La Tercera Guerra del Golfo ya está aquí, y aunque los mercados financieros se aferren a la esperanza de una resolución rápida, la realidad física cuenta una historia mucho más oscura. El mundo se enfrenta en estos momentos a la mayor interrupción de suministro en la historia del mercado petrolero. Según detalla The New York Times, basándose en los análisis del experto energético Jason Bordoff, el bloqueo de facto del Estrecho de Ormuz ha sacado del tablero cerca de 20 millones de barriles diarios, lo que representa el 20% del consumo mundial.
Para poner esto en perspectiva, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) recuerda que el histórico embargo árabe de 1973 "apenas" retiró 4,5 millones de barriles diarios. El daño logístico, político y de infraestructura que la Operación Furia Épica ha desatado en el Golfo Pérsico es tan profundo que, independientemente de lo que se firme en los despachos, tardaremos años en volver a la normalidad.
El nuevo embudo global. Incluso si la guerra terminara hoy mismo y el Estrecho se reabriera al 100%, desenredar el atasco monumental tomaría meses. Tal y como explica Rory Johnston, investigador del mercado petrolero, a la revista New Statesman, "estamos hablando de dos a tres meses solo para renormalizar el sistema global". Los buques petroleros están amontonados a ambos lados del estrecho, y un reinicio repentino provocaría un colapso en las terminales de descarga, recordando a los peores cuellos de botella de la pandemia de Covid-19.
No será de repente. A esto hay que sumarle un factor clave: los barcos no volverán a navegar el día que se firme la paz. Las aseguradoras marítimas van a exigir meses de pruebas de que el Estrecho es seguro antes de volver a dar cobertura a los petroleros sin imponer primas inasumibles. Pero la situación es aún más compleja. Como detalla en un reciente análisis mi compañero Miguel Jorge en Xataka, la dinámica del Estrecho ha mutado drásticamente.
Irán ha convertido esta arteria en una especie de "discoteca VIP" marítima. Ya no es una vía de libre tránsito internacional, sino un sistema de acceso selectivo donde Teherán decide quién pasa. Mientras que los aliados de EEUU e Israel están vetados, países como España —que se negó a participar en la coalición militar— han recibido "pases" para sus buques.
La raíz del problema. Si la recuperación será tan lenta es, fundamentalmente, porque la infraestructura está ardiendo. A diferencia de conflictos anteriores, la estrategia de Irán se basa en una guerra asimétrica que busca destruir los pilares energéticos de sus vecinos. El ejemplo más devastador lo encontramos en Qatar, donde el ataque con drones iraníes a las instalaciones de Ras Laffan —la mayor planta de exportación de Gas Natural Licuado (GNL) del mundo— ha causado daños que tardarán entre tres y cinco años en repararse. Además, hay que sumarle los cierres temporales en refinerías saudíes como Ras Tanura que garantizan una disrupción a largo plazo.
El efecto dominó ya ha llegado a la tierra. Ante la imposibilidad de sacar el crudo por mar, los tanques de almacenamiento están a reventar. Irak se ha visto obligado a cerrar pozos y recortar su producción en un 70% sencillamente porque no tiene dónde meter el petróleo. Es lo que en la industria se conoce como petróleo "encerrado", y reactivar toda esa maquinaria detenida requiere semanas de trabajo técnico complejo.
El fantasma de una inflación crónica. El impacto de esta parálisis va mucho más allá del surtidor de gasolina y condicionará la economía durante el próximo lustro. Como advierte The Economist, el encarecimiento sostenido de la energía amenaza con enquistar la inflación global, empujándola rápidamente hasta un insoportable 5% o 6%. Esto significa que el coste de la vida, los tipos de interés y los precios de los productos básicos quedarán marcados por esta crisis durante años, ralentizando cualquier intento de recuperación real.
A esto se le suma una bomba de relojería silenciosa: los alimentos. Por el estrecho de Ormuz no solo transita crudo, sino un tercio de los fertilizantes del mundo. Si la agricultura global se queda sin este insumo vital, nos asomamos a una crisis alimentaria mundial que distorsionará las cosechas y los precios en los supermercados de las próximas temporadas.
