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Efectos de sonido: ¿lo único que nos asusta del cine de terror actual?

Efectos de sonido: ¿lo único que nos asusta del cine de terror actual?
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Una de las quejas más extendidas dice que las películas de hoy en día no dan tanto miedo como las de antes, que eso del terror ha quedado relegado a ciertos efectismos gracias a al maravilloso sound design. ¿Sería entonces una buena cinta de terror capaz de aterrar igual si fuese muda? ¿Es la banda de sonido un peaje obligatorio para narrar un buen susto?

También hemos vivido un cambio de paradigma: de lo sugerido a lo explicitado. De los juegos de sombras chinescas al torture porn, de las macabras prótesis de Freddy Krueger a la sangre digital a borbotones. ¿Es entonces una cuestión auditiva, visual, o ambas? Vamos a intentar responder a todo esto.

Tirando del susto fácil

Carrie

El terror paraliza. No es ningún secreto: el corazón comienza a bombear sangre a toda prisa, se acelera la función cardíaca, más oxígeno sobre nuestros vasos sanguíneos contraídos —lo que suele desembocar en cierta palidez y posterior sudoración—, se ralentiza la digestión hasta el punto de inhibirse; perdemos el control.

Al cerebro se le estimula con golpes de sonido porque nuestra audición, de hecho, disminuye. Ese famoso efecto fílmico de opacidad atronadora solo está imitando nuestro estado natural ante un terror paralizante.

Pero hay un problema bastante acuciante: los screamers o jumpscares, la técnica del susto fácil, el shock value chabacano, termina por devaluar nuestra capacidad para sorprendernos, para impactarnos. A esto se suma, como decíamos, una puesta en escena pulcra. Donde antes había látex y pequeños bombines neumáticos ahora hay orden estético y belleza artificiosa.

Sentimientos de poder

The Witch 2015 4

Parte de esa vieja queja viene determinada por, como decíamos, explicitar sobre sugerir —con salvedades tan afortunadas como ‘The Witch’ o el filme sueco ‘Låt den rätte komma in’—. En ‘Alien’ (Ridley Scott, 1979), el primer xenomorfo no aparece hasta el minuto 54: hasta entonces, el resto es contexto, un crescendo para disparar un clímax donde sonido e imagen se dan la mano en una escena perturbadora y cinematográficamente histórica.

El vocablo anglosajón boss —como en de los videojuegos, del alemán ‘baas’, es decir, “maestro”— suele atribuirse al dueño. Un buen personaje de terror es dueño de nuestra atención, atenazando nuestras emociones, es también dueño de lo que pensamos mientras vemos la película. Siempre es más fuerte, o audaz, o perverso. Es el epítome de la maldad pura.

Algo que no vemos reflejado en cierto terror actual, donde el malo malísimo es acaso un Jigsaw con demasiado poder de acción. En cambio, cuando ese poder fluctúa, incluso mostrando ciertas debilidades, dispara nuestra empatía como espectadores. La fórmula del miedo es tan antigua como difícil de conjurar.

Algunos ejemplos auditivos

Si algo nos enseñó la miniserie de la BBC The Music that Made the Movies es que, sin música, sería muy difícil entender cierto cine. Y, entre ese, entra el terror.

Existe una fórmula para estimularnos mediante contrastes: en Psicosis, por ejemplo, donde la escena de la ducha no iba a contar con ambientación musical y, casi por accidente, Bernard Herrmann logró colarle la pieza de The Murder a Hitchcock, convirtiéndola en un hito atemporal. Un caso similar podemos vivir en Tiburón: ese chan-chan-chan-chan es inolvidable.

En el cine de terror se aplican las tendencias más vanguardistas de la música académica: minimalismo, serialismo, dodecafonismo, hexafonismo, la escala de Shepard, clústeres de coros vocales, etcétera. El maestro John Carpenter tenía un truco: un intervalo de quinta justa y un semitono sobre esta para generar una disonancia incómoda.

