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Mi vida sin teléfono móvil
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Mi vida sin teléfono móvil

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Hace ya años de la extensión del binomio persona-smartphone como algo general. De hecho, es habitual que al conocer a una persona asumamos que use cierto servicio de mensajería o ciertas apps con las que podremos establecer futuras conversaciones y directamente le preguntamos por ello. Pero no hay que ir muy lejos para encontrarnos con personas que han decidido prescindir del smartphone en sus vidas aunque a priori nos parezca algo casi imposible.

Si bien es cierto que no es frecuente y sí resulta relativamente excepcional, es en parte consecuencia del recuerdo de "la era per-smartphone" de las generaciones que no nacieron o se criaron ya con la inherencia del teléfono móvil a la vida. Mientras tanto, con más incidencia dependiendo del ámbito de la zona (urbana o rural) y de los aspectos social y laboral encontramos a personas que renuncian al móvil en sus vidas y hemos reunido algunos casos. Os contamos su historia.

"Soy un espíritu libre"

Chuso tiene 42 años y se gana la vida alternando trabajos temporales desde hace muchos años (algo que en su caso ha llegado a ser cíclico en parte por la estacionalidad de éstos). Una pauta laboral que a priori exige un método de contacto continuo por el hecho de formalizar las contrataciones al perder el contacto de manera cíclica durante meses.

En su antiguo trabajo le pidieron repetidas veces que accediese a llevar un móvil, pero no cedió y siguió siendo el hombre con traje y sin teléfono

Pero nada más lejos de la realidad. Chuso ni se llegó a plantear adquirir un teléfono móvil "cuando aún eran teléfonos" (aludiendo a lo que ya solemos dirigirnos como dumbphone). No ha sido siempre un nómada laboral y recuerda cómo en su antiguo trabajo (no nos ha querido especificar cuál) le pidieron repetidas veces que accediese a llevar un teléfono móvil consigo, pero nos dice orgulloso que no cedió y siguió siendo el hombre con traje y sin teléfono.

¿Sus motivos? Entre risas nos dice la famosa y manida frase de "Soy un espíritu libre". Desde un principio se negó a estar localizable de manera permanente, o bien a que el hecho de no estarlo (si hubiese apagado el móvil o directamente dejado en el cajón) le hubiese ocasionado problemas laborales o personales. Conoce las posibilidades actuales de los smartphones, así como WhatsApp y las herramientas de comunicación más extendidas, pero para él representan más un contra que algo que se esté perdiendo.

No pudimos evitar preguntarle cómo puede organizarse sin terminal con respecto a los trabajos, y nos cuenta que lleva años siendo algo cíclico tanto para él como para sus contratantes y "sólo se trata de pasarse en la época adecuada por el lugar adecuado". Admite que no se lo pone fácil ni a las empresas ni a él mismo, pero que "su método" le funciona bien y ni necesita el móvil "ni lo piensa necesitar".

No necesito móvil ni lo pienso necesitar

"No lo quiero ni ver"

Milagros tiene 55 años y es una mujer analógica, en su caso por hastío. Nos explica que odia ver a la gente con la cara pegada a sus terminales, una visión que dice tener en muchos ámbitos, ya sea por la calle como a nivel doméstico. Comentó sorprendida el hecho de que no se despegue la mirada de la pantalla del terminal ni siquiera para cruzar la calle y el riesgo que ello conlleva.

A nivel personal, no se encuentra a gusto con un aparato con el que puedan tenerla controlada. No ve ningún tipo de ventaja social, más bien a contrario, porque desde su punto de vista las conversaciones se han reducido notablemente desde que los móviles (refiriéndose más bien la mensajería y redes sociales) se ha establecido en nuestras vidas. Y en este caso habla con conocimiento de causa porque sí tuvo móvil.

