De abogada profesional sénior a desarrolladora junior: por qué me convertí en programadora teniendo la vida laboral asentada

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Hay gente que hace de la necesidad virtud y, ante una situación laboral, personal o familiar complicada, decide dar un giro de 180 grados a su vida, reinventarse y empezar de cero. Pero hay otras personas que, aún teniendo una vida laboral asentada y una tranquilidad personal y familiar, sienten que su vida no les acaba de llenar y dan ese vuelco.

Ese el caso de Concha Asensio, que con 34 años decidió que su experiencia como abogada y project manager no le hacía feliz y decidió apostar por convertirse en desarrolladora. Algo que, como ella misma reconoce, ha conllevado pasar de ser una profesional sénior a una junior, con el cambio de sueldo que también conlleva.

Y, como en otros casos de gente que ha dado un cambio de timón al rumbo que llevaba su vida (como Inés Huertas, que se recicló con cursos de Coursera, o Diana Aceves, que vendía tableros), una cosa es lo que estudió casi por inercia y por los comentarios que recibía y otro lo que realmente le hubiera gustado hacer.

Algo con impacto

De padre médico y madre enfermera, Asensio reconoce que siempre le gustó la política “en el sentido de hacer cosas que impacten en la vida de los demás”, por lo que decidió no seguir la carrera de su abuelo, abogado, que le contaba cosas interesantes.

Reconoce que tuvo muchas dudas. No solo llegó a hacer el bachillerato de salud, sino que tuvo asignaturas de informática “que me gustaron muchísimo”. Tanto que pensó en apostar por esta rama. “Hablé con el orientador, pero me dijo que no me dedicara a la informática, porque no se me daban bien las matemáticas”, recomendándole tirar por las letras o estudios sanitarios. “Llegó incluso a decirme (era el año 2003 o 2004) que informática era algo que no tenía futuro”, recuerda.

Así pues, finalmente optó por estudiar derecho y ciencias políticas. “Me gustaba y sentía que se me podía dar bien” y acabó por especializarse en política internacional, realizando un máster en la materia.

Allí descubre el derecho de propiedad intelectual e industrial y el de las telecomunicaciones. “Ahí empecé a reencontrarme un poquito con mi gusto por todos estos temas de la tecnología y de cómo influye el derecho en otros temas”.

De la abogacía a los RRHH

Tras acabar el máster, obtuvo una beca Leonardo da Vinci (que facilita una experiencia laboral en otro país europeo) y se puso a trabajar en un despacho de Múnich sobre el tema de patentes. Pero pronto se dio cuenta de que la abogacía “es un poco complicada” y no se le terminaban de abrir puertas. “O has hecho un máster súper especializado en una institución de renombre sobre ese tema o va a ser muy difícil que empieces a trabajar de eso”, denuncia.

Asegura que fue “dando tumbos” y “encadenando trabajos precarios de falso autónomo” y, sobre todo, “sin encontrar lo que realmente me gustara o me motivara”, hasta que en 2015 se presentó a un puesto de Recursos Humanos (RRHH) en BMW en Múnich.

No fue la elegida, pero le hablaron de Airbus, que tenía procesos de selección abiertos tanto para Alemania como para España. “Que fueran empresas internacionales y de carácter industrial y técnica me llamaba la atención, quería seguir en ese ambiente, aprender, coger experiencia”, explica.

Concha

Entrar en Amazon en la parte de logística

Sin embargo, Asensio seguía sin tener la estabilidad laboral que buscaba. “Solo tenía contratos temporales”, explica. “Los tres años que estuve en Airbus fue encadenando contrato temporal tras contrato temporal”. Algo que, reconoce, acabó minando su moral y optando por, en 2018, renunciar a firmar otro contrato temporal.

“Me puse a pensar en qué tipo de empresa me gustaría trabajar. Por el tema de tecnología e informática, una de las que primero se me vino a la mente fue Amazon”, asegura. Fue a su página web y vio tenían bastantes ofertas laborales en España, algunas de ellas como Human Resources Business Partner su puesto en Airbus. Y acabó entrando en esta compañía.

“Ahí me di cuenta de varias cosas, entre ellas que no me gusta el negocio de la logística”, asegura, riéndose. También aprendió muchísimo a nivel de gestión de equipos y de automatización de procesos de procedimientos. “Era una forma totalmente distinta de trabajar”, explica.

Dejarlo cuando no tienes nada de qué quejarte

En este punto, Asensio reconoce que la decisión no fue fácil. “No estaba (o no creía) en una situación de precariedad laboral”, señala. Asensio cree que es más fácil de entender que, si alguien tiene un trabajo que no gusta o por el que no le pagan bien, lo deje para empezar otra cosa.

