de que —década y media después— el público pudiese consumir gratis, vía smartphone, en la parada del bus o mientras espera turno en la carnicería, un reportaje de calidad profesional elaborado por un freelance veinteañero que trabaja sin el respaldo de medio alguno y es capaz de llegar a cientos de miles de usuarios, una audiencia por la que matarían muchas emisoras. La idea de que un youtuber como Ibai Llanos le arrebatase a As o Marca —popes del periodismo deportivo— una entrevista en exclusiva con el futbolista del momento sonaba, sin más, a ficción delirante.

Carles Tamayo (Masnou, 1995) es la viva imagen de los nuevos vientos que soplan desde hace años y cada vez con más fuerza en la comunicación, de ese "otro Nuevo Periodismo" que ni por asomo podían intuir Tom Wolfe, Truman Capote, Gay Talese o Hunter S. Thompson y que habría llevado a derrochar ríos de tinta al bueno de McLuhan. En la descripción de su canal de YouTube, Tamayo presenta sus piezas como “investigaciones y reportajes con rigor, ironía, respeto y humor” que intentan “dar voz a realidades silenciadas por los mass media”. 406.000 suscriptores y algún vídeo con 2,8 millones de visualizaciones acreditan que la fórmula no es mala del todo.

Leyendo La Vanguardia en el metro

Aunque el de Tamayo ha sido quizás un periplo periodístico poco ortodoxo, el gusanillo por contar historias le picó ya de niño. “La comunicación me ha interesado desde siempre, desde pequeño. Siempre he sido consumidor de radio, de televisión, de periódicos… Yo era el friki que iba al colegio leyendo La Vanguardia. La regalaban en el tren y yo iba leyéndola”, recuerda. A los 15 años primero una emisora escolar y después otra local, Ràdio Premià de Mar, le permitieron cruzar el telón, pasarse al otro lado de los medios, el del micrófono, y compartir sus propios contenidos.

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Carles Tamayo con parte de su equipo de trabajo.

“Hace poco escuché audios de aquella época y el formato es bastante parecido a lo que hago ahora. En uno de los capítulos, por ejemplo, hablaba de las elecciones de Badalona, de Albiol… Es muy cutre, pero podría ser perfectamente un reportaje que hiciera ahora”. Sus pinitos en las ondas le llevarían también a Radio Nacional. Con las ideas y su vocación meridianamente claras, estudio Dirección Cinematográfica en la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC), una de las más prestigiosas del país. En 2018 tenía ya el título.

También una noción del tremendo poder y alcance de las historias bien contadas.

Algo que me impactó mucho fue el reportaje Los Olvidados, del programa Salvados. Me dio a entender que el audiovisual podía ser no solo una forma de entretenimiento, sino también de ayudar a la sociedad. Me impactó mucho, ver cómo una pieza de 25 fotogramas por segundo ayudaba de repente a mucha gente con un tema que casi nadie conocía, que había estado tapado por los poderes políticos de Valencia —recuerda, ya con perspectiva—. El caso se abrió, la gente se sensibilizó… Me impactó. Dije: ‘Yo quiero hacer películas de entretenimiento para niños, que es lo que a mí me gusta, el rollo Spielberg; pero también contenido con pretensión de ayuda social’”.

Tamayo sintió el impulso de contar historias desde niño y desde muy pronto también empezó a relacionarse con los medios. Estudió en la ESCAC, ha elaborado un buen puñado de reportajes y reconoce su admiración por Évole

Y eso hizo: lanzarse a contar historias con ese doble pulso, el latido solapado de la ficción y el reporterismo que mantiene todavía hoy —“Lo que me gustaría hacer es películas”, confiesa— y que ha conseguido cultivar hasta convertirlo en su marca propia e inconfundible

Tamayo recuperó el canal de YouTube que había abierto años antes, en 2010, y en el que había subido vídeos en los que ensayaba las técnicas audiovisuales que iba aprendiendo —el primero es un corto en stop motion con figuras de plastilina—, para empezar a contar historias de la calle, relatos personales, pegados al asfalto y que compartía a sabiendas de que removerían conciencias y torcerían gestos. Hace cuatro años se arrancó con un vídeo de menos de cinco minutos sobre la turismofobia en Cataluña. Luego le siguió otro, “Rompiendo el Silencio”, en el que abordaba los abusos sexuales a menores; “Trenatronan: de vagón en vagón”, que recibió el Premio Sección Popular Artmov 2017; “Diabetes tipo 1: Dulce María”, “Prostitución Voluntaria: Una noche con Valérie”, “Vagabundo: la vuelta al mundo en bicicleta”… La lista sigue y sigue.