Tanto sus familiares en casa como sus amistades sustituyen la conversación por atender a los móviles: tiene claro que no va a unirse al enemigo

"Y porque me lo regalaron", nos aclara. Poco le duró la experiencia a Milagros, que tras un tiempo con el terminal éste acabó en el inminente cajón y nunca más pensó en darle una segunda oportunidad. Se muestra indignada por el hecho de que tanto sus familiares en casa como sus amistades sustituyen la conversación por atender a los móviles y tiene claro que no va a unirse al enemigo. ¿Y si quieren comunicarse con ella? Milagros lo deja claro:

Quien quiere algo me localiza llamando al fijo de casa

Grupo de gente mirando al móvil

"Ahora no voy a ponerme con estas cosas"

Antonio se jubiló tras años de electricista un poco antes de lo habitual por no poder seguir realizando su trabajo. A sus 63 años (y, de nuevo, habiendo olvidado sus gafas) mira entrecerrando los párpados y alejándolo de sí mi smartphone con el WhatsApp en plena efervescencia grupal. "Esto son tonterías y a estas horas no voy a ponerme con estas cosas", me dice frunciendo el ceño y negando con la cabeza.

También ha tenido móvil y en su momento no le suponía ninguna molestia, más bien todo lo contrario

También ha tenido móvil y en su momento no le suponía ninguna molestia, más bien todo lo contrario. En su caso, por lo que explica, debió tratarse de un dumbphone (no recuerda el modelo, pero por la descripción probablemente se tratase de un Nokia 1100 o similar), y le servía para estar comunicado tanto con sus compañeros de trabajo como para método de contacto con los clientes.

A la pregunta de por qué en la actualidad no tiene ni siquiera un móvil sencillo (sin conexión a internet o con ésta no habilitada, para llamadas y SMS), nos responde que no lo necesita porque ya no trabaja y está en contacto continuo con sus familiares y amigos. "Si no estoy aquí o allá, me tienes en casa", resume gesticulando sitios cercanos y haciendo ver que su vida se basa en un entorno de área reducida y más bien familiar.

Comenta que sí tiene línea fija por lo que pueda pasar o para quien vive en otras ciudades, pero no se plantea volver a introducir el móvil en su vida. Como en el caso de Milagros, par él la mensajería y el restos de aplicaciones que permiten un contacto continuo con los conocidos sería más un inconveniente que una ventaja.

"Acabo de hacerme Facebook y se queda en el ordenador"

Las amigas de Silvia podrían ser unas buenas comerciales de cualquier marca de smartphone sólo por el empeño que, según nos cuenta entre risas, ponen para que ceda y se compre un smartphone. "Están obsesionadas, con los teléfonos y con que yo me haga con uno, y no quiero más". Silvia se pasa el día rodeada de ellos en una oficina y se basta con un dumbphone por lo que pueda pasar.

Asocia (lo que ocurre en los grupos de WhatsApp) a cuando recibía emails con ese tipo de bromas gráficas y, ahora que hace años que no lo recibe no lo va a recuperar

Tiene 37 años y hasta hace relativamente poco, era ajena a las redes sociales. Nos cuenta que "tuvo que hacerse" un perfil de Facebook para poder colaborar en algunas organizaciones, pero que no concibe abrirlo en su terminal (si pudiese). Explica que es la única de su grupo de amigas sin WhatsApp, pero que eso no le afecta a nivel personal, y no le importa perderse las fotos y bromas que comparten. Lo asocia a cuando recibía emails con ese tipo de bromas gráficas y explica que ahora que hace años que no los recibe no lo va a recuperar, y menos a recibirlo de manera incesante en el teléfono.

No es, por tanto, un caso como el de Milagros porque sí tiene un móvil, pero como ésta se niega a estar sometida al control que según ella implica la mensajería. Se niega rotundamente a comprobar por sí misma qué son las notificaciones más allá de llamadas o mensajes, porque lo que ve a su alrededor está lejos de convencerla: "Oigo constantes vibraciones en las mesas en el trabajo, es ya un sonido más en el ambiente", nos cuenta con asombro.

A modo de anécdota nos cuenta que, antes del actual, tuvo un móvil con "un botón de acceso a internet que era el diablo", y ya empezó a rechazar lo de acceder a la red (conexión WAP) desde el teléfono. Cada vez que pulsaba accidentalmente ese botón azul se le aplicaba un cargo en la tarifa cuando ni siquiera entendía qué eran las opciones que se le mostraban.

