El xoloitzcuintle, el perro que venció a la genética: más de 2.000 años sin pelo y una misión sagrada en el inframundo

El 'xolo' destaca por dos motivos: su aspecto pelón y atlético y su historia, tan antigua como fascinante

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Carlos Prego

Editor - Magnet
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Carlos Prego

Editor - Magnet

Cuando hacia la década de 1930 el nacionalismo mexicano empezó a reivindicar su pasado prehispánico y a rescatar iconos del país hubo uno en concreto que destacó por su simbolismo: el xoloitzcuintle. Su nombre quizás no te diga gran cosa, pero seguramente lo hayas visto en fotos o películas como 'Coco', de Pixar. El xolo, como se le conoce habitualmente, es una raza de perro originaria de México que destaca por dos grandes razones. Primero, por su aspecto, pelón y atlético. Segundo, por su historia, que se remonta a hace varios milenios y entronca con los aztecas.

Para ellos el xoloitzcuintle no era solo una mascota, sino un símbolo asociado a la muerte y el último compañero de los difuntos en su viaje al Mictlán, el inframundo mexica.

Un nombre que lo dice todo. Parece un trabalenguas, pero "xoloitzcuintle" no solo es el nombre de una raza de perros oriunda de México. La palabra, procedente del náhuatl, la lengua de los antiguos mexicas, es en cierto modo una descripción. Hay quien cree que es la combinación de 'Xólotl', el dios del fuego y la muerte, e 'itzcuintli', que significa perro. Otros consideran que la primera parte de la palabra es más bien un guiño al aspecto pelón del animal, por lo que se traduciría como “perro raro o arrugado”.

En cualquiera de los dos casos supone una tarjeta de presentación fantástica del 'xolo', una raza que lleva milenios ligada a México y destaca tanto por su aspecto exterior como por su historia y valor simbólico. De ahí que en los años 30 el movimiento nacionalista del país la "encumbrar como un símbolo nacional", comenta Raúl Valadez Azúa, del Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA) de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM.

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Sin pelos ni premolares. Su valor simbólico quizás no resulte evidente, pero como raza el xoloitzcuintle es inconfundible. Aunque hay ejemplares de diferentes tamaños y variedades con y sin pelo, habitualmente sus ejemplares se distinguen por dos características: son pelones y carecen de premolares. La razón hay que buscarla en su acervo genético. Durante su primera fase embrionaria en los xoloitzcuintle se forman tres capas, como recuerdan desde la UMAN: el endodermo, mesodermo y ectodermo. Esta última sin embargo se ve afectada por una mutación que afecta a los dientes y el pelaje.

"No se puede negar que un perro sin pelo está en desventaja. Por ejemplo, a la hora de pelear con otros canes o frente a los cambios climáticos. Pese a ello, después de 2.000 años, aquí sigue", reflexiona Valadez. Su peculiar condición también presenta algunas ventajas que han favorecido su vínculo con los humanos. Como carece pelo nos resulta fácil sentir su calor, lo que en el pasado hizo que los xolos se usaran con fines terapéuticos para aliviar reumas o dolores musculares. Igual que enormes bolsas de agua caliente.

"Una decisión de los dioses". "La gente de la región consideró que, si bien el perro pelón era un animal extraño, su aparición respondía a una decisión de los dioses y que por eso no le correspondía matarlo ni decidir su destino. Así, lo aceptó como a los demás perros y lo llamó xoloitzcuintle", añade el experto de la UNAM. El resultado es fascinante: una característica que a priori podría haber representado una desventaja frente a otras razas, acabó convirtiéndose en una señal de identidad que afianzó su valor simbólico y el vínculo con los hombres.

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Una raza milenaria. Si la apariencia del xolo resulta peculiar, su historia no lo es menos. Los expertos creen que la raza puede remontarse al menos a hace 2.000 años (hay quien la sitúa aún más atrás, a hace 3.500 años), surgió en el occidente de México y al cabo de 500 años empezó a dispersarse siguiendo dos rutas: una lo llevó hacia Sudamérica, la otra a Tula, Teotihuacán y territorios mayas. 

Su vínculo con los humanos también es muy antiguo. Los investigadores han encontrado restos que se remontan al siglo VII y parecen asociarlo, ya por entonces, a contextos funerarios. Incluso sugieren que se le atribuía un rol como guardián de espacios sagrados.

El perro azteca. Los restos de huesos y fragmentos de cerámicas han permitido a los expertos comprender mejor el papel que tenían los canes en el México prehispánico, donde se usaban con fines tanto eminentemente prácticos como simbólicos. Valadez recuerda por ejemplo que hay testimonios que hablan de sacrificios rituales de perros pelones en épocas de sequía o durante ceremonias masivas, también otros que nos revelan cómo sus hábitos carroñeros acabaron asociándolo a la muerte.

"Estos animales eran ligados al inframundo porque de alguna manera lo que comían en el mundo terrenal lo convertían en materias fecales, desechos orgánicos que se incorporaban a la tierra para pasar al inframundo y, posteriormente, se devolvían a la tierra como abono que nutría las plantas y, por tanto, a la vida", reflexiona el experto. Sin embargo, si por algo destaca el xolo, si algo le ha valido el apodo de 'perro azteca', es el rol espiritual que se le atribuía.

El último compañero. Su papel en la religiosidad prehispánica era tan relevante que aún hoy lo destacan las autoridades mexicanas, que incluso han designado el 27 de octubre como 'Día Nacional del Xoloitzcuintle'. La mitología aseguraba que cuando una persona moría su esencia emprendía un viaje al inframundo (Mictlán) que lo obligaba, entre otras cosas, a cruzar el río Chiconahuapan. Para ese recorrido necesitaba sin embargo la ayuda del xolo, que le echaría una mano (o no) en función de cómo se hubiera comportado en vida.

A lo largo de las últimas décadas los investigadores han encontrado restos de canes en sepulturas, lo que les ha permitido confirmar la creencia de que los fallecidos debían ser enterrados acompañados de un perro. Eso sí, con un matiz importante: aunque al principio se creía que los xolos eran la raza predilecta para ese rito, el factor realmente relevante era el color del pelaje. Debía ser tostado. A los cabellos blancos o negros se les atribuían otros significados que los invalidaba para el viaje hacia el más allá.

Imágenes Milton Martínez / Secretaría de Cultura de la Ciudad de México (Flickr) 1, 2 y Octavio Cárdenas (Flickr)

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