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¿Somos la última generación 100% humana?

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En su TED Talk de 2010 “Ahora todos somos cyborgs”, la antropóloga Amber Case insistía en que los teléfonos inteligentes se han convertido en mucho más que esos dispositivos que van dentro del bolsillo y salen de vez en cuando para "favear" un meme o escribir algún comentario jocoso. «Es la primera vez en toda la historia de la humanidad en la que hemos conectado de esta manera».

Independientemente de la condición geográfica, nuestra comunicación nunca ha sido tan inmediata y eficaz. Pero el smartphone solo ha sido un primer paso. Pensemos en nuestra ropa, nuestras gafas, en artilugios aún más personales. Incluso en algo tan orgánico como nuestra piel.

Un término incómodo

Un cyborg, según su definición clásica, es un organismo biológico al que se le han implementado elementos exógenos. El término fue acuñado en 1960 por dos científicos, Manfred Clynes y Nathan Kline, que ponían sobre la mesa que no estamos ante un nuevo tipo de “homo”, sino ante la adaptación definitiva, no por herencia o selección natural, sino bajo nuestros propios criterios.

Sobre el marco de la Guerra Fría y la carrera espacial, el cyborg sería un astronauta al que habrían implantado nanomáquinas para soportar los hostiles desmanes del espacio exterior. Pero del espacio descendimos a la tierra.

El primer cyborg data de 1998, cuando el profesor Kevin Warwick se implantó un chip en el brazo

El primer cyborg no llegaría hasta 1998, cuando el profesor de cibernética en la Universidad de Reading Kevin Warwick se sometió a una operación quirúrgica para implantarse en el brazo un chip RFID. Es decir, un identificador por radiofrecuencia como el que llevan las prendas de ropa de cualquier tienda.

Warwick entraba y salía del edificio sin necesidad de usar tarjeta identificadora. Su ordenador le encendía la luz de su despacho con solo notar su presencia. Han pasado casi 20 años y la firma alemana Digiwell está intentando comercializar lo mismo, mediante un chip NFC.

El Project Cyborg 2.0 llegó el 14 de marzo de 2002, cuando Warwick se sometió a una segunda operación donde se le implantaron una serie de cien electrodos en las fibras nerviosas medianas de su brazo izquierdo. El sistema nervioso del brazo de Warnick se conectó a Internet y pudo usar, a distancia, una réplica de su brazo situada en Reino Unido.

Y de los implantes a los wearables

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Mitigar los síntomas de una esquizofrenia, aumentar la estimulación transcraneal mediante corriente directa, permitir a los ciegos ver o a los sordos oírrecuperar la movilidad en sus manos, tras quedar tetrapléjico, mediante un chip conectado en el cerebro... Popular es el ejemplo de Neil Harbisson, primer cyborg legalmente reconocido.

Pero que un paciente se vea sometido a una intervención por estricta necesidad médica no implica que el grueso de ciudadanos pueda desear que le hurguen en el cerebro. Existe una línea dura entre lo que «se puede hacer» y lo que queremos que nos hagan.

Que un paciente se vea sometido a una intervención por estricta necesidad médica no implica que el grueso de ciudadanos esté deseando que le hurguen en el cerebro

Y aquí entra en juego el mercado de los wearables. Fijémonos en los sensores de los vehículos para entender su verdadero sentido. El coche nació hacia 1700 como un rudimento mecánico, impulsado a vapor, donde su motor cumplía la misma función que nuestro corazón. Era, por tanto, un órgano.

Con la aparición de la sensórica obtenemos información en todo momento. Los sistemas de comunicación advierten de problemas cuando estos son fáciles de arreglar, cuando aún no han desembocado en catástrofe. Pensemos de vuelta en nuestro corazón: una alerta temprana al sistema hospitalario podría prevenir una avería mucho más grave.

Un implante funcional no valida ni masifica su comercialización. Un wearable, herencia directa de nuestros relojes, vestimenta, joyería o tatuajes de toda la vida, propone otro tipo de escenario.

¿Un mercado en contracción… o expansión?

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Con frecuencia escuchamos que el mercado del wearable está muerto. Durante su mayor periodo de estancamiento, es decir, durante la segunda mitad de 2016, este mercado vivió una serie de transformaciones en su enfoque, desembocando en un crecimiento interanual del 16,9%.

Para dar contexto, el mercado del smartphone vivió durante todo 2016 un crecimiento del 2,3% y, cuando se esperaba una aceleración, los últimos informes mostraron lo contrario, una quietud timorata frente a nuevos lanzamientos que redujo dicho crecimiento en números negativos, hasta el 1,3%.

Esta generación no hace distinciones entre transhumanismo, cyborg, implantes o wearables, porque son la última que vive esta transición en el lenguaje

Hoy vemos el wearable como un monitor de ritmo cardiaco, un contador de pasos o un localizador GPS para encontrar a nuestra mascota. De igual manera, los primeros avances en la fabricación de un marcapasos, estudiando las arritmias y condiciones cardíacas irregulares, ni siquiera recibieron una tímida respuesta: fueron notoriamente ignorados durante varias décadas.

Neil Harbisson, mientras tanto, disfruta «escuchando la arquitectura de Antoni Gaudí». Equipos como RISE Acreo, dirigidos por Göran Gustafsson, han desarrollado sensores más posthumanistas. Existen smart tattoos, parches de piel que sienten el endurecimiento arterial y detectan un posible ataque cardíaco, o nanobots que conducen y dosifican las medicinas a las áreas afectadas del organismo. Nos acercamos, piano piano, hacia una realidad donde la ficción literaria se desdibuja.

¿Cien por cien puro?

«La parte visual es muy importante porque es un lenguaje», dice en el vídeo de cabecera Elena Corchero, experta en tecnología textil. Ella toma la parte por el todo en eso de la ropa inteligente, llevando hacia la practicidad aquello que soñó la periodista Cathy Newman en su artículo Dreamweavers.

Su compañía Lost Values no está enfocada en esa línea de exclusividad, materiales carísimos y poca usabilidad diaria, sino en materiales inteligentes sobre jugueteria y ropa. Su enfoque es modular:un wearable que oferte «funcionalidades añadidas que se comuniquen con lo que ya tenemos integrado directamente en el cuerpo».

Ropa

Este es un cambio especialmente propiciado por las prendas más rutinarias, por el mundo textil: ejemplos como los calcetines Sensoria o las prendas clim8, los bikinis inteligentes que se adaptan a la talla de pecho, o los pantalones de yoga listos para adaptarse a los movimientos de la piel. Nuestro día a día. Como dirían desde Lost Values, es hora de la «tecnología con un toque humano».

Google Glass fue un magnífico ejemplo de mal timing: salieron a la venta antes del boom del selfie, de la explosión definitiva en las redes sociales, los Timeline de Google Maps o la conexión permanente propiciada por el internet de las cosas. Hoy somos menos susceptibles con nuestra privacidad: esa generación millennial que espolea el Big Data ha nacido bajo este sustrato, el de la «experiencia personalizada».

Y esta generación no hace distinciones entre “cyborg”, “transhumanismo”, “implantes” o “wearables”, porque son la última que vive esta transición en el lenguaje, una que aborda menos el significante y más el significado. Y quizá también sea la generación que marque el cambio entre lo que se puede hacer y lo que querrán hacer, adaptar o vestir en su propio cuerpo. Uno que adopta tácitamente una transformación que empezó, bien por necesidad o deseo, hace miles de años.

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