“Yo tenía en ese momento un contrato indefinido, cobraba muy bien, estaba en una empresa que mucha gente soñaría con entrar a trabajar ahí y en plena crisis del Covid, momento en el que mucha gente a mi alrededor lo estaba pasando mal porque la estaban despidiendo”, recuerda.

Sentía que yo no tenía derecho a sentirme mal y a querer parar”, reflexiona. Una sensación con la que, asegura, se martirizaba.

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¿Y si empiezas a programar?

Finalmente, y en los primeros albores de la pandemia, en la primavera de 2020 Concha Asensio decide renunciar a su puesto en Amazon y, animada por su marido (ingeniero informático) decide probar la programación.

Vuelve a incidir en que era algo que siempre le había llamado la atención, que su experiencia laboral previa tanto como abogada como en Airbus le refuerzan esa idea por lo tecnológico y técnico y que, incluso ayudaba, a su marido cuando los fines de semana hacía ejercicios de programación.

Aunque no terminaba de verlo claro (“¿cómo iba a empezar yo a programar, a mi edad, con una carrera profesional?”), se animó a probar diferentes recursos gratuitos para ver si realmente era algo que le podía llenar.

La puntilla final fueron dos reflexiones que se hizo. Por un lado, que “tenía que llevar una vida en la que pudiera prestar más atención a mí misma, y eso el trabajo que tenía no me lo iba a permitir nunca”, señala. Por otro, que sentía que estaba haciendo muchas cosas “que entraban en conflicto con mi forma de pensar y de ver las cosas, de esos valores de “deja el mundo mejor de lo que te lo has encontrado”. Y eso me estaba afectado mucho”, explica.

¡Pero si no soy informática!

Así pues, Concha Asensio pensó que quizá no sería tanta locura empezar a programar. “Le pedí a mi marido que me contara más del mundo en el que él se movía. Pensé que tendría que ponerme a estudiar informática, pero fue el primero que me dijo que nunca le habían pedido el título”, detalla.

"Nos tenemos que quitar la idea de que la decisión que tomamos con 18 años nos tiene que marcar el resto de nuestra vida”

Tras ver y valorar varias opciones, se decantó por el mundo front-end y por los cursos de Adalab, que forma a mujeres en programación para romper también la brecha digital. Reconoce que estuvo valorando otro tipo de bootcamp, especialmente los de Iron Hack, pero le motivó la idea de que el de Adalab estuviera "pensado para mujeres y para intentar cerrar la brecha de género que hay en programación".

También asegura que le acabó convenciendo que la formación no solo fuera técnica, sino también en habilidades sociales. "Te enseñan a programar, pero también a trabajar en equipo, metodología agil, scrum, tallerers para preparar entrevista y CV en el mundo tecnológico, cómo meterte en las comunidades tecnológicas...", recuerda.

Entrar en Adalab

Sin embargo, reconoce que no tenía todas consigo de que fuera a ser una de las elegidas para hacer esta formación. "Uno de los requisitos para recibir esta formación es estar en una situación de precariedad laboral y no sabía si a mí se me iba a considerar así", reconoce.

Estudiantes

Finalmente fue aceptada en el programa, tras superar las pruebas técnicas, psicotécnicas, de inglés y la entrevista personal. "Aquí evaluaban que fuera realmetne una decisión que hubieras sopesado. No es un curso para aprender programación; se trata de reorientar tu carrera profesional para empezar a programar", subraya.

Aunque asegura que los ´índices de colocación ya no son tan altos, Asensio también se sentía motivada por las probabilidades de encontrar trabajo que ofrecía esta formación.

No todo es miel sobre hojuelas

Asensio tiene la sensación de que la formación que recibió en Adalab  era buena. "Era lo que te da tiempo a ver en tres meses", reconoce, valorando especialmente cómo estructuraron la enseñanza. "A terminar cada módulo teníamos una entrevista técnica. Después de resolver un ejercicio, tenías que defender tu código. Luego te aconsejaban determinados cambios. También había que defender un trabajo en grupo", recuerda.

“Había muchísima información. Creía que no iba a ser capaz de asimilarlo todo, pero luego había muchos momentos de satisfacción cuando veías lo que habías hecho. Mi primer “Hola, mundo” fue maravilloso”, recuerda satisfecha.

Eso sí, reconoce que también tuvo momentos de bajón. “A veces pensaba que no servía para eso y me plantaba qué había hecho con mi vida”, concede. “Pero era la primera vez que podía ver directamente y de manera rápida el impacto de mi trabajo”, añade.

Las mujeres referentes

Asensio también explica que, aunque se ha movido en entornos laborales muy masculinizados, le daba “un poco de miedo” trasladarse al sector tecnológico, con mayoría de trabajadores hombres. Un temor agrandado por el hecho de “sentirme inferior por lo tremendamente nueva que soy, por el tema de la titulitis, por pensar que vas de impostora…”.

