El creador de Wikipedia contra las 'fake news': no nacieron ayer, pero hoy es mucho más probable que te cuelen una

El creador de Wikipedia contra las 'fake news': no nacieron ayer, pero hoy es mucho más probable que te cuelen una
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El periodismo de datos agota. Comprobar fuentes se limita a teclear en Google y ojear la primera página. Medios jóvenes buscan crédito rápido trabajando géneros baratos como la entrevista. O haciendo hojarasca con columnas de opinión.

Las notas de prensa se disparan en las manos. El papel se transforma, como hace 300 años, en artículo de lujo para nichos específicos. Y el viejo periodismo de investigación ha cogido, como las fotos viejas, ese tono amarillo que distorsiona cualquier imagen real.

Al otro lado, el engaño. La mentira, la invención socorrida, la omisión capciosa o la construcción aventajada —a la que habría que incorporar los distintos tipos de falacia formales y no formales— llevan entre nosotros desde el principio de los tiempos. Allá donde exista una persona con un interés particular, sólo dependerá de su ética los medios que utilice para alcanzar el fin.

La mentira tiene las patas muy largas

La única forma de evitar la mentira aislada es buscando, en grupo, la verdad. O eso propone Jimmy Wales, cofundador y promotor de Wikipedia junto a Larry Sanger.

Wikitribune pretende llevar el modelo de software libre y editable al periodismo digital

Sobre este escenario ha creado Wikitribune, «un periódico basado en evidencias», donde una cadena de profesionales comprueban por pares cada noticia publicada. Como podemos comprobar en el vídeo, Wikitribune lleva el modelo de software libre y editable al periodismo digital. De hecho, el lector es editor —para bien y para mal—, algo que él mismo ha tildado de radical pero necesario.

Este modelo no es nuevo, aunque algunos operan con mejor fortuna que otros: ‘De Correspondent’ ya superó su marco de financiación y actualmente opera con cierta solvencia. En España, ‘CTXT’, «orgullosos de llegar tarde a las últimas noticias», lleva generando pérdidas desde el primer día.

El precio de la desinformación

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«Las fake news forman parte del discurso político desde la antigüedad griega y romana», diría Robert Zaretsky, historiador en la Universidad de Houston, para la Agence France-Presse. Procopio de Cesaria, la fuente de información mejor conservada sobre la vida del emperador Justiniano, copó la segunda mitad de su ‘Historia secreta’ de difamaciones contra la imagen del emperador. Y tan sólo estamos hablando del año 535.

Las 'fake news' siempre han existido: podemos rastrearlas hasta en los discursos de Julio César

De los pasquines y libelos difamatorios del siglo XVI que recogían las noticias más atrones saltamos a los canard del XVII, la gacetilla de pliegue ancho que contaba cinco anécdotas y cuatro eran trola y que sirvieron para movilizar al pueblo francés hacia según qué intereses políticos. Después llegaría la prensa sensacionalista en sentido formal, en el corazón del siglo XVIII, un invento muy inglés combatiendo contra la opinión general de Napoleón I.

Desde el fantasma que ve un amigo en Primaria, bien por miedo propio o escarnio ajeno, hasta el último bulo de famoso fallecido en Twitter, las mentiras nos persiguen. El problema deviene cuando se le concede crédito a según qué invenciones, cuando medios de calado no contrastan, cuando figuras públicas difunden y revisten de realidad algo que puede haber sido pura manipulación o deformación interesada. Entonces la verdad se corroe y oxida. Y estamos perdidos.

Fake

Y de aquella polvorilla esta guerra de clicks.

El amarillismo nació cuando dos cabeceras, NY World y el NY Journal, pujaron en 1896 por ganar más ventas. Las actuales ‘fake news’ son resultado de esa envidia timorata que sienten medios con solera por ver como blogs de medio pelo se hacen con mejores contratos por publicidad y mayor cupo de tráfico en red. No existen malas noticias, sino malos titulares. Y así, el shock value del lector se zarandea cada día con mayor intensidad.

Internet como imán y vórtice de fenómenos virales

No es que antes existiesen menos fake news, es que antes la cadena de publicación era más larga y lenta. Y cuanto más dilatado es el plazo de publicación, más ojos revisan la pieza. La digitalización ha propiciado la inmediatez, ha acortado los tiempos: o publicas o publicará otro medio antes que tú y mejorará su posicionamiento en Internet. Una guerra acelerada que nos deja sin margen para el debate.

No es que antes existiesen menos fake news es que antes la cadena de publicación era más dilatada

Y cuando una fake story supera a las mejores crónicas de todo Internet, es que algo se está haciendo verdaderamente mal.

Una confusión de la que se pueden lucrar minorías interesadas, en tiempos donde los radicalismo de extrema derecha se disfrazan con el conveniente neolenguaje que les permita penetrar con un diálogo más alternativo y menos totalitarista. En apariencia.

Terror

La asesora Kellyanne Conway se inventó a vuelapluma una matanza en Kentucky, aprovechando que dos iraquíes fueron detenidos en Bowling Green en 2001, asegurando que eran el cerebro de un atentado que nadie quiso cubrir. Porque, en realidad, nunca existió.