Artistas callejeros, enfermos, prostitutas, víctimas de abuso, trotamundos, oficios en extinción o incluso historias sobre viudas masái en Tanzania o niñas Kumari del Nepal. Rebañando los relatos a menudo olvidados por los grandes medios, Tamayo se lanzó a contar las historias humanas que a él mismo le hubiese gustado ver en la tele. “Eran reportajes sobre gente a la que veía y pensaba: ¿Cómo debe de ser su vida? Luego empecé con el contenido que estoy haciendo ahora”. Su currículo se completa con el callo que cogió en el sector del audiovisual. Pasó por Catalunya Ràdio, Teatro Lliure o Gran Teatro del Liceo. “Quemado” por las condiciones que se encontraba con frecuencia aquí, decidió hacer las maletas, cruzar el canal de la Mancha y mudarse a Londres.

En la City se topó con mejores opciones para ganarse la vida, pero a cambio de un desgaste personal alto y una incertidumbre constante. “A nivel laboral estaba muy bien, te respetaban como trabajador, pagaban lo que tocaba… Pero al no conocer a nadie estaba todo el día buscando trabajo. Mi rutina era levantarme a las siete de la mañana, irme a un bar y enviar correos, currículos, hacer videollamadas… Cada día. A base de enviar cientos de currículos, me daba para encontrar tres o cuatro trabajos al mes que estaban guais y me gustaban —rememora—. Me eché medio año así”. Desde allí seguía cocinando también sus propios proyectos y reportajes sociales.

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Captura de uno de los reportajes de Tamayo en TouTube.

Todavía en Londres, la oportunidad llamó a su puerta… en forma de estafa. Una muy chusca y digna de las pelis de Esteso y Pajares. Un buen día abrió su Instagram y se encontró con que los mismísimos Illuminati le habían escrito un mensaje lleno de faltas de concordancia en el que le ofrecían la posibilidad de ganar 350 millones de dólares, éxito y fama. Desconfió, claro.

“Como a mucha gente de mi generación, me llegó un mensaje de '¿quieres hacerte rico?' Pensé: No tengo nada que hacer aquí en Londres, así que voy seguirles el rollo a ver si consigo saber quiénes son”. A lo largo de una serie de vídeos desternillantes —para convertirse en Illuminati los presuntos estafadores llegaron a pedirle que entregara el cráneo de un león, tres dientes de pitón, cuatro huevos de tortuga y un litro y medio de agua del Mar Rojo; o, si se veía incapaz de reunir semejante arsenal, un generoso donativo, además del pago de 400 dólares—, Tamayo desenreda una chusca estafa y llega a contactar con sus autores, unos jóvenes de Camerún. Incluso explica en qué consiste el conocido como timo 419 y logra hablar con una víctima que sí había caído en el engaño.

Todo con un formato capaz de mantener el equilibrio entre el tono desenfadado y el más estricto rigor periodístico, cuidando los detalles, documentando cada paso y armando el discurso con una edición cuidada. Los vídeos, que comparten el aroma de los mejores videoblogs, rompían en cierto modo con el estilo de la mayoría de sus producciones anteriores, mucho más clásicas y canónicas. “Me gustó. Desde hacía medio año estaba preparando el tema de El Palmar de Troya y pensé: ese reportaje, que iba a hacer como un documental al uso, como los que había hecho hasta el momento, prácticamente de La 2, voy a hacerlo con ese formato híbrido entre documental y blog”, recuerda.

Había dado con la tecla y tenía una buena historia.