La ventaja de todo esto es que, al ser "la amiga cara", me han de llamar, y sólo lo hacen cuando es imprescindible

Si no puedes con el enemigo, únete a él

Samsung

En estos tres casos que os hemos contado no han cedido a la "presión", ya sea social o laboral, y siguen con sus vidas sin móvil sin planes de que eso vaya a cambiar ni a medio ni a largo plazo. Sin embargo, nos han contando algunos casos en los que finalmente han tenido que incorporar un móvil a su vida, aunque de momento esto no ha cambiado sus convicciones con respecto al hecho de vivir con un smartphone.

Ejemplos de ello son, por una parte, Daniel, para quien el móvil genera adicción y perjudica la capacidad de concentración así como las relaciones sociales. En su caso ha tenido un móvil sin conexión a internet hasta que, al cambiar de tarifa, su compañía le ofreció un smartphone (bastante sencillo), y dado que le resulta muy útil para, además de llamar, ubicarse en un mapa o comunicarse por mensajería (Hangouts) desde el extranjero, duda que vuelva a un dumbphone.

Es profesor y en este caso explica que no le supone ningún extra en cuanto a su labor. Nos cuenta que solventa la comunicación con sus compañeros con el correo electrónico desde el ordenador, lo cual re resulta mucho más cómodo que responder desde una pantalla pequeña y con el teclado táctil. Además, no tiene WhatsApp porque le agobia la idea de que cualquiera pueda enviarle mensajes, e incluso a veces olvida el móvil en casa y pasa el día sin él.

Grupo de gente mirando al móvil

Otro caso es el de Josema, que considera el móvil como una forma de esclavizarse a los tiempos contemporáneos. Vivió sin uno hasta hace relativamente poco, aunque eligió un terminal sencillo y nada de lanzamientos recientes. Es un veterinario que vive y trabaja en un entorno rural que, según nos cuentan sus amistades, hasta el momento era muy difícil de localizar.

La resistencia

Como decíamos al principio, hay un evidente factor generacional y, salvo excepciones, la gente que permanece sin adoptar un terminal suele ser de mediana edad. El hecho de que haya trabajos que impliquen estar localizable hace que incluso en los casos en los que se rechaza en un primer momento, finalmente se acabe teniendo uno. Aunque ya hemos visto que cuando se es contrario por convicción, el móvil se acepta casi a regañadientes y se usa cuando no hay más remedio.

A su manera, en todos los casos se alude a una esclavitud y a una libertad coartada cuando se posee un móvil

Lo que parece común es el motivo: a su manera, en todos los casos se alude a una esclavitud y a una libertad coartada cuando se posee un móvil. En algunos casos directamente se aludía a los servicios más extendidos (al menos en España), como WhatsApp o Facebook. Y pese a la moda o a la cierta presión social que esto puede suponer paraa algunas personas, en estos casos que tratamos, como el de Milagros, no supone ninguna pérdida (sino todo lo contrario) el hecho de no ver las fotos o los memes que comparten sus amigas por mensajería.

Crecer y/o vivir en un ámbito rural también condiciona la adopción de móvil, bien para motivar la misma o bien para ni planteársela. El teléfono móvil es vital para comunicarse de manera instantánea en muchos trabajos dado que las distancias suelen ser mayores y, por otra parte, internet no está tan presente. En la cara B de esta situación se encuentra la gente que justo busca esa "incomunicación" y simplemente no suele necesitar nada que no encuentre en su entorno.

Probablemente, a medida que las generaciones nacidas "con móvil" vayan superando a las que han vivido la instauración del smartphone como objeto personal casi obligatorio, este grupo de personas que ya no es mayoritario se vea aún más reducido. Las cifras nos dicen que el número de líneas telefónicas móviles va en aumento, lo cual es otro signo de que cada vez hay más personas que ponen un móvil en sus vidas.

Imagen | Jim Holroyd 365

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