La post-verdad apela a las emociones y creencias personales, lo que provoca «burbujas informativas»

Desde el Pizzagate, que combina comida rápida con una cadena de pedofilia, y que en realidad resultó ser una campaña de desprestigio, hasta plátanos infectados con SIDA, o renos zombis: cualquier arma sirve: hay que transformar la verdad en mentira, mintiendo. Terrorismo de perfil bajo. No en vano, Derrick Broze apunta a las 'fake news' como nuevas «armas de destrucción masiva».

Si no gusta la realidad se inventa una alternativa. La post-verdad, considerada palabra del año 2016 según el Diccionario Oxford, no describe realidades, sino que desde su misma exposición ya segmenta y desvía la atención: se apela a las emociones y creencias personales, lo que provoca «burbujas informativas» y «cajas de resonancia» donde se sustituye cualquier sentimiento de inseguridad por la comodidad de sentir que siempre se tiene razón.

Más de cien mentiras

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Según el ‘I Estudio sobre el Impacto de las Fake News en España‘, el 86% de los españoles tiene dificultades para distinguir entre informaciones falsas y noticias verdaderas. Hasta un 60% de los encuestados reconoció haberse creído, en ocasiones, alguna noticia falsa. Según los investigadores Tanushree Mitra y Eric Gilbert, una cuarta parte de todas las noticias que aparecen en Twitter son falsas.

Uno de los bulos más notorios de la historia data de 1835

Aunque con las farsas podemos remontarnos hasta ‘el tamborilero de Tedworth’ o incluso antes, hasta los primeros pregones, uno de los bulos más notorios de la historia data de 1835.

El ‘Great Moon Hoax’ fue obra del reportero Richard Adams Locke, una serie de seis artículos periodísticos publicados por el diario ‘The Sun’ informando sobre animales, ríos y bosques detectarlos en la Luna. El tabloide atribuyó el mérito al astrónomo John Herschel y vino firmado por un inexistente Dr. Andrew Grant.

Y es que no es fácil rastrear un bulo cuando la cadena de información se corta por falta de citas y fuentes. Esta rapidez de contagio, sumada a un acomodamiento tecnológico y una acuciante falta de medios, propicia la fenomenología viral.

Fakes

Nosotros, como usuarios, hemos desarrollado lazos afectivos con nuestras máquinas. Es más, cuando una de tantas 'fake news' se cuela en el entorno seguro, entre nuestra red de contactos y la leemos desde nuestro dispositivo, nuestra primera respuesta suele ser la aceptación. Nos coge con la guardia baja, entre personas que conocemos de toda la vida, lo que dificulta que mantengamos el escepticismo.

Nuestra fidelidad a las redes sociales es capital. ¿Qué pasaría si mañana perdiésemos todas esas fotos donde hemos sido etiquetados? ¿O qué hay de esos descubrimientos semanales en Spotify? Una deuda que pagamos mediante una especie de fe ciega. Y de esta confusión se lucran las páginas más impactantes, los titulares más ruidosos.

Cazando al chupacabras

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Evan Annett, editor del Digital Globe, afirma que las 'fake news' buscan poder y presencia, ya se trate de influencia política, lucro explícito o intereses comunes. Y, como bien apunta, no hay que confundir la chanza y sátira sincera con el vídeo viral sin mensaje más allá del beneficio que pueda obtener por su visualización. Es decir, la propaganda electoral son, en esencia, falsedades de primera índole.

La Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA) publicó una infografía donde explicaba qué metodología podemos seguir como usuarios para detectar si una noticia es falsa: desde consultar la fecha, el prestigio del medio, el tono, buscar otros archivos del autor y la fuente, hasta preguntar a otros amigos, expertos y voces de confianza.

Google quiere acabar con ellas. Wikipedia las persigue diariamente. Facebook ya cuenta con un icono que señala a las noticias falsas. Organizaciones como Reporteros Sin Frontras o el observatorio Media.cat ya han mostrado su desagrado hacia este escenario. Sin embargo, cada día hay más. ¿Debemos retrotraernos a 1628, a las ‘Reglas para la dirección de la mente’ de René Descartes? Algunas noticias podrían tardar semanas en salir. Algunas se convertirían en verdaderas cruzadas.

ED

Combatir las fake news depende en último término, de la ética profesional de cada cabecera

En medios como ‘Daily Mail’ o ‘The Sun’ son los clicks los que determinan el contenido futuro, abrazando el credo del «sostenella, no enmendalla» —empecinarse en sostener el error en vez de enmendarlo—. Pero ese contenido caduco sólo tendrá impacto durante un tiempo, durante el periodo de adaptación. Las mentiras, al final, sólo son salvaciones a corto plazo.

El error, por tanto, está en subirse al carro de «lo que hacen los demás». Charlie Beckett, director de POLIS, un think-tank de la London School of Economics (LSE), apuntó que las 'fake news' eran una gran oportunidad para que medios de confianza demuestren su valía. Depende, en último término, de la ética profesional de cada cabecera.

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