Las dudas sobre "¿qué hecho con mi vida?" han sido constantes. Pero no se arrepiente del cambio dado 

Además, asegura que para su marido todo era más fácil de lo que ella se planteaba y temía. “Pero, claro, él es hombre, e ingeniero y, como le han ido muy bien las cosas desde que terminó la carrera, no ha pasado por el proceso de no encontrar trabajo ni tener puestos precarios”, explica.

Aunque su pareja le insistiera en todas las bondades del sector tecnológico “yo no terminaba de creerme que eso fuera así”. Por eso, asegura, le ayudó mucho encontrar el testimonio de otras personas que han pasado por un proceso parecido al suyo, sobre todo mujeres. Entre ellas, habla de Nerea Luis, Diana Aceves, Laura Lacarra o Aida Albarrán. “Aspiro a ser como ellas”, aunque reconoce que ninguna ha pasado por una situación como lo suya. Y, en cierto sentido, espera que contar esta experiencia pueda servirle a otras personas.

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La importancia de las comunidades de desarrollo

Asensio terminó la formación de Adalab a mediados de agosto de 2020 y empezó a trabajar en su puesto en enero de 2021. “En esos meses no me salieron muchas oportunidades, pero seguí formándome”, aunque las dudas volvieron a aparecer de vez en cuando. “Es duro ver que no te llaman y que no sale ninguna oportunidad”, señala.

Asensio cree que la situación no era buena porque había mucha incertidumbre por la pandemia. "Las empresas no contrataban mucho, no había procesos de selección y menos para juniors", asegura.

A sus 34 años ha vuelto a una posición junior. Ha perdido económicamente, pero ganado en calidad de vida y paz mental

Fue en ese momento cuando decidió cambiar su estrategia de búsqueda de empleo. Si hasta este momento se había centrado en portales como LinkedIn o InfoJobs, decidió apuntarse a eventos (aunque fueran online) y a adentrarse en las comunidades de desarrollo. Algo que, asegura, cambió su destino.

"Conoces gente que te ayuda. Empezaron a salirme las primeras ofertas. Twitter fue fundamental, me escribieron mucho y se hizo muchos retuits de mi búsqueda de empleo", recuerda. Llegaron los primeros procesos laborales. "Fue un poco demoledor porque no siempre te dan feedback. Te dicen que no te cogen pero no te dan las razones y eso no te ayuda cuando estás empezando", explica.

De nuevo, volvían las dudas. "Eran pocas oportunidades y no terminaban de cuajar". Aunque asegura que en esa búsqueda de empleo solo miraba puestos de programación, también concede que "tenía momentos de debilidad y me planteaba buscar ofertas de cualquier cosa". Eso sí, añade que, al ver los requisitos de puestos para los que estaba mejor preparada, "se me quitaban las ganas porque no quería volver a ese mundo de estrés y poca flexibilidad".

Cómo encontrar trabajo de junior con 34 años

Concha Asensio encontró, pues, trabajo gracias a adentrarse en las comunidades. ¿Es necesario que alguien te apadrine para encontrar trabajo, especialmente si es de junior con 34 años?

"Más que gente que te apadrine es a través de quién te llague la oferta", reflexiona. Por su experiencia, cree que en los portales de empleo las candidaturas pasan más desapercibidas. "En la comunidad estás hablando con líderes de equipos ténicos, con responsables de RRHH de una emrpsa concreta... No es tener padrino, sino estar en contacto con la gente que puede contratarte", explica.

En su opinión, conseguir el primer trabajo es lo más difícil. Una vez logrado, "la cosa cambia" tanto hasta el punto de que, al mes de iniciar su nuevo trabajo, ya empezó a recibir nuevas ofertas. "No me queiro cambiar, porque estoy en una empresa ma´s pequeña y familiar, estoy aprendiendo mucho y de la forma en que me gusta", aclara.

Pese a estos primeros sinsabores, recomienda con creces el sector. “La primera oportunidad es un poco complicada, pero no me arrepiento del cambio que he dado a mi vida, pese a ser junior con 34 años”, con el cambio, también salarial, que eso conlleva.

Concha

Pero Asensio asegura que no le importa. “A nivel económico he salido perdiendo muchísimo, pero he salido ganando mucho a nivel conciliación, de flexibilidad y de paz mental”, expresa. “Todas esas pequeñas cosas hacen que hoy en día por supuesto me haya merecido muchísimo la pena. Me divierto trabajando y hacía muchísimo tiempo que no me reía o no me divertía en el trabajo”, añade.

¿Universidad o bootcamp?

En el mundo del desarrollo, hay cierta polémica por si deberían tener la misma condición quienes han estudiado la carrera de Ingeniería Informática y aquellos que han llegado por la vía de un bootcamp.