Estilo propio y olfato para las buenas historias

Tras una temporada en Inglaterra, con el suficiente dinero ahorrado para tirar al menos un año, Tamayo volvió a meter sus cosas en la maleta y regresó a España. En cuestión de meses estaba ya dando forma a su primer gran "bombazo", la serie en la que muestra cómo se infiltra en la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, relata su día a día desde dentro de la secta, sus normas y pautas, su catecismo, cómo se condiciona la vestimenta de sus acólitos, con quién pueden o no relacionarse o qué información deben consumir. Durante su visita a El Palmar, el youtuber llega a compartir su día a día con Joaquín, un fiel palmariano con el que establece lo que él mismo ha definido como "una extraña empatía". De su mano profundiza en las cuestiones más curiosas del día a día de los acólitos o la complicada relación con los familiares apóstatas.

Para conseguirlo Tamayo explota su faceta de actor. Con el pelo alborotado, camisa de puño cerrado y abotonada hasta la mismísima nuez, el youtuber borda el papel de joven aturdido que no acaba de encontrar su lugar en la sociedad y googlea ávido de verdades. Una actuación brillante, ejemplo del Periodismo gonzo que el mismísimo Hunter S. Thomson miraría con aprobación.

“Volví de Londres en junio y la primera semana de julio ya estaba hablando con el padre Braulio de El Palmar para ir a visitarlos. En julio lo grabé, en agosto y septiembre estuve editándolo y hacia mediados o finales de septiembre empecé a colgar los capítulos. Funcionó”.

Efectivamente: funcionó. El tiro era arriesgado y ambicioso; pero dio de pleno en la diana. Tamayo empezó a ganar seguidores, repercusión, a labrarse un nombre entre quienes no habían seguido su trabajo hasta ese momento. “Imagino que empecé a salirle a la gente, que YouTube lo recomendó; no sé cómo funcionó”, relata. Por las mismas fechas preparó una nota de prensa sobre lo que había conseguido y la envió a medios de comunicación, pero de entrada se encontró con el muro que —cada vez menos, cierto— separa ambos mundos, el de YouTube y el del periodismo al uso.

— ¿Por qué El Palmar, Carles?

— “Grabando uno de los reportajes que hacía de personajes anónimos, en Sevilla, pasamos con la furgoneta por El Palmar de Troya y me dijeron: 'Aquí hay una secta'. Yo no sabía qué era una secta. Fue cuando me interesé por saberlo. Lo digo en serio: cuando me puse en contacto por primera vez con la gente de la Iglesia palmariana mi idea era hacer un reportaje defendiéndolos en el sentido de, a ver, para mí creer en Dios o en la Virgen de El Palmar de Troya es exactamente lo mismo. ¿Por qué unos son una secta y los otros una religión aceptada? ¿Por el número de adeptos? Fue ponerme en contacto con ellos y ver que el problema no es en lo que creen, sino en cómo usan tu fe”.

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Captura de uno de los vídeos en los que Tamayo muestra cómo se infiltró en el Palmar.

A muchos reporteros el intento de estafa con unos berlanguianos Illuminati de por medio y la incursión en la basílica de El Palmar les habría llevado a un cambio de tercio, colgar durante un tiempo los guantes del boxeo informativo y dedicarse a temas más amables, con menos aristas. No fue así para Tamayo. En cuestión de meses estaba trabajando ya en otra serie de reportajes sobre IM Academy, en apariencia una escuela de trading; pero que el youtuber perfila como una presunta estafa piramidal que acabó enredando a un buen número de jóvenes —menores incluidos— y generando una comunidad en la que Tamayo aprecia rasgos de “secta comercial”.

Cómo dio con el tema recuerda en cierto modo a sus reportajes sobre el timo nigeriano. Fue uno de sus propios miembros quién se dirigió a él a través de las redes. “Me contactaron por Instagram al ver que tenía tantos seguidores, para intentar que me uniera a IM y compartirlo con mi audiencia; pero sin saber quién era yo ni cuál era mi contenido en YouTube”, explicaba Tamayo a Crónica Global, de El Español, en marzo, poco después de haber colgado su serie documental y cuando había en marcha ya una demanda colectiva impulsada por 450 familias afectadas por IM.