Por otro lado, no solo de sustos y golpes de efecto vive el maestro del terror: los ambientes son determinantes. Los drones o texturas indefinidas sostenidas en el tiempo, condicionan ese mal rollo de mucho cine actual —Nick Cave lo hace de maravilla en ‘The Road’, aunque su función es más armónica—.

Los sonidos telúricos y distorsionados se redondean sobreproduciendo las muestras, para generar sonoridades imposibles. Un ejemplo lo encontramos en ‘It Follows’, donde Rich Vreeland (Disasterpiece) recurre a los agudos más chillones imbricados sobre pulsos de subgraves, de ritmos casi tribales. Una combinación que araña el propio ruidismo.

El rol de la Foley Room

Oled

Si un género se presta a la post-producción es el terror. La sala de foley (efectos), que debe su nombre al técnico de sonido Jack Foley, es ese lugar mágico donde un sonido, con un significante, acaba adquiriendo otro distinto. Almidón de maíz en una bolsa de cuero para imitar el crujir de pasos en la nieve. Celofán para emular el crepitar del fuego. Apios retorciéndose para huesos rotos, etcétera.

Y qué decir de los trabajos actorales más notorios, cuando ni siquiera estos recursos eran tradición habitual. Para ‘El Exorcista’, William Friedkin no quedó conforme con la voz distorsionada de Linda Blair. Así que contrataron a Mercedes McCambridge, que tomó la parte por el todo y se pasó dos semanas fumando y bebiendo whisky y, al rodaje, grabó sus líneas con un trapo atado al cuello para forzar la garganta.

En la actualidad, con avances alucinantes como el nuevo estándar Dolby Atmos y los beneficios del sonido 360º frente al viejo sonido frontal, estamos ante un nuevo modelo de cine en casa con una calidad propia de las salas de cine.

¿Qué significa "Atmos"?

Para explicarlo volvamos a 'Alien: el octavo pasajero'. En una sala de cine podemos escuchar el zigzag sinuoso, su baba ácida goteante sobre la cubierta de la Nostromo, de un lado a otro de la sala. Los altavoces traseros nos traducen su respiración, los delanteros el impacto frontal del primer encontronazo.

Dolby Atmos es una tecnología que no se basa en canales, aunque puede administrar el sonido de 64 canales independientes. Su virtud radica en que posiciona los objetos no los canales. Cada fuente emisora se expresa de forma independiente y no obstruye el master general.

Si en el TV vemos decenas de objetos emitiendo sonidos, Dolby Atmos lo resuelve de forma literal, no codificando esas fuentes en canales. Aquí está la verdadera virtud de un televisor LG OLED y su capacidad de trasladar el terror del escenario de rodaje al salón de casa.

¿Y qué es el sonido 360º?

Lol

Para quien lo desconozca, el sonido 360° hace referencia al patrón polar de emisión. Es decir, 360° significa sonido tridimensional, omnidireccional. Un patrón que recoge sonidos recibidos en todas direcciones y, por ende, el equipo reproductor es capaz de emitir esa mezcla completa, sin puntos ciegos.

No todos los televisores ni equipos de audio son capaces de reproducir sonido tridimensional

No todos los televisores ni equipos de audio son capaces de reproducir esa verticalidad. Dolby Atmos nació con esta intención, pero a nuestro salón sólo lo llevan algunos aparatos, como los televisores OLED de LG. La tecnología Dolby Atmos, que hereda el apellido de Ray Dolby, vendría a emular una reproducción surround muy superior al viejo posicionamiento.

Un 5.1 son cinco puntos de recepción para nuestras orejas. El estéreo solo puede aspirar a dos direcciones, derecha e izquierda, sin profundidad. El sonido 3D, con pioneros como el argentino Hugo Zuccarelli —padre de la grabación holofónica— da un salto equitativo, en inmersión, en coloración espacial, que no puede imitar otra tecnología.

En lo que a terror compete, no hay donde esconderse: las LG OLED W ofrecen esa flexibilidad gracias a la barra de sonido Dolby Atmos que las acompaña, donde los altavoces se esconden y levantan para proyectar un verdadero sonido de 360°. Porque a los cinéfilos no se nos conquista solo con avances en imagen.

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