Coca-Cola sí, Monster no: qué ciencia ampara a Galicia en su intento de "limitar" el consumo de bebidas energéticas

El 45% de los estudiantes españoles entre 14 y 18 años toman bebidas energéticas de forma habitual. En Europa llega al 68%

Jorge Franganillo Utbmw32lioi Unsplash
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Galicia está trabajando en una ley que permita "limitar el consumo" de bebidas energéticas entre menores de edad y, aunque no está claro cómo lo hará (o si tiene competencias para ello), sí es cierto que la mera intención de encarar el tema pone encima de la mesa algo que sabemos desde hace años: que tenemos un problema muy serio con las bebidas energéticas.

¿Un problema muy serio? Y es que el 45% de los estudiantes españoles entre 14 y 18 años toman bebidas energéticas de forma habitual. Son los datos de la última Encuesta sobre uso de drogas en enseñanzas secundarias en España del Ministerio de Sanidad. Si ampliamos el foco y nos vamos a Europa, hace 10 años la EFSA decía que el 68% de los adolescentes europeos consume habitualmente esas bebidas.

La imagen de chavales con latas enormes de 500 ml y colores chillones se ha vuelto en algo icónico y, solo  entre 2006 y 2014, el consumo de estos productos aumentó un 155% en países como el Reino Unido.

Pero, espera un momento... ¿qué es una bebida energética? Esa es una gran pregunta porque estos productos son un ejemplo de libro de concepto que tenemos claro mientras nadie nos pregunte por una definición operativa. Es decir, ¿por qué un refresco de taurina, sí y uno de cola, no (si ambos tienen la misma cantidad de azúcar)? ¿Por qué una bebida energética, sí; pero un café, no (si este último tiene más cafeína que la primera)?

En nuestra defensa diré que no es fácil definir con precisión esta categoría de productos, pero sí está claro que hay una serie de características que las diferencian del resto: desde la cantidad de D-glucuronolactona (es decir, una especie de azúcar "de absorción rápida") a la presencia de "taurina, vitaminas y extractos de hierbas tales como guaraná y ginseng".

Pero el dato clave suele ser el alto contenido de cafeína.

Cafeína, mucha cafeína. "Una lata de unos 475 ml de una BE típica contiene de 70 a 140 mg de  cafeína. Para hacernos una idea, un volumen similar de soda contiene  aproximadamente 25 mg, té negro unos 55 mg y café de 85 a 100 mg", recuerdan en la Sociedad Española de Cardiología.

Esto es parte de la polémica, no cabe duda. El mismo reglamento europeo sacaba de la etiqueta de bebidas con alto contenido en cafeína las bebidas derivadas de café o té. ¿Por qué? Aunque hay explicaciones para todos los gustos y es innegable que (como ocurre con la regulación de bebidas alcohólicas) las costumbres, la industria y la economía tienen mucho peso en estas decisiones, el hecho de que se estén generalizando las latas de 500 ml (es decir, 160 mg de cafeína y 75 gramos de azúcar: tres cafés y 15 azucarillos) no ayuda a promover un consumo responsable.

Y ahí está la clave... Según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria (AESAN),  "el consumo de más de 60 miligramos de cafeína en adolescentes de 11 a 17 años (unos 200 mililitros de bebida energética con 32 mg de cafeína/100ml) puede provocar alteraciones del sueño".  Esto ya nos da una dimensión de los problemas que se pueden ocasionar, pero la cosa no acaba ahí.

"A partir de 160 miligramos de cafeína (500 mililitros de  una bebida energética con 32 mg de cafeína/100ml), [el consumo de estas bebidas] puede provocar efectos adversos generales para la salud: efectos psicológicos y  alteraciones comportamentales y trastornos cardiovasculares”.

En general, la falta de sueño está relacionada con problemas inmunológicos, metabólicos, cardiovasculares, emocionales y cognitivos; con trastornos como la diabetes o de la obesidad. Nos lleva a estar más cansados e irritables, eleva nuestros niveles de estrés y nos hace asumir más riesgos y equivocarnos más. Esto no quiere decir que vayamos a desarrollar una de estas enfermedades por consumir bebidas energéticas, pero está claro que nos pone en una situación complicada.

Un consenso cada vez más sólido entre los especialistas. "El consumo de bebidas energéticas, incluso poco frecuente, se asoció con varios indicadores negativos para la salud. La notificación de varios comportamientos que comprometen la salud aumentó con la frecuencia del consumo de bebidas energéticas". Son las conclusiones de Maija Puupponen y su equipo de la Universidad de Jyväskylä.

El trabajo de Puupponen se centra en la adolescencia, pero los efectos van mucho más allá. Como explicaba Julio Basulto, de entrada, estas bebidas se correlacionan "con un aumento significativo en las probabilidades de insomnio, nerviosismo, ansiedad, depresión, impulsividad y bajo rendimiento académico, entre otros".

Además, su consumo frecuente puede generar "hipertensión, pérdida de densidad ósea, osteoporosis, bajo bienestar psicológico, físico, educativo y general, entre otras consecuencias". En esencia, el gran problema de las bebidas energéticas es que es una práctica cultural "de prestigio" entre los jóvenes que está vinculada a una enorme cantidad de conductas de riesgo. Por eso tiene sentido cortar por lo sano.

No obstante, el problema es mucho más profundo. Y es que, aunque los expertos se centran en las bebidas energéticas por ser (como vemos) un foco muy claro de problemas, este es solo un pequeño paso en un camino mucho más largo.

Hace ya más de una década (cuando se descubrió que la industria azucarera había pagado durante décadas a científicos y financió cientos de estudios para culpar a las grasas de las enfermedades cardíacas y exculpar al azúcar), que la idea de que "los azúcares son el nuevo tabaco" está encima de la mesa. Fue la época de los impuestos a las bebidas azucaradas, que poco a poco se han ido bajando del tren de la actualidad.

Parece buen momento para que el debate reaparezca. Vamos una década tarde

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Imagen | Jorge Franganillo

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