Cocción a fuego lento y sin ocultar la cocina

De cariz religioso o comercial, tirasen de la fe, de la ambición o del sueño de convertirse en un poderoso Illuminati con 350 millones de dólares en el banco, los reportajes sobre el timo 419, los palmarianos e IM aportaron a Tamayo lo mismo: seguidores, prestigio… y también una horda de cabreados —desde acólitos a presuntos estafadores— que no dudaron en hacérselo saber a través de las redes. Aunque las amenazas son el pan de cada día en el periodismo de investigación más incisivo, a menudo los reporteros suelen ocultarlas, reservárselas para el backstage, la privacidad entre bambalinas. También en eso el discurso de Tamayo es diferente. Él opta por hablar del tema. Su cocina periodística —para lo bueno y para lo malo— tiene las paredes de cristal.

Tras producir varios documentales con un formato "clásico", Tamayo decidió apostar por una receta más próxima al videoblog. Su éxito se demostró desde el primer minuto con sus reportajes sobre la estafa nigeriana y El Palmar. Hoy suma ya 406.000 suscritores en YouTube

“Yo siempre he consumido mucha prensa de todo tipo, había leído artículos sobre sectas, reportajes sobre estafas, y siempre me preguntaba: ¿Y luego qué? ¿Qué pasa? Nunca veía esa segunda parte de qué ocurre después. Era un tema que me interesaba, ese feedback. La gente de El Palmar tiene prohibido usar Internet, con lo que el feedback que recibí fue contado y medido por ellos. Con IM cambió porque todo el mundo tiene acceso a Internet y desde dentro me mandan mensajes del tipo ‘a mí esto no me lo dicen’”, explica. Con el tiempo ha recibido amenazas más serias, que advierten incluso con enviarle un sicario. Está también la otra parte, por supuesto: la de los afectados que acuden a él al sentirse identificados con sus vídeos. “A raíz de este reportaje estoy en contacto con muchos padres y sus hijos piensan que yo soy poco más que el diablo”, revela sobre las piezas de IM: “Si hay feedback lo comento porque es algo que a mí también me interesaba”.

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El youtuber delante de la basílica de Nuestra Señora del Palmar Coronada

Tamayo habla con rapidez. Su voz, a través del móvil, suena con el mismo tono desenfadado con el que tan bien marida sus reportajes. Un desenfado, eso sí, incisivo, sin concesiones al rodeo, honesto. El cinismo gratuito —ya sabéis, lo decía Kapuściński— no vale para este oficio.

— De todos los temas posibles, ¿por qué sectas y estafas, Carles? No son temas sencillos, pueden ser hasta peligrosos y tú los encaras como freelance, sin el respaldo de un medio.

— “En realidad… Ha sido un poco… —arranca al otro lado del teléfono después de unos segundos de reflexión— Me he especializado sin querer, ¿eh? Tampoco es algo que quiera seguir haciendo en esta línea. Estoy intentando hacer varios temas, temas que me interesen".

A lo largo de los últimos meses ha publicado piezas sobre la vida en un barco, cómo es el día a día de los refugiados saharauis, “vendehúmos”, el Pizzagate y Qanon o la homosexualidad en la Iglesia Evangélica. En uno de sus documentales más recientes ahonda de nuevo en el mundo de las sectas y relata sus propias experiencias durante 24 horas de "retiro espiritual" en una comunidad New Age. En septiembre dio un paso más y estrenó un podcast, “Disidencia controlada”, que según su propia presentación en Podimo busca “sumergirse en el oscuro mundo de la conspiración y las fake news. “Estoy súper contento. Yo empecé en la radio y me encantaba”, reconoce.

— Seguramente una de las claves de tu éxito es el formato de tus vídeos, cómo compones los reportajes: relatos ágiles, con guiños irónicos. No es fácil dar con el punto.

— “Básicamente lo que hacía de pequeño en el programa de radio, en la televisión, era imitar a Jordi Évole. Évole metía humor y yo llevo veinte años copiándolo. A mí Salvados me gusta mucho. El tono irónico, que a mí me encanta, lo meto, pero sin darme cuenta”.

A sus historias le sienta de mil maravillas. Tanto, de hecho, que Tamayo —que además de en YouTube y la esfera podcasts, está presente al menos en Twitter, Instagram y Twitch, una de sus grandes fuentes de ingresos— cuenta ahora con un pequeño equipo que le ayuda en su día a día. Una persona le echa una mano en preproducción, otro en la edición de los clips de Twitch y un tercer colaborador se encarga de moderar en el canal. “Tuve suerte. Tenía ahorrado lo suficiente como para estar un año enfocado en esto, pero desde el primer mes empecé a ganar dinero”.

