Sócrates, filósofo, sobre los amigos: "Lo importante no es cuánto valen tus amigos, sino lo que tú vales para ellos"

Llevamos 2.400 años haciéndonos mal una pregunta clave: ¿qué significa realmente la amistad?

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javier-jimenez

Javier Jiménez

Editor Senior - Ciencia
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Javier Jiménez

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Sócrates era muchas cosas, pero sobre todo era un liante. Un día, mientras charloteaba por la calle, miró a Antístenes y le dijo "¿tienen los amigos un precio, como los esclavos?"

Me imagino que Antístenes se quedaría un poco descolocado. Pero, bueno, ya sabía cómo se las gastaba el viejo y, en fin, tampoco le dio mucho tiempo. Sócrates siguió hablando y explicando que mientras un esclavo puede valer dos minas; otro media y el siguiente, cinco o diez. Nicias, que debía de ser alguien muy conocido, llegó a pagar un talento por un capataz para sus minas de plata.

¿Pasaba lo mismo con los amigos? Parece una pregunta sencilla, casi absurda. Pero llevamos 2.400 años tratando de resolverla. 

Hablamos de (dinero) amigos. Antístenes, que luego sería uno de los fundadores de la escuela cínica, le respondió que, efectivamente, a algunos los quería más que dos minas y otros no los valoraría ni en media. Por otros, pagaría lo que no tenía.

En aquella época, según las cuentas de obra del Erecteion, el jornal era de un dracma al día. Una mina eran, según creemos, cien dracmas. Eso nos da una idea de lo que Antístenes valoraba a sus amistades. Pero Sócrates no estaba haciendo inventario. 

¿Y qué estaba haciendo? Uno de los amigos de Sócrates lo estaba pasando mal. Muy mal. Los problemas económicos lo acosaban y estaba en un sinvivir. Pero Sócrates tenía muchos amigos y, uno en concreto, era amigo de los dos. Era amigo de los dos, sabía que el pobre lo estaba pasando mal y, en fin, miraba para otro lado. 

Así que el viejo filósofo lió todo ese circo para acabar diciendo que convendría que cada uno se examinara para saber cuánto vale para sus amigos y procurara valer lo más posible. Todo esto lo cuenta Jenofonte y, en el siguiente capítulo, de hecho explica que cuando le preguntaron a Sócrates cómo reconocer a un buen amigo, éste respondió que de la misma forma que uno reconoce a un buen escultor: no por lo que dice, sino por las estatuas que ya ha hecho.

2.400 años haciéndonos la pregunta mal. En 2018, Erica Boothby y Gus Cooney sentaron a desconocidos a charlar cinco minutos entre ellos y luego les preguntaron cuánto les había gustado el otro y cuánto creían haberle gustado ellos. 

Parece una pregunta tonta, pero las conclusiones fueron muy curiosas: sistemáticamente, la gente gustaba más de lo que creía gustar. Es lo que conocemos como liking gap (algo así como "la brecha del agrado") y no es algo relacionado con las primeras veces. Según parece, en estudios de compañeros de habitación universitarios, la brecha aguantó varios meses.

Y, de hecho, nos afecta de las maneras más insospechadas posibles. 

¿A qué viene esto? A que si hoy repitiéramos el ejercicio de Antístenes con nosotros mismos, casi seguro que nos pondríamos un precio más bajo del que nos pondrían los demás. 

Y ese error, que no tendría por qué ser malo, nos entorpece nuestras relaciones personales. Como creemos que no valemos mucho para los demás: no escribimos, no llamamos, no proponemos el café. Nos aislamos de los demás porque pensamos que no somos tan importnates para ellos como lo somos en realidad. 

Cicerón, que había leído a Jenofonte al dedillo, intuyó el problema de fondo en De amicitia: a un amigo solo se le puede probar dentro de la amistad, así que la amistad siempre se adelanta al juicio. Hay que invertir primero y es curioso que, en una época tan obsesionada con las inversiones, se nos olvide invertir en algo tan importante.  

Imagen | Wikipedia -- Elaboración propia

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