Asensio dejó un trabajo estable y bien pagado en plena crisis del Covid para aprender a programar y encontrar un trabajo que le realizara

Asensio reconoce que se ha topado con esos comentarios, pero prefiere no entrar en estas polémicas porque, asegura, le afectan. “Muchas veces me digo que tendría que estudiar ingeniería para ser una desarrolladora de verdad. Muchas veces me cuesta rellenar algún formulario y poner que soy desarrolladora”, profundiza.

Sin embargo, cree que hoy en día hay muchas opciones para formarse, tanto a nivel autodidacta como con otras formaciones no regladas. También defiende la universidad “por lo que te dan a nivel personal, de crecimiento personal” y porque ella misma tiene dos licenciaturas. “La clave es en el momento en el que cada uno decide dar este paso de dedicarse a esto. No es lo mismo darlo a los 16 que a los 35. En función de lo que busque cada uno, de la necesidad y de las expectativas, te puede encajar más una cosa u otra”.

En este punto, subraya que “nos tenemos que quitar la idea de que la decisión que tomamos con 18 años nos tiene que marcar el resto de nuestra vida y tiene que ser para siempre”, como le ha pasado a ella. Porque “con vocación se nace, pero esa vocación también se puede hacer y se puede descubrir en distintos momentos vitales”.

Me queda más vida que la que llevo vivida

Concha Asensio nos cuenta que cuando pensaba en dar este giro a su vida, el temor era que ya tenía 33 años. “Luego pensaba que nos jubilamos con 67. Es decir, me queda de vida laboral más de lo que he vivido hasta ahora”. Algo que le hizo concluir que no tenía ninguna necesidad de estar como estaba. “Me da para cambiar ésta y otra mil veces más”, enfatiza.

Salto

“Si tomas un camino y ves que ese no es el tuyo o que no te lleva a donde quieres estar, pues prueba otro”, recomienda.

Aquí coincide con otros profesionales que, teniendo formación de letras, se han dedicado a la programación en que quizá con habilidades matemáticas puede resultar más fácil entender algunos conceptos. Pero que nadie tiene, en principio, mayor inconveniente para aprender a programar. “Si te gusta, te va a enganchar y vas a querer aprender más. Yo ahora estoy aprendiendo algoritmia cuando en el instituto me echaría las manos a la cabeza”, pone como ejemplo.

Sigo siendo abogada colegiada

Pese a todo, Concha Asensio sigue pagando religiosamente todos los meses su cuota del Colegio de Abogados de Madrid. Algo que hace, concede, “quizás por esa sensación de seguridad de decir tengo un sitio al que volver si esto, que ha sido un salto al vacío, sale mal”.

"Es la primera vez que puedo ver, y de forma inmediata, el impacto que tiene mi trabajo en los demás. Mi primer "Hola, mundo" fue maravilloso"

Además, explica que fue la última promoción de Licenciados en Derecho antes de entrar los Grados y el Plan Bolonia, que obliga a hacer un examen si se quiere ser abogado. Algo que los licenciados no tenían que hacer. “Al ser la última promoción, coincidimos con los primeros de Grado y hubo mucha polémica sobre si debíamos nosotros pasar también por esas pruebas. Nos dijeron que si nos colegiábamos justo cuando terminamos la carrera no hacía falta que realizamos el examen”.

Aunque ejercer como abogada no entra en sus planes, asegura que le da miedo perder esa opción si deja de pagar la colegiación porque le obliguen a hacer ese examen adicional.

No me arrepiento de mi pasado

Cuando le preguntamos cómo se ve dentro de cinco años, Concha Asensio titubea. “Me cuesta contestar esa pregunta, porque si es cierto que a veces me arrepiento de haber llegado a este mundo tarde y no haber empezado antes”, se arranca, para añadir, a renglón seguido, que lo bueno de haber llegado ahora es que le está permitiendo “vivirlo y disfrutarlo de una forma distinta que si hubiera empezado cuando tenía 16 años”.

Reconoce que lo que le preocupa es el cómo aprende las cosas. “Estoy muy centrada y me gusta mucho ir poco a poco, el ir aprendiendo las buenas prácticas”.

Así pues, contestando a nuestra pregunta, dentro de cinco años “me gustaría estar en un puesto que me permitiera seguir desarrollándose, aplicando esa buena práctica, habiendo sido capaz de aprender a desarrollar con calidad, sin importar mucho el lenguaje a utilizar”.

De lo que sí se arrepiente es de no haber tomado ella la decisión en su juventud. “Fueron otros los que me empujaron diciéndome que yo no podía”, recuerda. Pero, dándole otra vuelta, vuelve a coincidir en que también ha disfrutado mucho de su anterior etapa laboral. “Lo que he hecho es lo que lo que ha permitido que a día de hoy yo sea quién soy, que tenga unas determinadas capacidades o habilidades interpersonales”, concluye.

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