En sus reportajes de investigación Tamayo sigue algunas pautas: busca temas que le interesen, huye del periodismo acelerado, se reserva el tiempo necesario para preparar el tema y opta por una "cocción" lenta, pausada, para lanzar la pieza una vez se siente orgulloso del resultado

Además del tono, otra de las claves de Tamayo es la cocción de sus piezas, a fuego lento, sin prisas y mimando cada ingrediente del aderezo, un "tempo" bien medido y que marca otra de sus grandes diferencias con respecto a los medios convencionales y la televisión de consumo diario. “Yo el concepto de exclusiva no lo acabo de entender. Si eres el primero en sacar la noticia igual es que no has tenido tiempo de mirártelo muy bien. Yo estoy hablando de QAnon, que ya me dirás la exclusiva que puede ser si el asalto al Capitolio fue en enero pasado —comenta Tamayo—. De las exclusivas igual puedo comentar algo en Twitch; pero en el canal principal no las manejo mucho. A nivel personal, creo que ese es uno de los grandes daños del periodismo. Subes algo que igual no está lo suficientemente contrastado para ser el primero. En Internet no hay última hora”.

"Una cosa que a mí no me acababa de gustar de los medios de comunicación tradicionales en los que trabajaba y que sé de amigos que siguen haciendo periodismo es la inmediatez. Si tienes que hacer un artículo tienes que informarte y, como mucho, mucho, dispones de un mes. Y en un mes tampoco se puede profundizar demasiado", comenta. Para jugar con más margen Tamayo trabaja en varios "temas de larga duración" a la vez. Unos requieren más dedicación —a modo de ejemplo cita El Palmar—; otros, menos. No importa; en su caso prima el contenido. "Si veo que el reportaje que quería sacar no está terminado aún mando un mensaje en Instagram explicándolo".

“Yo lo que hago en mi canal es tocar el tema que a mí me interesa dedicándole el tiempo que yo crea posible e intentando mimarlo. Esos productos van a quedarse ahí subidos durante años y yo quiero que estén bien acabados”, abunda el youtuber. De raíces cinéfilas, Tamayo cree firmemente que el público "nota eso, cuando [una pieza] está currada” y elaborada con tacto y rigor.

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Cartel de "Disidencia controlada", el podcast de Tamayo.

Cuando un servidor, quien escribe, empezó la carrera de Periodismo, en aquel lejano 2006 que queda escasa década y media atrás, una franja de tiempo no tan amplia, pero que en términos informativos las redes, la Web, los smartphones y las tablets han estirado como un chicle Boomer, perfiles como el de Carles Tamayo sonaban casi a novela de caballería. ¿Un youtuber capaz de escribir su nombre en la historia del periodismo español? ¿Un freelance que con la infinitésima parte del presupuesto de una productora profesional elabora reportajes capaces de alcanzar millones de visualizaciones y reunir una parroquia de 406.000 suscriptores que traspasa fronteras? No.

Pero Tamayo está ahí. Y se ha colado en El Palmar, un imposible durante décadas para los periodistas de la vieja guardia, bregados en mil batallas. Y ha destapado estafas piramidales y a profesionales del engaño. Y ha dado una visibilidad inimaginable a historias de outsiders que se habían quedado fuera del radar de las teles, radios y periódicos. Y ha acercado reporterismo bueno, de calidad y económico, a cientos de miles de seguidores que cada semana aguardan sus vídeos en YouTube igual que un chaval espera los domingos por la paga de la abuela. Y graba. Y edita. Y publica. Y genera hilos informativos que luego retoman los medios tradicionales. Y del cero absoluto, con poco más que una cámara y un móvil, se ha convertido en todo un referente del sector.

Por hacer, hasta se ha hecho un nombre entre los medios tradicionales y participado en ponencias y charlas sobre desinformación y manipulación, invitado por universidades.

— ¿Cómo te identificamos? —le preguntaban hace no mucho en aquella tele convencional.

— “Como youtuber” —respondió él, con orgullo.

Y está bien que así sea, muy bien. Opino yo.

Imágenes | cedidas por Carles Tamayo

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