En la antesala de los 200 dólares por barril. Si el bloqueo persiste, el dolor económico será inevitable. Los analistas de Macquarie Group advierten en Bloomberg que si el conflicto se extiende hasta junio, la cotización del crudo podría alcanzar la friolera de 200 dólares. El objetivo de este precio extremo no es otro que forzar la "destrucción de la demanda": que sea tan caro que la gente y las industrias simplemente dejen de consumir.
Las voces más pesimistas alertan de una catástrofe económica. Larry Fink, el director ejecutivo del gigante financiero BlackRock, advirtió en una entrevista con la BBC que si el barril se asienta en los 150 dólares, el mundo se precipitará hacia una "recesión severa y profunda". Y las consecuencias ya son visibles como que el combustible para aviones en Asia ya ha superado los 200 dólares. Mientras tanto, revistas como Fortune informan de que Goldman Sachs ha elevado la probabilidad de una recesión en EEUU al 30%.
El espejismo de Wall Street y los parches inútiles. Resulta fascinante y aterrador observar la desconexión entre la realidad física y los mercados financieros. Wall Street vive "hechizado" por los algoritmos y la intervención verbal (jawboning) de Donald Trump. Basta un tuit del presidente estadounidense anunciando vagos planes de paz —rápidamente desmentidos por Irán— para que las bolsas suban y el precio del barril baje momentáneamente. Los inversores confían ciegamente en el fenómeno TACO ("Trump Always Chickens Out"), creyendo que el presidente reculará antes de hundir la economía.
Pero los tuits no llenan los tanques. Para intentar mitigar el golpe, la Agencia Internacional de la Energía ha coordinado la liberación histórica de 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas. Suena a mucho, pero como recuerdan los expertos consultados por Al Jazeera, esa cantidad apenas cubre 20 días del petróleo que ha dejado de fluir por Ormuz. Es una tirita para una hemorragia arterial. De hecho, la desesperación de Occidente es tal que la administración estadounidense ha llegado al extremo de levantar temporalmente sanciones a Rusia, permitiéndole vender su crudo en el mercado abierto con tal de intentar aliviar los surtidores.
El gran ganador silencioso. Mientras Occidente se asfixia con la inflación y los problemas de suministro, a escasos miles de kilómetros Pekín observa el caos global con una frialdad casi insultante. Si Europa y EEUU tardan años en recuperarse de este golpe, el gigante asiático saldrá de esta crisis con una ventaja geopolítica abrumadora. A China no la ha salvado la providencia, sino una planificación milimétrica impulsada por la obsesión del presidente Xi Jinping de mantener el "cuenco de arroz energético" firmemente en sus propias manos.
La Gran Muralla energética china tiene dos frentes casi impenetrables. El primero es físico y logístico: cuentan con unas reservas masivas que pueden cubrir hasta 140 días de su demanda interna sin importar una sola gota por mar, apoyándose además en oleoductos terrestres y en una "flota en la sombra" que esquiva el vulnerable estrecho de Ormuz. El segundo frente es puramente estructural. China está liderando la transición mundial para jubilar a los vulnerables "petroestados" y erigirse como el primer gran "electroestado" del planeta.
El fin de una era. La Operación Furia Épica ha marcado el retorno oficial del "arma energética", una vulnerabilidad que Occidente creía haber superado tras los traumas de los años setenta. La columna editorial del Financial Times lo resume con crudeza: el comercio, el transporte y la inversión en el Golfo Pérsico nunca volverán a ser los mismos.
Incluso si se firma un acuerdo de paz mañana por la mañana, el régimen iraní ha descubierto (y demostrado) que su mejor defensa no es un ejército convencional, sino su capacidad de asfixiar la economía global bloqueando un simple paso marítimo. Hemos entrado en una nueva era de fragmentación donde la geografía ha derrotado a la diplomacia. Y mientras los políticos y los mercados buscan atajos rápidos, la realidad física es inamovible: la antigua normalidad energética ha muerto, y reconstruir la confianza en el Estrecho de Ormuz nos llevará años.
Imagen | Photo by Adam Śmigielski on Unsplash
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